Perfil moderno
"Chacho" Alvarez se erigió en el máximo impulsor de la "modernidad" en la Argentina actual, pero son muchos los reacios a acompañarlo.
Antes de iniciarse la gestión de la Alianza, los que preveían que tarde o temprano Carlos «Chacho» Alvarez rompería con Fernando de la Rúa suponían que lo haría en base de su oposición a la política económica conservadora, para no decir menemista, que Fernando de la Rúa -hombre que siempre se ha rodeado de economistas ortodoxos- pronto pondría en marcha. Sin embargo, para desazón de muchos partidarios del frepasista, Alvarez ha estado entre los defensores más decididos de las medidas poco simpáticas que tomó José Luis Machinea con miras a lograr el equilibrio fiscal, actitud que le ha merecido las críticas vehementes de quienes lo habían creído una suerte de socialista. En cambio, se ha mostrado mucho más activo que el presidente en los esfuerzos por combatir la corrupción. Si bien se vio constreñido a abandonar la idea de formar una «Conadep de la corrupción», a diferencia de De la Rúa no procuró minimizar la importancia del escándalo desatado por los rumores sobre sobornos en el Senado, sino que, por el contrario, intentó aprovechar la oportunidad para poner en marcha una versión local del operativo «mani pulite» italiano, iniciativa que, huelga decirlo, irritó tanto a los senadores radicales como ya lo había hecho su ofensiva contra los «ñoquis».
Dadas las circunstancias, la actitud de Alvarez ha sido perfectamente lógica. Sabe que, pase lo que pasare, cualquier gobierno concebible que no quisiera desatar una crisis económica fenomenal tendría que aplicar una estrategia similar a la emprendida por el gobierno del presidente Carlos Menem y continuada por De la Rúa, de suerte que oponérsele por motivos «principistas» sólo perjudicaría a los más vulnerables. También entiende que luchar vigorosamente contra la corrupción ya tradicional no supone declarar la guerra contra el mundo moderno. Antes bien, significa asociarse con algunos de los aspectos más positivos de la «globalización»: es natural que, al dejar de ser compartimientos estancos los distintos países, hayan tendido a intensificarse las presiones para que todos respeten las mismas reglas jurídicas, las cuales, por razones evidentes, han de ser las reivindicadas por las naciones más poderosas. Por fortuna, éstas son las más comprometidas con el imperio de la ley y con la transparencia.
Alvarez, pues, se ha erigido en el máximo impulsor de la «modernidad» en la Argentina actual, pero, desgraciadamente para él, son muchos los frepasistas que son reacios a acompañarlo. Aunque la mayoría se solidariza plenamente con su cruzada contra la corrupción, vicio que afecta mucho más a la UCR y al PJ que a un movimiento que es relativamente nuevo, sólo una pequeña minoría de los militantes está dispuesta a aceptar que la política económica sea la menos mala disponible. Asimismo, por tratarse de personas habituadas a simpatizarse con los empleados públicos, la voluntad de Alvarez de llevar a cabo una reforma profunda del Estado que pondría fin a las viejas prácticas clientelistas les ha parecido un tanto excéntrica, para no decir herética.
Para que un dirigente triunfe en política no es suficiente que tenga razón sobre los temas más importantes. A menos que conserve el apoyo de sus correligionarios, puede terminar aislándose, riesgo éste que Alvarez se ha mostrado preparado para asumir, acaso por entender que andando el tiempo, los demás frepasistas comprenderán que si bien no les será dado crear un nuevo «modelo» económico, por lo menos podrían impulsar reformas institucionales que permitirían que la Argentina se transformara en un país más justo. Sin embargo, aunque el proyecto así supuesto es muy digno y es probable que una proporción creciente de los preocupados por el futuro nacional se pliegue a él, sorprendería que el Frepaso aportara más que media docena de dirigentes. De prosperar el programa de reformas que ha esbozado Alvarez y que está tratando de impulsar desde su puesto de vicepresidente, sería a raíz de la adhesión de quienes se consideran conservadores o centristas, no de la conversión en masa a lo que es, al fin y al cabo, un ideario liberal, de una multitud de personas que hasta ahora por lo menos se han creído bien a la «izquierda» tanto de la UCR como del PJ.