Otto Meiling
Otto Meiling luce, en el firmamento andino, como uno de los pocos, !poquísimos¡, andinistas integrales que existen o existieron en la Argentina y América Latina. Ha sido un personaje inolvidable en la historia barilochense y -por fortuna- quedan testigos y testimonios de su vida. La mayoría recuerda a Meiling como un solitario, anciano y hasta huraño habitante del cerro Otto; pero el «gringo loco», como también lo llamaron, fue mucho más, fue un filósofo y un montañés de toda la vida.
Meiling es el personaje pivote para una historia integral de Bariloche, ya que llegó entre la aldea vieja y el umbral del inmediato progreso. Capturó el pasado y a la vez sería protagonista de los años de oro. Llegó en enero de 1930, dos años después del asesinato de Otto Goedecke (homenajeado en el nombre del cerro que Meiling eligió para su hogar). También era tarde para haber conocido a Carlos Wiederhold (primer poblador de la actual ciudad), pero sí compartió cosas con Otto Mülhenpfordt, Primo Capraro, Emilio Frey, Exequiel Bustillo y Vicente Ojeda, por nombrar a algunos de los pioneros que fueron protagonistas de la historia grande de la ciudad.
Meiling: filósofo y andinista del cerro Otto
En su diario, que se conserva en el Museo Andino emplazado en su vivienda, en el cerro Otto, anotó a poco de llegar junto al gran lago: «incomparables bellezas», «creo que he encontrado la meta de mi vida», «todo me resulta tan extraño, pero estoy muy tranquilo, aquí estamos en un lugar más hermoso que cualquier otro, ¿por qué tengo que seguir viaje?».
Arribó desde Buenos Aires, donde recaló en 1923, proveniente de una Alemania sumergida en la miseria y el hambre. Meiling se consideraba bávaro, región en la cual nació el 1 de junio de 1902, 29 días después de que se fundara oficialmente San Carlos de Bariloche. Falleció el 11 de agosto de 1989.
En uno de los tantos reportajes que se le hicieron, le contó al periodista Francisco «Tito» Juárez que conoció al doctor Juan Javier Neumeyer en la cumbre del cerro Otto, durante un paseo. Ambos eran recién llegados y allí nació la idea de formar un club andino.
La iniciativa se formalizó el 13 de agosto de 1931, en el por aquel entonces «rascacielo» de Bernardo Book, sobre la calle Mitre al seiscientos, en cuyo primer piso funcionaba el consultorio del médico. A la cita concurrió también el ingeniero Emilio Frey y el empresario de transportes Reynaldo Knapp. Así nació el Club Andino Bariloche (CAB), institución a la cual Meiling dedicó gran parte de su vida.
«Aprendí a esquiar aquí -le confesó a Juárez- con un par de esquíes de ciprés que le compré a Mülhenpfordt y que éste fabricó en la isla Victoria». Con los años, junto con su amigo y compañero de montaña Heriberto Tutzauer, armaron lo que sería el primer taller «especializado» en esquíes de la Argentina.
También fue «jefe de navegación» de la empresa de Capraro, un italiano que llegó a la región lavando oro por los ríos de la cordillera, abrió una agencia de turismo y editó la primera guía turística de la región.
Meiling fue un deportista y durante su estadía en Buenos Aires solía remar en las aguas del Tigre. Se hizo montañés y esquiador en Bariloche y tuvo el privilegio de ascender y bautizar a numerosas montañas de la Patagonia, salvo a sus preferidas: el Tronador y el Catedral. En ambas la «primera» le fue «robada» por otros andinistas. La derrota en el Tronador la aceptó rápidamente y fue el segundo en pisar la cumbre, también en solitario, 3 años después de que lo hiciera Herman Claussen, el 29 de enero de 1934.
No obstante la primera ascensión a la Torre Catedral (10/2/1943) la consideró «ofensiva», ya que sus protagonistas, Pablo Fischer y Gustavo Kammerer, «perforaron la roca e introducieron grandes clavos de acero en su tramo cumbrero», por los cuales subieron hasta la cima.
