Panorama gris

Por Redacción

Con cierta frecuencia, el panorama político nacional se ve modificado por la irrupción de personajes que a juicio de muchos serán capaces de poner fin al duopolio peronista-radical ya tradicional liderando un movimiento auténticamente renovador. Hace un par de años, la frepasista Graciela Fernández Meijide y, en menor medida, su socio Carlos «Chacho» Alvarez parecieron estar en condiciones de impulsar las reformas que tantos consideraban deseables pero, aunque ambos consiguieron ubicarse en funciones gubernamentales clave, sus logros resultaron ser tan decepcionantes, que sus respectivas estrellas no tardaron en apagarse. Bien que mal, todo hace pensar que algo muy similar está pasando con la novedad más reciente de la política, la diputada chaqueña Elisa Carrió. Luego de haber encabezado durante muchos meses las tablas de preferencias difundidas por las empresas sondeadoras, la a menudo extravagante «Lilita» se ha visto ampliamente superada por un exponente emblemático de la vieja política, el puntano Adolfo Rodríguez Saá, y la posibilidad de que se las arregle para recuperarse es remota. Como la ciudadanía comprende muy bien, cuando es cuestión de pronunciar denuncias espectaculares, la diputada puede cotejarse con los mejores, pero a la hora de formular «propuestas» no sabe qué decir. Por eso, la decisión, que anunció en la compañía del izquierdista Luis Zamora y el sindicalista Víctor de Gennaro, de probar suerte suspendiendo su campaña electoral reclamando una Asamblea Constituyente para que «todos se vayan», apenas motivó interés. Es que, desgraciadamente para «Lilita», ella misma está viéndose transformada con rapidez en otro símbolo del pasado.

Pues bien: la evidente incapacidad de personas como Fernández Meijide y Carrió para hacer mella en el orden político existente debería preocupar no sólo a sus simpatizantes coyunturales, sino también a muchos que no comparten todos sus planteos. Al fin y al cabo, no cabe duda alguna de que al grueso de la ciudadanía le gustaría que el panorama se modificara de manera muy drástica: el presunto compromiso de amplios sectores con diversas variantes peronistas se debe más a la falta de alternativas plausibles, que a los méritos de un movimiento que se agotó hace muchos años. Asimismo, si pasamos por alto ciertas excentricidades personales, tanto Fernández Meijide como Carrió han sido políticos moderados, no extremistas, que se han afirmado en favor de un mayor respeto por la ley y por un grado nada excesivo de intervencionismo estatal. Sin embargo, en cuanto se acercaron al poder, se hizo evidente que en verdad no estarían en condiciones de cambiar nada.

El motivo de tanta impotencia es sencillo: a través de los años, los aparatos partidarios, sean éstos los del PJ, de la UCR, del Frepaso y de distintas agrupaciones provinciales, se han apoderado de tantas funciones que gobernar contra ellos sería virtualmente imposible, pero también lo es gobernar con ellos porque sus intereses particulares no son aquellos del país en su conjunto. Esta realidad deprimente le plantea al país un dilema sumamente espinoso: mientras que romper con el esquema así supuesto no sólo sería peligroso porque dadas las circunstancias podría conllevar la violación de una Constitución hecha a la medida del populismo hegemónico y de una multitud de leyes destinadas a fortalecer el statu quo, aceptar la situación existente con la esperanza de que termine reformándose a sí mismo significaría postergar hasta las calendas griegas el eventual resurgimiento nacional. Aunque el dilema podría soslayarse si en las próximas elecciones, tanto las fechadas para marzo del año que viene como las siguientes, la ciudadanía optara por boicotear al PJ, a la UCR, a lo que todavía queda del Frepaso y cualquier otra fuerza tradicional, por ahora no hay señales de que estemos en vísperas de tamaño terremoto político. Por el contrario, a juzgar por las encuestas, la mayoría terminará resignándose a votar por candidatos de los movimientos que cree responsables de la decadencia nacional, aceptando de este modo que los riesgos planteados por una alternativa, fuera ésta de centroizquierda o de centroderecha, serían mayores que los ocasionados por una decisión colectiva de dar al populismo criollo una oportunidad más.


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