Pendon y Olatte, los dos neuquinos que cita el “Che” Guevara

Dos historias entrañables en la Patagonia. Figuran en el diario del primer viaje a la zona.

Por Redacción

HISTORIAS

En 1965 fue la última intervención pública de Ernesto Guevara en el Ministerio de Industrias de Cuba. Luego se despidió de sus afectos y se alejó de la isla.

Vale la mención para comentar que en el diario del primer viaje que hizo por Latinoamérica, describe sus andanzas en San Martín de los Andes. Junto a Alberto Granados, recaló en el galponcito donde el Parque Nacional Lanín, guardaba el forraje para los caballos. Allí don Pedro Olatte, empleado de esa repartición, les permitió dormir sobre los fardos de pasto. Guevara lo describe como “un gordo bonachón”. Como buena persona lo recuerdan hoy sus vecinos. Era el encargado de organizar los asados con que se agasajaba entonces a las visitas.

Aquellos muchachos alternaron con Olatte, que -como andaban sin dinero- les propuso ganarse unos pesos oficiando de ayudantes durante un asado que se hizo en esos días. El encargado de pagar por aquella changa fue Adolfo Pendón.

Pendón había llegado a la Patagonia en los años ’20, proveniente de Berisso, donde su familia tenía una ferretería. Vivió varios años en Bariloche y allí tuvo una peluquería en la que alternaba su oficio con la venta de loterías. Era un muchacho alegre, solidario y corpulento, afectado por un disturbio genético que le daba una apariencia extraña. La naturaleza lo había dotado de algunas características femeninas, que él disimulaba vistiendo indumentaria de gaucho, con camisas grandes y pañuelo al cuello. Así vestido, Pendón actuó como extra en una película que se filmó en Patagonia. También alegraba los bailes de carnaval que se hacían sobre la calle Mitre, disfrazado de española, con peinetón y la melena larga que usaba habitualmente.

En 1938 viajó a Buenos Aires acompañando a Inés Netarriaga, una huérfana que debía hacer un tratamiento en el Hospital Santa Lucía. Desde allí enviaba telegramas a Bariloche para dar cuenta de la evolución de la niña. Durante el regreso se accidentó el ómnibus en que viajaban Pendón y la nena, según lo consigna la prensa de la época; pero no hubo consecuencias lamentables.

Unos años después, se radicó en San Martín de los Andes y abrió una peluquería sobre la calle San Martín, en cercanías de la verdulería de Don Rosendo González y la casa de calzados “Bota Verde”, donde también vendía billetes de lotería.

En una ocasión insistió ante empleados del Banco de la Nación de la sucursal sanmartinense, para que adquirieran uno. Con el fin de convencerlos, él mismo participó con una parte de esa compra. El billete resultó premiado y cuando cada uno recibió el dinero, Pendón destinó el suyo a comprar varias bicicletas que regaló a chicos humildes.

Vestido como gitana o como flamenca, con traje a lunares y volados, bailaba la jota al sonar de castañuelas, durante el carnaval. Es probable que su aspecto confundiera, pero convirtió la desventaja del mal congénito que lo había condenado a vivir en soledad -imposibilitado de formar una familia- en un recurso para compartir una diversión inocente, que quienes lo conocieron evocan con nostalgia.

Mario Muglia recuerda que de chico se reunía con otros pibes y cuando lo veían llegar daban la voz de alerta: “Ahí viene Pendón!, ahí viene Pendón!”, gritaban. Y empezaba la fiesta. “Siempre tenía una ocurrencia”, suele contar Beatriz Barbich de Gingins, otra vecina de San Martín. Organizaba carreras de embolsados, regalaba caramelos a los chicos, improvisaba diversiones en la plaza Sarmiento y solía ser el anfitrión para los artistas y elencos de circo que llegaban al pueblo.

Por esos años y refiriéndose al asado en el que él y Alberto Granados se ganaron unos pesos, que el peluquero se encargó de pagarles, escribió en su diario Ernesto Guevara: “mandaba la batuta un personaje rarísimo a quien yo daba con todo respeto el título de señora, cada vez que le dirigía la palabra, hasta que uno de los comensales me dijo: ‘Che pibe no cargués tan fuerte a don Pendón que se puede cabriar’ -¿Quién es Pendón? dije haciendo con los dedos ese interrogante del que dicen que es mala educación. La respuesta: don Pendón era ‘la señora’. Me dejó frío, pero por poco tiempo”.

Queda claro que el benévolo vendedor de billetes, dejó pasar el comentario del muchachito, que con los años sería una de las personalidades más conocidas y controvertidas de su tiempo, dentro y fuera de nuestro país: el Che.

Años después Pendón se mudó nuevamente a Bariloche donde instaló -próximo a una confitería en pleno centro- un local para trabajar en lo suyo y en lo alto del edificio vivió hasta su fallecimiento. Allí fue enfocado por la cámara de Augusto Vallmitjana, y, gracias a su hijo, el reconocido fotógrafo e historiador Ricardo Vallmitjana, se publica la imagen (la única encontrada) que ilustra esta nota, donde se ve claramente el cabello enrulado que recuerdan los vecinos de esa ciudad y de San Martín de los Andes.

Alguna vez la suerte volvió a favorecerlo con el premio a un billete suyo. Con el dinero que ganó compró juguetes que distribuyó entre chicos de un barrio barilochense humilde.

Como recordaba hace un tiempo la maestra sanmartinense Elba Piñero de Hassler: “Tenía un corazón de oro”.

Ana María de Mena

ade_mena@hotmail.com


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