Polonia golpeada
Según Lech Walesa, el ex presidente polaco y líder del movimiento Solidaridad que tanto contribuyó a la caída del Imperio Soviético, en el accidente aéreo que ocurrió el sábado pasado en la ciudad rusa de Smolensk “murió la elite de nuestro país”. En opinión del primer ministro polaco, Donald Tusk, se trató del “acontecimiento más trágico de la posguerra en Polonia”. Aunque tales reacciones fueron comprensibles al difundirse la noticia de que acababan de perecer el presidente Lech Kaczynski, su esposa y 95 personas más, entre ellas docenas de legisladores y funcionarios jerárquicos, además de los jefes de las fuerzas armadas y el muy respetado gobernador del Banco Central, Walesa y Tusk exageraron. A pesar de la multitud de problemas dejados por décadas de tiranía comunista y otros planteados por la necesidad de adaptarse a un mundo cambiante, Polonia se ha transformado en un país moderno y por lo tanto posee una “elite” que por cierto no se limita a los integrantes del gobierno y quienes ocupan puestos oficiales encumbrados. Si bien para sus familiares y amigos los fallecidos sí eran irreemplazables, las sociedades democráticas son capaces de absorber con naturalidad golpes que en otras más rígidas podrían tener consecuencias traumáticas. Asimismo, en todos los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial hasta que por fin logró independizarse, Polonia sufrió pérdidas que fueron mucho mayores que las provocadas por el accidente aéreo. La consternación que, como es lógico, desató la muerte de tantos personajes eminentes, se vio intensificada por tratarse de miembros de una nutrida comitiva oficial que iba a tomar parte en actos organizados para conmemorar la matanza en 1940, en la localidad de Katyn, de más de 20.000 militares e intelectuales polacos que fue ordenada por el dictador comunista de la Unión Soviética Joseph Stalin. No fue una “tragedia”, como tantos dicen ahora con el propósito de minimizar la responsabilidad del régimen comunista, sino un crimen de lesa humanidad atroz perpetrado, como muchos otros, a fin de eliminar una proporción sustancial de la elite de un país destinado a ser avasallado. Hasta vísperas de su caída definitiva, la dictadura soviética trató de imputar el genocidio a los nazis, pero no convenció a nadie salvo los resueltos a creer que representaba una alternativa “progresista”. Con todo, en los últimos años las autoridades rusas han reconocido la culpa de Stalin y los asesinos que estaban a su servicio, de ahí la voluntad de los gobernantes rusos de rendir homenaje, junto con los líderes polacos, a las víctimas de un episodio terrible de la historia de un país que fue condenado por la geografía a ser desmembrado una y otra vez por vecinos poderosos y agresivos. Puede que los polacos ya no tengan nada que temer de Alemania, pero siguen mirando con recelo los intentos de Rusia de recuperar su papel de gran potencia regional, razón por la que no tardaron en aprovechar una oportunidad histórica para sumarse a la Unión Europea y la OTAN. A juicio de algunos observadores, el que los rusos hayan compartido la conmoción que sienten los polacos por la muerte de tantos dirigentes servirá para mejorar la relación entre los dos pueblos, mientras que la desaparición del presidente Kaczynski, un conservador católico considerado euroescéptico, suavizará la relación con socios de la UE cuyos gobernantes discrepaban con sus opiniones. Es posible que ello ocurra, aunque en vista de que ya se daba por descontado que Kaczynski no sería reelegido lo más probable es que, a pesar de la confusión actualmente imperante, sea escaso el impacto del desastre aéreo en la evolución política y social de Polonia. Por excéntricas conforme a las pautas actuales que fueran ciertas actitudes de Kaczynski y de su gemelo, el que también ha desempeñado un papel destacado en la política polaca, fue en buena medida gracias a la sobriedad de ellos y de otros que murieron en la madrugada del sábado que Polonia resultó ser el único país de la Unión Europea cuya economía creció en el 2009. Así, pues, dejaron como legado a quienes los reemplazarán un orden político y económico que está en condiciones de recuperarse pronto de un golpe que sacudiría a cualquier país y que, de tratarse de uno más débil que Polonia, tendría secuelas catastróficas.
