“¿Patria, era otra?”
Cuánto ha ido cambiando la significación de esta palabra. Es casi nueva. Se desarrolló en el curso de los últimos treinta años. Se había mantenido prácticamente inalterable a lo largo de más de un siglo de nuestra corta historia como país. Patria. Límites geográficos celosamente custodiados por fuerzas armadas, dejándonos a nosotros, sus habitantes, resguardados y protegidos paternalmente de la agresión siempre latente de nuestros vecinos, extranjeros rapaces. Sucedía lo mismo del otro lado de las fronteras. Ambas fuerzas militares confluían en el foco del imaginario y confabulado conflicto. En esa estrategia bien pensada se tensaba el hilo hasta el límite de ruptura. Intervenía, entonces, la otra reserva moral indiscutida, la jerarquía eclesiástica. Nos sentíamos infantil e ignorantemente amparados y dominados. El orden jerárquico naturalmente aceptado tenía en su cima a gente uniformada. Colores verde o morado. Muy por debajo, el pueblo. Patria. Sucesión de gobiernos democráticos. Legítimos y no tanto. Interrumpidos por gobiernos militares totalmente ilegales que, al igual que en defensa de la integridad territorial, acudían presurosos y se hacían cargo de la conducción político-administrativa del país bajo pretexto de evitar su desintegración. En realidad lo que se aseguraba era la continuidad de los privilegios, de la explotación de los hombres y de la extracción de los recursos. Hasta las últimas tres décadas, la autoridad del sable y el pretendido pundonor de sus hombres se constituían como el reaseguro final de nuestra argentinidad y bienestar. Muy parecidos procesos vivieron nuestros vecinos de Latinoamérica. Patria. Aunque la visualizamos como siempre, desde la V salteña hasta nuestras islas hermanas, desde los Andes hasta la punta misionera, y sus límites son los mismos, ha ido cambiando nuestra visión política, se han ido abriendo las fronteras. No ha sido un proceso fácil ni gratuito. Para hacerlo posible muchos miles de esclarecidos idealistas compatriotas latinoamericanos ofrendaron su vida, trocándola por la mejor calidad de vida de millones de compatriotas latinoamericanos. Comprendemos de a poco la totalidad del fenómeno. Lo estamos abarcando, lenta y progresivamente. Las evidencias son múltiples. Pero el principio básico está compuesto de solidaridad y afecto. La familiaridad con la que tratamos a los presidentes surge del trato y del conocimiento que entre ellos existe y que se ha hecho hábito. Son, y se sienten, constructores de una gran casa común que nos alberga a todos. Con total naturalidad nos referimos a ellos como Evo, Pepe, Dilma, Lula, Néstor, Fidel, Cristina, Rafael. La colonización subjetiva, tan impregnada, comienza a evanescerse. Los pueblos hemos subvertido el orden anterior. El único soberano se encuentra ahora en la cima y elige a sus dignos representantes. Gobernantes que, defendiendo los legítimos intereses de sus representados, trazan mancomunados derroteros del bien común latinoamericano. Es alentador. En el camino siempre habrá obstáculos por superar. Pero estamos juntos y sabemos hacia dónde vamos. Patria, cómo hemos cambiado. Alberto Pawly DNI 10.145.711 Bariloche
Cuánto ha ido cambiando la significación de esta palabra. Es casi nueva. Se desarrolló en el curso de los últimos treinta años. Se había mantenido prácticamente inalterable a lo largo de más de un siglo de nuestra corta historia como país. Patria. Límites geográficos celosamente custodiados por fuerzas armadas, dejándonos a nosotros, sus habitantes, resguardados y protegidos paternalmente de la agresión siempre latente de nuestros vecinos, extranjeros rapaces. Sucedía lo mismo del otro lado de las fronteras. Ambas fuerzas militares confluían en el foco del imaginario y confabulado conflicto. En esa estrategia bien pensada se tensaba el hilo hasta el límite de ruptura. Intervenía, entonces, la otra reserva moral indiscutida, la jerarquía eclesiástica. Nos sentíamos infantil e ignorantemente amparados y dominados. El orden jerárquico naturalmente aceptado tenía en su cima a gente uniformada. Colores verde o morado. Muy por debajo, el pueblo. Patria. Sucesión de gobiernos democráticos. Legítimos y no tanto. Interrumpidos por gobiernos militares totalmente ilegales que, al igual que en defensa de la integridad territorial, acudían presurosos y se hacían cargo de la conducción político-administrativa del país bajo pretexto de evitar su desintegración. En realidad lo que se aseguraba era la continuidad de los privilegios, de la explotación de los hombres y de la extracción de los recursos. Hasta las últimas tres décadas, la autoridad del sable y el pretendido pundonor de sus hombres se constituían como el reaseguro final de nuestra argentinidad y bienestar. Muy parecidos procesos vivieron nuestros vecinos de Latinoamérica. Patria. Aunque la visualizamos como siempre, desde la V salteña hasta nuestras islas hermanas, desde los Andes hasta la punta misionera, y sus límites son los mismos, ha ido cambiando nuestra visión política, se han ido abriendo las fronteras. No ha sido un proceso fácil ni gratuito. Para hacerlo posible muchos miles de esclarecidos idealistas compatriotas latinoamericanos ofrendaron su vida, trocándola por la mejor calidad de vida de millones de compatriotas latinoamericanos. Comprendemos de a poco la totalidad del fenómeno. Lo estamos abarcando, lenta y progresivamente. Las evidencias son múltiples. Pero el principio básico está compuesto de solidaridad y afecto. La familiaridad con la que tratamos a los presidentes surge del trato y del conocimiento que entre ellos existe y que se ha hecho hábito. Son, y se sienten, constructores de una gran casa común que nos alberga a todos. Con total naturalidad nos referimos a ellos como Evo, Pepe, Dilma, Lula, Néstor, Fidel, Cristina, Rafael. La colonización subjetiva, tan impregnada, comienza a evanescerse. Los pueblos hemos subvertido el orden anterior. El único soberano se encuentra ahora en la cima y elige a sus dignos representantes. Gobernantes que, defendiendo los legítimos intereses de sus representados, trazan mancomunados derroteros del bien común latinoamericano. Es alentador. En el camino siempre habrá obstáculos por superar. Pero estamos juntos y sabemos hacia dónde vamos. Patria, cómo hemos cambiado. Alberto Pawly DNI 10.145.711 Bariloche
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