Papel y lapicera: ¿te acordás cómo es escribir a mano?

Por ntkaczek@hotmail.com

La humanidad está perdiendo una práctica de siglos que la constituyó y le permitió avanzar a pasos agigantados: la escritura manuscrita. Perdura especialmente en los ámbitos educativos, pero no sabemos por cuanto tiempo más. A vos también te pasará que por ahí te es difícil encontrar en tu casa un papel o un cuaderno y lapiceras para escribir, y si conseguiste una, muchas veces escribe en forma espasmódica por la inactividad. Cuando por un caso excepcional tenemos que redactar varias líneas descubrimos que la forma de nuestra escritura ha cambiado producto de la falta de práctica o que se nos cansa la mano después de dos pequeños párrafos.
La primera gran enemiga de la escritura manuscrita fue la máquina de escribir que cambió el hábito de quienes tenían por oficio la escritura. El diario fue otro desde que las redacciones se llenaron de Olivetti o Remington. Muchos escritores que ejercían el periodismo escindían su escritura, la máquina de escribir para el trabajo y el papel y la lapicera para la creación literaria. Eso hacía Manuel Mujica Láinez, el autor de “Misteriosa Buenos Aires”; quien para su obra de ficción escribía con lapicera fuente y utilizaba señoriales libros de actas. Otro ejemplo es el de Roberto Arlt, a quien le gustaba escribir sus historias en papel de estraza o papel madera. Nalé Roxlo cuenta su sorpresa al recibir una carta de 38 pliegos en papel madera con la caligrafía apretada y apurada de su amigo Arlt.
Me resisto a perder ese hábito, aunque mi resistencia es bastante lábil. Escribo en cuadernos y con lapicera de pluma, sí esas antigüedades que usan cartuchos y que cada vez cuesta más conseguirlos. Debo confesar que lo hago esporádicamente como una forma de terquedad y rescate y trato de disfrutar esa ceremonia en la que intervienen mi mano haciendo las más variadas contorsiones, la lapicera bombeando su sangre azul o negra y el ruido de la pluma deslizándose por el papel. Sin embargo, en el día a día todos pulsamos teclados y estamos pendientes de las pantallas en las que como hormigas mágicas va apareciendo el caminito negro de nuestras palabras.


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Literatura

La humanidad está perdiendo una práctica de siglos que la constituyó y le permitió avanzar a pasos agigantados: la escritura manuscrita. Perdura especialmente en los ámbitos educativos, pero no sabemos por cuanto tiempo más. A vos también te pasará que por ahí te es difícil encontrar en tu casa un papel o un cuaderno y lapiceras para escribir, y si conseguiste una, muchas veces escribe en forma espasmódica por la inactividad. Cuando por un caso excepcional tenemos que redactar varias líneas descubrimos que la forma de nuestra escritura ha cambiado producto de la falta de práctica o que se nos cansa la mano después de dos pequeños párrafos.
La primera gran enemiga de la escritura manuscrita fue la máquina de escribir que cambió el hábito de quienes tenían por oficio la escritura. El diario fue otro desde que las redacciones se llenaron de Olivetti o Remington. Muchos escritores que ejercían el periodismo escindían su escritura, la máquina de escribir para el trabajo y el papel y la lapicera para la creación literaria. Eso hacía Manuel Mujica Láinez, el autor de “Misteriosa Buenos Aires”; quien para su obra de ficción escribía con lapicera fuente y utilizaba señoriales libros de actas. Otro ejemplo es el de Roberto Arlt, a quien le gustaba escribir sus historias en papel de estraza o papel madera. Nalé Roxlo cuenta su sorpresa al recibir una carta de 38 pliegos en papel madera con la caligrafía apretada y apurada de su amigo Arlt.
Me resisto a perder ese hábito, aunque mi resistencia es bastante lábil. Escribo en cuadernos y con lapicera de pluma, sí esas antigüedades que usan cartuchos y que cada vez cuesta más conseguirlos. Debo confesar que lo hago esporádicamente como una forma de terquedad y rescate y trato de disfrutar esa ceremonia en la que intervienen mi mano haciendo las más variadas contorsiones, la lapicera bombeando su sangre azul o negra y el ruido de la pluma deslizándose por el papel. Sin embargo, en el día a día todos pulsamos teclados y estamos pendientes de las pantallas en las que como hormigas mágicas va apareciendo el caminito negro de nuestras palabras.

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