Piñatas

Por Redacción

la peña

jorge vergara jvergara@rionegro.com.ar

Las expectativas eran totales. Todos sentaditos debajo y esperando la lluvia de golosinas y pequeños juguetes. Ninguno tendría más de cuatro o cinco años en ese grupo. De pie estaban los demás, abuelos, amigos, tíos y tías, vecinos. El acontecimiento convocaba a todos por igual. Para unos había gaseosas, para otros cerveza y vino. Primero para los chicos, después para los grandes y la torta para todos. Pero había un detalle, no menor, considerando el público infantil presente: la piñata. De tanto gasto entre bebida, comida, regalo, adornos y demás, nos habíamos quedado sin un peso y eso era justamente para la piñata. Acostumbrados a los bolsillos flacos, decidí hacerla yo mismo. Una caja de cartón, golosinas y juguetes y una buena decoración sirvieron para darle forma. Caja grande que aparentaba contener mucho más de lo que en realidad tenía. Hilo colgando de la parte inferior, otro que la sostenía desde el techo y todo listo para la gran diversión de los chicos. Claro, jamás imaginamos que cuando tiráramos de la soga para que todo cayera al piso, se soltaría el hilo que sostenía la caja del techo. Y se vino la caja con las golosinas y los juguetes encima de los chicos. Uno que otro llanto infantil rodeó el episodio, pero rápido le dimos continuidad a la fiesta y sostuvimos con la mano la caja para que alguien tirara del hilo y al fin las golosinas cayeran. Un tirón, el segundo, el tercero y recién al cuarto el rígido cierre cedió para que la piñata se convirtiera en eso, en piñata. Claro, en esos minutos o segundos empezaron las cargadas, los uuuuuuuuuuuh de los chicos y la ansiedad en ascenso. Un verdadero papelón infantil. Era el cuarto o quinto año de mi hija mayor. Pero como de los errores se aprende, o al menos uno cree que aprende, al año siguiente corregí los errores y puse en marcha el nuevo proyecto de piñata. Ya no era una cuestión de recursos, se había convertido en un desafío. ¡Cómo una simple caja de cartón me podía arruinar una idea! Ni pensarlo. Y lo volví a hacer, pero se ve que le puse demasiado refuerzo porque esta vez se salió el hilo de abajo, pero la caja no se abrió. Ese día decidí no volver a intentarlo, para colmo varios de los presentes en el nuevo cumpleaños habían estado también en el anterior y conocían con lujo de talles la anécdota. A los uuuuuuh de los chicos se le sumaron los uuuuuh de los grandes. La modernidad trajo alivio para esas cosas porque hoy ya no se ensucian ni los patios de las casas. Los cumples van directamente a un salón de fiestas, las piñatas vienen listas, sólo hay que llenarlas y tienen la garantía de que cuando alguien lo decide, las golosinas caen por el piso. Aunque a juzgar por lo que vi, hasta las piñatas son un objeto del pasado. Los chicos están más preocupados por el partido de fútbol , de las play, de uno u otro juego que de esperar lo que cae del cielo. Cambiaron tanto los cumples pero siguen siendo el acontecimiento más esperado del año por los chicos. Claro, siempre que sea una vez al año, porque una de mis hermanas solía sorprendernos con cumples improvisados y nos enterábamos un rato antes de la llegada de los invitados. Mi madre solía salir corriendo en busca de algo para armar la mesa de ese cumple mentiroso, cuyo único fin era obtener regalos. Era la única en casa, en el barrio, en el pueblo, que se daba el gusto de cumplir una, dos o hasta tres veces en el año. Hoy con las redes sociales y tantos recursos al alcance de todos, eso sería imposible.


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