Según Lech Walesa, el ex presidente polaco y líder del movimiento Solidaridad que tanto contribuyó a la caída del Imperio Soviético, en el accidente aéreo que ocurrió el sábado pasado en la ciudad rusa de Smolensk “murió la elite de nuestro país”. En opinión del primer ministro polaco, Donald Tusk, se trató del “acontecimiento más trágico de la posguerra en Polonia”. Aunque tales reacciones fueron comprensibles al difundirse la noticia de que acababan de perecer el presidente Lech Kaczynski, su esposa y 95 personas más, entre ellas docenas de legisladores y funcionarios jerárquicos, además de los jefes de las fuerzas armadas y el muy respetado gobernador del Banco Central, Walesa y Tusk exageraron. A pesar de la multitud de problemas dejados por décadas de tiranía comunista y otros planteados por la necesidad de adaptarse a un mundo cambiante, Polonia se ha transformado en un país moderno y por lo tanto posee una “elite” que por cierto no se limita a los integrantes del gobierno y quienes ocupan puestos oficiales encumbrados. Si bien para sus familiares y amigos los fallecidos sí eran irreemplazables, las sociedades democráticas son capaces de absorber con naturalidad golpes que en otras más rígidas podrían tener consecuencias traumáticas. Asimismo, en todos los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial hasta que por fin logró independizarse, Polonia sufrió pérdidas que fueron mucho mayores que las provocadas por el accidente aéreo. La consternación que, como es lógico, desató la muerte de tantos personajes eminentes, se vio intensificada por tratarse de miembros de una nutrida comitiva oficial que iba a tomar parte en actos organizados para conmemorar la matanza en 1940, en la localidad de Katyn, de más de 20.000 militares e intelectuales polacos que fue ordenada por el dictador comunista de la Unión Soviética Joseph Stalin. No fue una “tragedia”, como tantos dicen ahora con el propósito de minimizar la responsabilidad del régimen comunista, sino un crimen de lesa humanidad atroz perpetrado, como muchos otros, a fin de eliminar una proporción sustancial de la elite de un país destinado a ser avasallado. Hasta vísperas de su caída definitiva, la dictadura soviética trató de imputar el genocidio a los nazis, pero no convenció a nadie salvo los resueltos a creer que representaba una alternativa “progresista”. Con todo, en los últimos años las autoridades rusas han reconocido la culpa de Stalin y los asesinos que estaban a su servicio, de ahí la voluntad de los gobernantes rusos de rendir homenaje, junto con los líderes polacos, a las víctimas de un episodio terrible de la historia de un país que fue condenado por la geografía a ser desmembrado una y otra vez por vecinos poderosos y agresivos. Puede que los polacos ya no tengan nada que temer de Alemania, pero siguen mirando con recelo los intentos de Rusia de recuperar su papel de gran potencia regional, razón por la que no tardaron en aprovechar una oportunidad histórica para sumarse a la Unión Europea y la OTAN. A juicio de algunos observadores, el que los rusos hayan compartido la conmoción que sienten los polacos por la muerte de tantos dirigentes servirá para mejorar la relación entre los dos pueblos, mientras que la desaparición del presidente Kaczynski, un conservador católico considerado euroescéptico, suavizará la relación con socios de la UE cuyos gobernantes discrepaban con sus opiniones. Es posible que ello ocurra, aunque en vista de que ya se daba por descontado que Kaczynski no sería reelegido lo más probable es que, a pesar de la confusión actualmente imperante, sea escaso el impacto del desastre aéreo en la evolución política y social de Polonia. Por excéntricas conforme a las pautas actuales que fueran ciertas actitudes de Kaczynski y de su gemelo, el que también ha desempeñado un papel destacado en la política polaca, fue en buena medida gracias a la sobriedad de ellos y de otros que murieron en la madrugada del sábado que Polonia resultó ser el único país de la Unión Europea cuya economía creció en el 2009. Así, pues, dejaron como legado a quienes los reemplazarán un orden político y económico que está en condiciones de recuperarse pronto de un golpe que sacudiría a cualquier país y que, de tratarse de uno más débil que Polonia, tendría secuelas catastróficas.
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