Meiling, al igual que numerosos jóvenes escaladores de estos días, pregonaba la escalada libre, limpia, sin medios artificiales, y se negó durante muchos años a subir a dicha cima. Finalmente, junto con su amigo y compañero de escalada Dinko Bertoncelj, pisó la cumbre.
No obstante, Meiling fue el primero en tocar las cimas de los cerros Bonete, López, Capilla, Crespo, Navidad, Tres Reyes, Inocentes y muchos otros del Parque Nacional. Formó parte de las expediciones del CAB al cordón del Paine, en el sur de Chile y a los campos de hielos sureños. Integró el grupo que logró la primera ascensión a la cumbre de la Patagonia Austral, el monte San Valentín, en 1952, y también de la cordada que coronó el monte Balmaceda, en 1957. (Toncek Arko)
Fuentes:
* Artículos de Francisco Juárez
* El libro: «Otto Meiling, un pionero de Bariloche» de Vojko Arko
El eremita y el pensador
Sobre Meiling se publicaron decenas de crónicas y entrevistas, un libro y también una película. El libro, editado por el CAB, resume su vida y hace referencia a su forma de vivir. Otto sostenía que «donde hay voluntad hay camino», y con ello no sólo participó en ascensiones, también construyó refugios, las cabañas del «Berghof», dictó cursos de esquí en invierno sin nieve y navegó por ríos de montaña. A Meiling le gustaba superar trechos difíciles y exigentes y, si era rechazado, volvía nuevamente. «La falta de éxito es justo lo que a uno no lo deja descansar», sostenía, «y estimula a repetir las tentativas hasta llegar a la cumbre anhelada».
Otto estaba persuadido de que todo hay que hacerlo con voluntad y empuje. Nada de pasividad, nada de aceptar las cosas como son, sino imprimir a los alrededores y a los elementos su voluntad y su imagen. La escalada es no sólo una habilidad atlética, sino una ayuda para progresar en un terreno exigente, la meta es la cumbre de la montaña.
En declaraciones y comportamiento de los sesenta años de su vida barilochense se perfila en Meiling una tendencia bien clara, la que se acentuó en su vejez. Es una posición crítica hacia los efectos de la civilización moderna. Otto deseaba vivir fuera del barullo del mundo industrializado, por ello es que erigió su vivienda en un cerro, lejos de la población numerosa. Allí se arreglaba sin electricidad y sin gas, aunque disponía de agua corriente, ducha y baños bien instalados. No estaba en contra ni del progreso ni de los adelantos científicos y técnicos. Sostenía que vale usar los medios técnicos, depender de ellos, ser su esclavo, ¡eso nunca!
En su refugio vivía modestamente. Se cuidaba de comer poco, preparaba comidas sencillas, no bebía alcohol, salvo alguna cerveza. Trabajaba con mucho tesón en su parque y en su quinta. Vestía ropa fuerte, pero sencilla. Evitaba compras innecesarias y sabía ahorrar. Tampoco exageraba con sus principios y en eventos festivos no rechazaba ninguna comida y hasta tomaba algún vaso de vino.
Leía ávidamente, sabía mucho de ciencias naturales, conocía plantas y se ocupaba de problemas geológicos. También se interesaba en temas culturales y filosóficos, especialmente si estos últimos estaban ligados con la naturaleza o si se perfilaban como consejos prácticos para la vida.
A Meiling, quien nunca consiguió congeniar con el ambiente humano en el que le tocó vivir, debe habérsele hecho patente la contradicción que un hombre de montaña acostumbra a percibir. Siguiendo una práctica constante y conociendo ciertas reglas del juego, pueden conseguirse éxitos importantes, parecidos a epopeyas de cuento, en un tiempo relativamente corto. Mientras tanto, en la vida cotidiana, todo el empuje y la voluntad, a veces, no sirven para mucho y las metas deseadas se alejan y… se evaporan.
