A 50 años del golpe: las huellas de la dictadura en Río Negro
Según el Registro Unificado de Víctimas del Terrorismo de Estado de Río Negro, al menos 78 personas vinculadas a la provincia fueron desaparecidas y/o asesinadas, en un relevamiento que continúa ampliándose con nuevas causas. Testimonios reconstruyen secuestros, búsquedas y memorias que siguen abiertas.
«La desaparición es lo más terrible porque no hay un cuerpo, no hay un lugar donde ir, no hay una certeza. Uno vive con la pregunta permanente de qué pasó», expresó Fernanda Salgado, al recordar el secuestro y desaparición de su hermana María Victoria Salgado en 1978. A 50 años del último golpe de Estado, familias y amigos aún esperan respuestas en una provincia donde la dictadura también dejó sus huellas.
Según el Registro Unificado de Víctimas del Terrorismo de Estado de Río Negro, actualizado a marzo de 2025, existen 78 personas desaparecidas y/o asesinadas vinculadas a la provincia. La cifra es parcial y continúa en construcción, ya que nuevos testimonios y documentos siguen aportando información sobre lo ocurrido en la región durante la dictadura cívico-militar.
En diálogo con Diario RÍO NEGRO, Roberto Ferrero secretario de Derechos Humanos de Río Negro, explicó que actualmente se está trabajando en la reconstrucción de cuatro casos más en la provincia, llegando a 82 personas desaparecidas vinculadas a la provincia, es decir que nacieron y/o residieron temporalmente y/o fueron secuestradas.
*Fuentes: Registro Unificado de Víctimas del Terrorismo de Estado de Río Negro (actualizado a marzo de 2025), Conadep, Secretaría de Derechos Humanos de la Nación, investigación del Observatorio de Derechos Humanos de Río Negro y Unter. Los casos pueden variar entre registros; todos continúan en construcción y permanecen abiertos.
«Yo pude reconstruir qué había pasado con mi hermana, hay otros que aún no»: las huellas de la dictadura en Río Negro
“El miedo de ese momento era desaparecer. No sabías qué habían hecho con esa persona. Esa incertidumbre era permanente”, explicó Fernanda Salgado, en diálogo con Diario RÍO NEGRO, al recordar el último golpe de Estado en el país. Antes de la desaparición de su hermana mayor, María Victoria Salgado Battistessa en 1978, la dictadura ya se hacía sentir en su familia.
Su madre, conocida como “Bocha”, fue detenida por seis meses junto a una socia acusadas de vender libros considerados “subversivos” en la librería familiar, «Quimhue». El local permaneció clausurado durante dos meses y luego quedó a cargo de Fernanda y su hermana.
“Yo tenía 15 años. La librería no daba plata y mamá estaba presa. Fueron meses muy difíciles”, recordó Fernanda, sentada detrás de un escritorio en la librería familiar, que hoy sigue atendiendo. En ese tiempo, además de sostener el negocio, debían organizar visitas a la cárcel y continuar con la escuela.
La represión marcaba la vida cotidiana en la ciudad, «había gente que cruzaba de vereda cuando nos veía. Era una ciudad chica, pero el miedo estaba”, contó Fernanda. También recordó que los jóvenes salían siempre con documentos y que en las aulas ciertos contenidos desaparecieron. “No vimos literatura latinoamericana porque no se podía”, explicó.
El secuestro de María Victoria Salgado en Buenos Aires agravó la situación familiar. Tres meses después, Fernanda viajó al lugar e inició una angustiante búsqueda para llegar a su hermana. “Hicimos todo lo posible. Presentamos habeas corpus, hablamos con organismos de derechos humanos. Había que insistir”, relató.
Con el paso de los años, logró acceder a testimonios judiciales que permitieron reconstruir parte del operativo que se llevó a María Victoria. «Yo pude reconstruir qué había pasado con mi hermana, hay otros que aún no. Fue con testimonios, con declaraciones. Fuimos armando la historia de a poco», explicó Fernanda.
“El miedo de ese momento era desaparecer. Porque si vos matás a alguien hay una certeza, se murió. Pero si desaparece esa persona, todo lo que los familiares y los amigos pueden imaginar es terrible»,
Fernanda Salgado, hermana de María Victoria, desaparecida en 1978.
