¿Pobreza y género?
Por Eva Giberti
Las tradicionales medidas y clasificaciones de la pobreza, a cargo de los especialistas en política y en economía, han demostrado ser insuficientes en tanto y cuanto no desagregan el género como una variable fundamental, capaz de modificar dichos análisis.
Los hombres y las mujeres padecen y sobrellevan las pobrezas de acuerdo con diversas modalidades, con recursos diferentes y con exposiciones distintas: por ejemplo, una mujer en trance de parir tiene un grado de exposición físico y psicológico que es desconocido para los varones. Las muertes por parto, asociadas con la pobreza, constituyen una realidad específica de la vida de las mujeres.
La línea de la pobreza constituyó uno de los parámetros para clasificar a las poblaciones estudiadas; se basa en el costo de una canasta cuyos contenidos sean capaces de satisfacer las necesidades básicas de una familia. Se calculó que cuando los ingresos no alcanzan para adquirir los productos que la integran, estábamos en presencia de grupos humanos por debajo del límite de la pobreza. O sea, son o eran pobres.
La otra perspectiva para el estudio de los grupos familiares apuntaba al concepto de necesidades básicas, actualmente reformulado. Se refiere al grado de satisfacción que puede obtenerse respecto de cada necesidad básica. Aquellos grupos familiares que no satisfacen por lo menos una de esas necesidades consideradas básicas, se evaluaban como pobres.
La interpretación actual no define la pobreza a partir, exclusivamente, de los ingresos y de la capacidad de inversión de los mismos, sino por la carencia de opciones y de oportunidades.
El Informe acerca de Desarrollo Humano, compuesto por el conjunto de países participantes en la reunión de Copenhague (1995) amplió la fórmula que definía la pobreza a partir de la evaluación de ingresos y consumo para incluir los servicios de educación, salud y vivienda.
Esta ampliación ha promovido el replanteo de los programas destinados a quienes están por debajo de la línea de pobreza -en aumento en nuestro país- para proponer otra comprensión del problema: ya no se trata sólo de los ingresos de los que dispone una familia, sino de las posibilidades de contar con escuelas, con hospitales y centros de salud y con seguros sociales.
Es decir, el compromiso de los gobiernos para con los pobres se tornó más inclusivo, se demandan oportunidades de trabajo, de estudio, recursos en salud, es decir, se subrayan las responsabilidades estatales para con la población carente. Que en realidad constituyen una parte de la totalidad de responsabilidades gubernamentales aplicadas en los diversos servicios que el Estado debe prestar.
Dichas responsabilidades reclaman, además, el ajuste intelectual que corresponde a la comprensión de los problemas del género, es decir, el reconocimiento de las diversas posiciones de las mujeres: en el trabajo, ganando el mismo salario que los hombres si realizan las mismas actividades, tema que repercute en el monto de sus jubilaciones, en sus derechos a licencias por maternidad y en una extensa enumeración de condiciones que es preciso tener en cuenta cuando se analizan los efectos de la pobreza en la población. Distinguiendo a las mujeres y a los hombres como consumidores de pobreza con características diversas, propias e incanjeables. Sobre todo si se tiene en cuenta que innumerables mujeres ingresaron en el mercado de bienes y servicios urgidas por el desempleo de sus compañeros, y carecen del entrenamiento y la experiencia necesarias para defender sus derechos como trabajadoras. Entonces suelen sumar pobreza e injusticias. Fenómeno que es posible registrar, para modificarlo, sólo si se entiende que hay pobres que son hombres y pobres que son mujeres, y no son pobres equivalentes.