País cada vez menos competitivo

Por Redacción

Según el ranking confeccionado por el Foro Económico Mundial de Davos que se difundió a mediados de la semana pasada, Suiza sigue siendo el país más “competitivo” de la Tierra, seguido por Singapur y Finlandia. ¿Se sienten satisfechos los dirigentes suizos, singapurenses y finlandeses con su lugar en la lista? Claro que no. Los suizos se confiesan muy preocupados por la fortaleza a su juicio excesiva del franco y han tomado medidas destinadas a debilitarlo, los singapurenses temen verse superados por sus vecinos y los finlandeses dan por descontado que tendrán que esforzarse mucho más. En cambio, como acaba de aprender el director general del grupo Techint, Paolo Rocca, aquí la reacción de las autoridades ante cualquier alusión a las eventuales deficiencias nacionales en materia de competitividad suele ser muy distinta. Por haberse animado a señalar que, a su entender, “a partir del 2008 el gobierno perdió el rumbo y la competitividad comenzó a caer”, fue amonestado por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner que enseguida lo acusó de querer bajar los salarios de los obreros, de ocupar una “posición dominante” en el mercado y de beneficiarse de subsidios. Y para que nadie se equivocara, el viceministro de Economía, Axel Kicillof, afirmó que “habría que fundir al señor Rocca”, a su juicio un “ignorante”, reduciendo el precio de la chapa, pero con magnanimidad dijo que “no lo vamos a hacer, a pesar de que habló mal de nosotros”. Por desgracia, la competitividad relativa de los diversos países depende de algo más que el precio de la chapa. Los responsables del ranking del Foro de Davos lo basaron en una variedad impresionante de indicadores políticos, sociales, jurídicos y educativos, para llegar a la conclusión de que, en el transcurso de apenas un año, la Argentina cayó del lugar número 85 al 94º, ubicándose por detrás de la mayoría de los países de la región e incluso de Mongolia, aunque supera, por muy poco, a la atribulada Grecia. Si bien podría argüirse que el gobierno está mucho más interesado en factores sociales y, por llamarlos así, culturales que en lo meramente económico, razón por la que está dispuesto a subordinar la prosperidad material a objetivos más elevados, hasta ahora ningún vocero oficial ha intentado reivindicar así la pérdida de competitividad. Por el contrario, insisten en que, las apariencias no obstante, “el modelo” de Cristina es mucho más eficiente que los ensayados en otras latitudes. Los motivos por los que, en opinión de tantos observadores internacionales, la Argentina está retrocediendo con rapidez alarmante son patentes: la bajísima calidad institucional, la corrupción, la inflación, el deterioro del nivel educativo del grueso de la población, una burocracia laberíntica, la falta de crédito, las trabas al comercio y, desde luego, lo imprevisible que es el accionar de un gobierno que todos los días saca de la galera novedades sorprendentes y, en palabras de uno de los funcionarios más influyentes, podría sentirse tentado a “fundir” al grupo industrial más importante del país. Parecería que se han multiplicado últimamente las “máquinas de impedir”, todas manejadas por personas decididas a frenar el desarrollo económico, que a través de los años han logrado depauperar un país que, mejor administrado, estaría entre los más prósperos del planeta. Sería de suponer, pues, que los diversos equipos económicos de Cristina estarían trabajando día y noche para desactivarlas para que por fin la Argentina consiguiera aprovechar su potencial, pero, acaso porque sus jefes prefieren concentrarse en las vicisitudes de la interna gubernamental, es evidente que tienen otras prioridades. En opinión del exministro de Economía, el peronista Roberto Lavagna, “si no tuviéramos soja, esta política ya hubiera sido totalmente inviable”, pero merced al yuyo, cuyo precio sigue anotándose nuevos récords en los mercados internacionales, el “modelo” aún no ha colapsado, “como colapsó en su momento con la convertibilidad, que vivía de manera artificial, de endeudamiento”. Sería bueno que el gobierno aprovechara el respiro que le ha dado el aumento reciente del precio de la soja para abocarse a la tarea de mejorar la competitividad, o sea, la productividad del conjunto, pero, huelga decirlo, la posibilidad de que lo haga es nula.


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