Piqueteros en la picota

Por Redacción

El país está tan acostumbrado a que el gobierno kirchnerista tolere, e incluso reivindique, las “protestas sociales” que con frecuencia exasperante provocan caos en las calles de las ciudades, que motivaron mucha sorpresa las palabras empleadas por la ministra de Seguridad, Nilda Garré, para descalificar a los responsables de bloquear, la semana pasada, las principales vías de acceso a la capital federal. Según Garré, los piqueteros que protagonizaron el operativo eran “extorsionadores salvajes” y “desestabilizadores sin racionalidad”, opinión ésta que hasta ahora cuando menos los voceros oficialistas han atribuido a ultraderechistas que supuestamente sienten nostalgia por los días en que los militares se encargaban de mantener el orden. Dirigentes opositores, entre ellos el cineasta Fernando “Pino” Solanas, líder de Proyecto Sur, reaccionaron enseguida, acusando a Garré de hablar como los voceros de los gobiernos a su juicio “derechistas” de Carlos Menem, Fernando de la Rúa y Eduardo Duhalde y manifestando su preocupación por la posibilidad de que lo que la ministra tuviera en mente fuera echar mano a la llamada “ley antiterrorista” para iniciar una etapa signada por la represión. Garré no se equivoca por completo: la metodología adoptada por los piqueteros sí es “extorsionadora” por basarse en el presupuesto de que, con tal que logren hacer sufrir a terceros, el gobierno terminará dándoles dinero o su equivalente. Sin embargo, hasta hace muy poco los kirchneristas aprovechaban las necesidades económicas y sociales de los piqueteros y grupos afines para incorporarlos a su propia clientela y también por suponer que les convendría intimidar a la clase media agitando el espectro de un “estallido social”. Aunque la estrategia así supuesta les ha brindado buenos resultados, últimamente ha surgido una multitud de problemas. Puesto que no hay dinero suficiente como para satisfacer a todos, el gobierno se ha sentido obligado a reducir sus gastos pretendidamente sociales, discriminando, como le parece natural, entre los comprometidos con “el proyecto” kirchnerista y quienes se resisten a apoyarlo por militar en movimientos izquierdistas. Las protestas que tanto indignaron a Garré fueron protagonizadas por los excluidos por razones políticas de la caridad gubernamental; huelga decir que su forma de denunciarlas sólo ha servido para que los organizadores tengan más pretextos para llevar a cabo una nueva serie de cortes en escala mayor. Asimismo, lo mismo que la embestida de Cristina contra los docentes, la emprendida por Garré contra los “luchadores sociales” ha convencido a muchos de que el kirchnerismo acaba de girar hacia la derecha, asumiendo posturas que antes condenaba como propias de reaccionarios. Repartir ayuda entre las distintas agrupaciones de piqueteros según criterios políticos ha permitido al gobierno mantenerlas relativamente tranquilas, pero, lejos de contribuir a solucionar los problemas subyacentes, sólo ha significado convivir con ellos perpetuándolos, como si fuera perfectamente natural que sectores importantes de la sociedad dependieran de la largueza de punteros partidarios. Puede que desde el punto de vista de los especialistas en sacar provecho de las carencias de los necesitados, “movilizándolos” para que hagan número en actos políticos en que se muestran agradecidos por las limosnas recibidas, se trate de una buena manera de prepararlos para el futuro, pero desde aquel de los sinceramente preocupados por el drama social difícilmente podría ser más negativa. Al fin y al cabo, el diversificado movimiento piquetero existe desde hace casi veinte años. A lo sumo, ha permitido a ciertos dirigentes erigirse en figuras públicas, pero sus seguidores han tenido que conformarse con mendrugos, resignándose a la vida de militantes humildes que dependen de la capacidad de jefes menores de conseguirles un mínimo de ayuda. Por motivos evidentes, los políticos populistas, tanto oficialistas como opositores, se aferran al esquema primitivo resultante, impidiendo así que el país tenga instituciones apolíticas como las existentes en Europa que, además de cubrir las necesidades básicas de todos, tienen como meta brindarles oportunidades para que se conviertan en miembros productivos de la sociedad que sean capaces de valerse por sí mismos.


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