Políticos en la mira
El saneamiento de la democracia tendrá que quedar en manos de aquellos dirigentes que no aceptan ser cómplices de los corruptos.
Según una encuesta reciente, el ochenta por ciento de los consultados entiende que miembros del gobierno del presidente Fernando de la Rúa sobornaron a varios, quizás a muchos, senadores peronistas para que aprobaran la ley de reforma laboral, es decir, una mayoría abrumadora de la ciudadanía da por descontado que sus representantes están más que dispuestos a vender su voto al mejor postor. Con todo, por lo pronto, el escándalo desencadenado por este asunto no parece haber provocado una ola de indignación popular. Por el contrario, los más parecen haberse resignado a que «los políticos» actúen como delincuentes que automáticamente privilegien sus intereses personales por encima de aquellos de la comunidad, de suerte que las denuncias en torno de coimas en el Senado ni siquiera han ocasionado sorpresa. Para algunos, la indiferencia así reflejada es un fenómeno sumamente peligroso, pero en cierto modo es reconfortante: de sentirse realmente escandalizada la mayoría por la conducta de sus «dirigentes» actuales, podría resultar irresistible la tentación de apostar a una versión local del venezolano Hugo Chávez, lo cual sin duda alguna constituiría un paso en falso de consecuencias desastrosas.
Por razones comprensibles, a partir de la restauración de la democracia a fines de 1983 el debate en torno de la calidad de las instituciones políticas y de las personas que las integran se ha visto dominado por el presupuesto de que de desprestigiarse la democracia se crearía una situación que los autoritarios no vacilarían en aprovechar. Tales temores distan de ser caprichosos, pero en cierto modo sus efectos han sido perversos porque han contribuido a diseminar el mensaje de que preocuparse por la idoneidad de los legisladores y por la corrupción es antidemocrático. Además, a esta altura parece evidente que las fuerzas armadas sencillamente no están en condiciones de retomar su papel anterior de partido político blindado, mientras que por ahora al menos no se ha producido señal alguna de que esté por irrumpir en el escenario político un movimiento de características dictatoriales o un personaje como Chávez.
Pero el que el descreimiento generalizado en la honestidad de la mayoría de los senadores y, es de suponer, en los demás miembros de la clase política nacional, no haya hecho prever una convulsión no quiere decir que podamos sentirnos conformes con su desempeño. Si bien no se trata de una opción tan dramática como la supuesta por democracia versus dictadura, la diferencia entre un orden político caracterizado por el sentido de responsabilidad de los dirigentes por un lado y, por el otro, uno corrupto y por lo tanto visceralmente irresponsable es enorme, sobre todo en un momento muy difícil de la vida nacional. Para poder solucionar o, cuando menos, atenuar la multitud de problemas que enfrenta el país, será necesario que su clase política se comprometa plenamente con lo que debería ser su función, pensando seriamente en lo que habrá de hacer para superar el atraso en el cual buena parte de la población está atrapada.
La corrupción sistemática es síntoma de la falta de seriedad de demasiados políticos que, desmoralizados por la frustración de los proyectos con los cuales se habían comprometido, han decidido transformar lo que antes habrá sido una vocación de servicio en un mero trabajo mercenario que les permite vivir bien o, si tienen suerte, adquirir una fortuna personal considerable. Personas de esta especie no poseen las cualidades necesarias para liderar el país en una época confusa en la que pocos días transcurren sin que surjan nuevos desafíos, y puede que en los comicios del año que viene el electorado aproveche la oportunidad para deparar una sorpresa desagradable a aquellos individuos que no merecen la confianza de nadie. Mientras tanto, el saneamiento de la democracia, no para salvarla del autoritarismo sino para que el sistema político nacional haga un aporte mayor al bienestar de la ciudadanía, tendrá que quedar en manos de aquellos dirigentes que no aceptan ser cómplices de los corruptos y de la Justicia, que ya debería estar tomando las medidas precisas para separar a los sujetos que viven de la política de los políticos de verdad.