Sabiendo que, con su voluntad, pudo dominar paredes y glaciares, a Otto no le gustaban los tropiezos de cada día y buscaba explicaciones en autores que se empecinaban en resolver tales enigmas. Enraizado obstinadamente en ciertas ideas, es muy normal que tratara de encontrar voceros coincidentes con sus teorías. Las disertaciones filosóficas no lo asesoraban en la creación de visiones integrales del mundo, sino que se explayaban en ciertos consejos prácticos, útiles en su forma de vida solitaria y en sus empresas andinísticas, pero que le sirvieron de poco en sus desavenencias sentimentales o en sus penurias comerciales.
No fue un estricto triunfador
Meiling fue un montañés de toda la vida y si bien logró grandes éxitos, no fue un estricto triunfador. Como se apuntó, no logró las primeras de sus montañas preferidas y en materia del esquí también fue desplazado por el encumbrado campeón austríaco Hans Nîbel.
El bávaro apostó al desarrollo del esquí en el cerro Otto, donde construyó el primer refugio en 1932. En 1933 viajó a Austria para diplomarse como esquiador en la escuela de los hermanos Schneider y también como guía de montaña. Al regreso trajo numerosos equipos y herrajes con los cuales posteriormente comenzó a fabricar esquíes.
Impulsó el esquí en el cerro Otto, donde concurrían los vecinos y también los oficiales del regimiento local. Dos de ellos, que dieron sus primeros pasos bajo el régimen prusiano del instructor Meiling, llegaron posteriormente a la presidencia de la Nación: Edelmiro Farrel y Juan Domingo Perón. De este último Otto guardaba un libro autografiado.
A partir de los años «40 comenzó el desarrollo del cerro Catedral, impulsado por Nîbel y Parques Nacionales, el cual pese al empecinamiento de Meiling se convirtió en el centro de esquí de Bariloche y postergó para siempre al cerro Otto.
Cuando llegó en 1930 Meiling creyó que junto al Nahuel Huapi se cumplirían sus mejores sueños: vivir en un bosque, casarse y tener muchos hijos junto al fuego hogareño. Se preparó con cuerpo y alma para un destino familiar, aunque el amor le fue esquivo. «La Primera Guerra y las dificultades que trajo me impidieron casarme joven», se lamentó al recordar que hubiera sido feliz con larga prole. En el club de sus amores guió a centenares de jóvenes hacia las montañas y también trabajó en las colonias de vacaciones donde se enseñaba natación.
Finalmente admitió: «Me casé en 1943 con una chica que llegó de Buenos Aires a esquiar, pero esquió sólo una vez. Era un fracaso total: tampoco sabía cocinar. Me enamoré quizás porque me dijo que quería vivir en este lugar», recordó oportunamente. Otto le buscó un terreno de 10 hectáreas al padre -que era un industrial pudiente- para establecer una casa veraniega en el Otto. «Ella volvió y tuvimos 3 años de peleas y nos casamos para tranquilizarnos, pero no nos tranquilizamos nada», concluyó. «Yo siempre viví aquí arriba y ella allá abajo», se alivió en la seguridad de que eso había pasado mucho tiempo atrás. Ya con 60 años se enredó en una relación amorosa con una mujer que le atendía su refugio y formó una segunda pareja. Ella ya tenía su familia y la unión era todo menos feliz, pese a que la mujer trabajaba en el refugio y también acompañaba a Otto en sus salidas a la montaña. Sin embargo Otto no podía mantener económicamente a una familia y la separación fue inevitable.
En su vejez, ya con 80 años, aceptó compartir su vivienda con una pintora de Buenos Aires, la cual lo atendió y cuidó durante sus últimos 10 años. La artista también se enamoró de aquel hombre sabio y solitario al cual le dedicó todo su tiempo. No obstante, Meiling la toleraba principalmente pues sabía que la necesitaba, pero nunca la consideró una verdadera compañera o esposa. Ella administraba su pensión y los dineros que el CAB aportaba para gastos de ambos, pero Otto mantenía sus propios ahorros, los cuales nunca le reveló y aparecieron el pasado otoño entre las paredes del refugio, cuando se realizó una remodelación: todos billetes de australes envueltos en nailon.