Cuando supo lo que pasó con su hermana mayor, decidió volver a Roca para hablarlo con su madre. Le dijo que podía contarle todo lo que había sabido. Pero ella solo quiso una respuesta. “Decime solo si la habían torturado”, le pidió. Cuando Fernanda le confirmó que no, eligió no escuchar nada más.
En democracia, comenzó a dar charlas en escuelas y espacios comunitarios para transmitir lo vivido. «Al principio costaba mucho hablar. Uno todavía se cuidaba de lo que decía. Pero era necesario contar lo que había pasado”, recordó.
A 50 años del golpe, su deseo permanece sin cambios, sostenido en el tiempo y en la búsqueda que nunca se detuvo. Saber qué pasó, conocer la verdad y poner fin a la incertidumbre siguen siendo el centro de ese reclamo. “Deseo que no vuelva a pasar nunca más. Que sepamos qué pasó con todos. Que los familiares podamos tener un muerto y no un desaparecido”, sostuvo con firmeza.
El impacto de la dictadura al interior de Río Negro: la historia de Carlos Surraco, secuestrado en Jacobacci
Los casos no se concentraron solo en las grandes ciudades. El terrorismo de Estado también alcanzó localidades del interior de Río Negro, donde durante años el silencio y el miedo dificultaron reconstruir la historia de los desaparecidos.
El Registro Unificado de Víctimas de Terrorismo de Estado de Río Negro detalló que el 55% de los asesinatos y desapariciones forzadas tuvieron lugar en el Alto Valle, seguido por un 20% en la zona Andina, un 13% en la Atlántica y un 11% en el Valle Medio. «Sólo el 1% restante no está identificado el lugar donde se produjo el hecho, pero sí confirmado que fue dentro de la provincia de Río Negro”, afirmaron en 2018.
En Ingeniero Jacobacci, la dictadura civico-militar también dejó su marca. Allí fue secuestrado Carlos Surraco el 4 de abril de 1978, mientras trabajaba en un taller mecánico de la localidad. Tenía 35 años, esposa y dos hijos.
Durante décadas, su historia casi no se mencionó en el pueblo. “Era el único detenido desaparecido de Jacobacci y no se hablaba de él”, recordó la docente, dirigente de Unter y directora de una escuela rural, Paola Loncón. El silencio, atravesado por el miedo y la falta de información, se extendió durante años incluso en ámbitos escolares y comunitarios.
Según explicó Paola, recién en 2015 comenzó un trabajo sostenido para reconstruir su historia. Desde el gremio Unter junto a organizaciones sociales impulsaron actividades públicas, vigilias y propuestas educativas que permitieron visibilizar lo ocurrido en Jacobacci. También lucharon por la señalización del taller mecánico desde donde fue detenido y del boulevard ubicado frente al lugar, hoy reconocido como espacio de memoria.
Uno de los momentos más significativos ocurrió cuando uno de los hijos de Surraco regresó a Jacobacci y participó por primera vez en una actividad por el 24 de marzo. Al llegar a la plaza, vio los pañuelos blancos pintados en el suelo y, entre ellos, el nombre de su padre.
“Se le aflojaron las piernas al ver el nombre de su padre. Nunca había podido hablar del tema”, contó Loncón. Aquella noche, durante una vigilia, pudo tomar la palabra por primera vez. Para quienes dedicaban sus días en el sensible y respetuoso trabajo de recuperar la historia, ese gesto marcó un punto de inflexión: la historia de Surraco comenzó a ser parte de una memoria compartida por la comunidad.
Centros clandestinos de detención en Río Negro
En Río Negro funcionaron aproximadamente una docena de centros clandestinos que hoy son señalizados como sitios de memoria. Desde 2013, estos espacios comenzaron a identificarse en el marco de la Red Federal de Sitios de Memoria, con el objetivo de preservar y difundir los lugares donde operó el plan represivo del Estado, utilizados para la detención ilegal, la tortura y la desaparición forzada de personas.
