Perro muerto

Por Redacción

“Lo mataron, el perro está muerto”. ¿Quién lo dijo? Nadie del grupo lo sabía. Sólo escuchaban una voz. Tampoco sabían quién ni cómo lo había matado. El tiempo era impreciso; todo era impreciso, onírico. Se hacían preguntas. De a ratos la voz les hablaba: “Lo mataron ustedes, por accidente”. En el grupo eran cuatro. O cinco. Estaban confundidos, no entendían qué pasaba. Sentían que el tiempo se consumía y, bajo presión, debían decidir qué hacer con el cadáver. La desesperación se impuso: “Listo, lo escondemos, nadie lo va a reclamar”. Hubo cierto alivio ante la solución acordada. Sin embargo, un fantasma los perseguía: “Asesinamos a un perro, eso no se borra. Ni se olvida”, soltó uno y todos empezaron a vomitar frases. Sin distinguir quién hablaba, decían algo o le respondían a un otro, a sí mismos. “¿Y si nos mandan a la cárcel?”. “No pasa nada, es un perro, lo tiramos en la zanja. Ya fue”. “¿Tu propuesta es que no se note el asesinato?”. “Pero ¡no asesinamos a nadie!”. “¿Cómo que no?”. “¿Me querés meter el perro?”. “Vos sabés que yo sé que me estás mintiendo”. “¿Qué es esto de fingir?”. “¡Son unos cínicos!”. “Asesinamos a un perro y un perro es un perro”. “¿Y a quién le importa un perro?”. “Parece que a nadie”. “A mí sí”. “Todos somos perros”. “Yo no soy un perro… ¿o sí?”. *** Los cuatro, los cinco, todos, uno, ninguno. Responsables, irresponsables, culpables, inocentes, culposos. Metieron al perro en una bolsa y salieron a la ruta. No reconocían dónde estaban ni les preocupaba: pocas cosas importan cuando algo lo ocupa todo. Tiraron el cadáver en un descampado. La voz –invisible, intransigente– los perseguía adonde fueran. Volvieron a una casa. Se sentaron alrededor de una mesa. Se miraron en silencio. Incómodos. Dos se pararon y el resto fue detrás. Salieron a la calle. “¿¡Cómo puede ser!?”, gritó uno. Sin la bolsa, el perro estaba en la vereda. El grupo coincidió en que “lo mejor” era tirarlo a las vías del tren, frente a la casa. De pronto, uno percibió que el perro respiraba. Todos abrieron los ojos y cerraron la boca. Pasó el tren. Se congeló el tiempo. Con sigilo, alguien abrió la puerta de la casa. Como si despertara de un largo sueño, el perro se movió. Intentaron, discretos, meterlo adentro. Se resistió pero entró a la casa en la que, sin que nadie se diera cuenta, habían querido asesinarlo. Era un milagro: tenía agujeros pero el perro muerto estaba vivo.

Juan ignacio pereyra


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