Perspectivas grises



En los primeros años que siguieron al ajuste sin anestesia al que el país se sometió luego del desplome de la convertibilidad, el producto bruto aumentó a un ritmo comparable al logrado por China. Si bien algunos creen que la tasa de crecimiento fue inferior a la registrada por el Indec, no cabe duda de que a partir de la fase final de la gestión del presidente interino Eduardo Duhalde y hasta el inicio de la de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner la economía, impulsada por un tipo de cambio favorable a la industria local, por el “viento de cola” proporcionado por la soja y otras exportaciones agrícolas y por las fuertes inversiones realizadas en la década de los noventa, se expandió mucho, lo que, a juicio de los oficialistas, era evidencia suficiente de que por fin la Argentina había adoptado el “modelo” que le permitiría recuperar todo el terreno perdido a causa, decían, del “neoliberalismo”. ¿Acertaron? Parecería que no, que, por el contrario, el “modelo” populista que siguen reivindicando ya se ha agotado y que, a menos que el gobierno cambie de rumbo muy pronto, al país le esperan largos años de estanflación. Es ésta la opinión de muchos economistas extranjeros, entre ellos los expertos del banco español BBVA-Francés que acaban de difundir un informe en que se prevé que en los diez años próximos la Argentina crecerá menos que todos los integrantes de un grupo conformado por 23 economías “emergentes”. Según los pronósticos del BBVA, la Argentina podría expandirse a un ritmo del 2,7% anual, muy por debajo de los porcentajes previstos para Perú, Colombia, Chile y Brasil, además, claro está, de la India, China, Vietnam, Nigeria e Indonesia. Aunque los comprometidos con el “modelo” de Cristina imputen el vaticinio lúgubre de los especialistas consultados por los banqueros españoles a la hostilidad, cuando no la envidia, que supuestamente sentirían los indignados por el “éxito” que se atribuye un gobierno que, como señaló Cristina en su discurso de casi cuatro horas ante la Asamblea Legislativa, va “a contramano de todas y cada una de las cosas que (según los no creyentes del resto del mundo) teníamos que hacer”, muchos economistas locales no sólo comparten su pesimismo sino que temen que el decenio venidero sea aún peor de lo que prevén los escépticos de otras latitudes. El populismo voluntarista es cortoplacista por principio. Desde hace casi diez años, el gobierno privilegia el consumo inmediato por encima de inversiones que tardarían en brindar sus frutos, de ahí la plétora de anuncios impactantes de obras por venir que no se concretarán, la maraña de subsidios que han servido para disimular la ineficiencia generalizada, la creación de una multitud de puestos de trabajo públicos que no agregan nada a la productividad de la economía y la descapitalización de sectores enteros, comenzando con los vinculados con la energía, el transporte y la industria manufacturera. Puede que en términos políticos el “modelo” haya resultado ser muy exitoso, puesto que ha permitido al kirchnerismo anotarse una serie de triunfos electorales importantes, pero por depender del aprovechamiento inmediato y excesivo de lo ya existente es esencialmente estéril. Aunque gracias a los ingresos aportados por la soja y otros productos exportables del campo, hasta ahora la presidenta ha conseguido mantener llena “la caja” que aprovecha para premiar a sus partidarios y castigar a quienes no manifiestan el entusiasmo exigido para su “proyecto” personal, la economía resultante no podrá sostener un nivel de ingresos per cápita que sea muy superior al ya alcanzado. Es que le falta un elemento imprescindible, la productividad que, a su vez, dependerá de inversiones y de la voluntad de todos los agentes económicos, desde los empleados menos preparados hasta los ejecutivos más empinados, de mejorar su desempeño personal; pero, como es notorio, escasean cada vez más los dispuestos a arriesgarse invirtiendo montos significantes en las empresas porque confían en el futuro económico, mientras que una cultura demasiado politizada, de “resistencia” a la realidad económica, está socavando los esfuerzos de los que creen que, a pesar de todos los muchos problemas, el país está en condiciones de reducir la brecha que lo separa de los más desarrollados.


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