* Catriel sumó otro sitio al registro de lugares donde funcionó el terrorismo de Estado en Río Negro. Según su sitio web, la Comisaría 9° fue utilizada como centro de detención ilegal desde el golpe del 24 de marzo de 1976.
Militancia, redes y memoria que se transmite: el testimonio de Marta Marilef
Marta Marilef llegó a Roca en 1976 desde Bariloche y comenzó a trabajar en barrios populares con tareas de alfabetización y acompañamiento social. Con el tiempo participó en los inicios de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos en el Alto Valle y más adelante continuó su compromiso en el Observatorio de Derechos Humanos de Río Negro y la Amnistía.
Marta recuerda que la dictadura se vivió con miedo cotidiano y silencio en Roca. “Había amenazas por teléfono, citaciones, persecución en la calle”, afirmó y agregó que “no sabías qué podía pasar, si te estaban siguiendo o si ibas a volver”.
En ese contexto y con mucha valentía, junto a una compañera decidió acercarse a las familias de detenidos y desaparecidos para conocer sus historias y acompañarlas. “Íbamos casa por casa. Algunas familias abrían, otras no. Muchas cortaban el teléfono por miedo”, explicó. Las reuniones se organizaban en iglesias, bares o espacios públicos y cambiaban de lugar a último momento ante la posibilidad de ser detenidas. “No sabíamos si llegábamos a la cita o si volvíamos”, recordó.
La conformación de la APDH en la región significó un punto de inflexión. El respaldo de referentes sociales, religiosos y políticos permitió visibilizar ese trabajo y fortalecer las redes de acompañamiento. “Ya no éramos solo nosotras, éramos un grupo buscando la verdad y justicia”, afirmó.
Con el regreso de la democracia, Marta también vivió momentos que la marcaron profundamente. En una de las marchas multitudinarias en Buenos Aires se reencontró con antiguos compañeros de militancia a quienes creía desaparecidos. “Yo tenía dificultades para caminar, entonces me senté en la vereda y ahí me los encontré. Nos abrazamos y lloramos. Son encuentros desde la muerte, porque uno pensaba que el otro no estaba más”, recordó entre lágrimas.
«La búsqueda de memoria y justicia no se cierra con el paso del tiempo»: Lucio familiar de Patricio Dillon
“En la familia siempre estuvo ese ‘no te involucres’, pero él nunca hizo caso”, señaló Lucio Paniceres al hablar de su tío abuelo, Patricio Dillon, un joven nacido en Roca que fue secuestrado en 1977 mientras estudiaba en Buenos Aires. Estudiaba Filosofía y Letras, militaba en la Juventud Peronista y había sido parte del movimiento estudiantil que impulsó la creación de la sede local de la Universidad del Comahue.
Para Lucio, la figura de Patricio atraviesa a la familia con sentidos complejos. “Desde chico intentaba organizar, participar, involucrarse en lo que le movilizaba”, contó. Ese compromiso social, explicó, generaba orgullo pero también temor entre sus allegados. “Siempre estaba ese ‘no te involucres tanto’, pero él nunca hizo caso”, agregó al describirlo como alguien impulsado por un fuerte sentido de pertenencia y de responsabilidad colectiva.
Con el paso de los años, la memoria de Patricio también se sostuvo en pequeños hallazgos. Uno de los más significativos fue la recuperación de un libro que había pertenecido a su tío abuelo, encontrado décadas después en una venta de garage. “Estaba lleno de anotaciones, de preguntas que se hacía. Cuando aparecen cosas que fueron de él, sentís que seguís dialogando”, relató Lucio. Para él, esos detalles permiten reconstruir su pensamiento y sentirlo presente en la historia familiar.
Hoy, esa búsqueda continúa en espacios educativos y comunitarios. Lucio participa en charlas en escuelas secundarias y en actividades por la memoria colectiva. “No es algo que pasó y ya está. Es algo que sigue pasando y que nos sigue interpelando”, afirmó.
“No es algo que haya terminado en el pasado. Las discusiones, las desigualdades y las causas por las que él luchaba siguen existiendo, y eso nos obliga a pensar qué lugar ocupamos nosotros ahora».
Lucio Paniceres, sobrino nieto de Dillon Patricio, desaparecido en 1977.
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