Por otra vergüenza menos

Juan Chaneton*

* Abogado, periodista, escritor

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La excelente opinión que parecemos tener de nosotros mismos está basada en un error: no somos tan buenos, tampoco tan malos, pero tratemos, siempre, de ser justos.


Con la inocultable satisfacción de quien se sabe progresista sin mácula, María Beatriz Gentile -como Walt Whitman- se celebra a sí misma y al colectivo institucional que gira en mi provincia bajo el rótulo de Universidad Nacional del Comahue (UNC).

Y me ha parecido legítimo y justo denunciar -como bien lo hace la nombrada- que dos colaboracionistas del terrorismo de Estado como José Luis Palazzo y Jorge Edmundo Barbará han sido postulados a profesores eméritos por el consejo directivo de la Universidad Nacional de Córdoba. También lo es celebrar a esas madres valientes que ya dejaron en la provincia de Neuquén una impronta moral y política que es ejemplo presente y futuro. La incandescente politicidad de su denuncia exorbitó al espacio público, informó al mundo, conmovió las conciencias y detuvo la masacre a un tris del punto más allá del cual habrían muerto hasta las palabras.

Me sumo al festejo de Gentile, entonces, pues hay festejos que no requieren invitación. Córdoba -contradictoria según la decana de Humanidades de la UNCo- inscribe en su historia tanto páginas honorables como fraudulencias inadmisibles. Neuquén, en cambio, la que resplandece en la virtud, no conoce quebrantos de tal guisa y su ethos identitario solo exhibe coherente vocación por la memoria, la justicia y la verdad. Aquella, que educó a Alberdi y proclamó al continente la Reforma, también alberga, en sus ocultos reservorios, a un Carl Schmitt del subdesarrollo (Palazzo) que supo dar base “doctrinaria” al general Menéndez.

Ésta, en cambio, ha doctorado honoris causa y summa cum laude a tres ínclitas cuyas calles -digo yo- aún sin nombre esperan sus nombres: Noemí Labrune, Inés Ragni, Lolín Rigoni. Todavía recuerdo la escena: Inés y Lolín, en primera fila del aula magna Salvador Allende, acompañándome cuando denuncié, el 23 de abril de 1993, que en Zainuco el comisario Staub, en 1916, había cometido un crimen abominable.

Sin embargo, la Universidad del Comahue, que se debe a su sociedad, a la sociedad de la cual forma parte, a la sociedad que la sostiene (en la acepción constitucional de este vocablo), convive -sin memoria y sin verdad y enervando la justicia- con la efigie infame de un fusilador de presos rendidos que ofende la conciencia cívica y humanitaria de los habitantes de Neuquén y en cuya espectralidad borrosa la propia subsecretaria de Derechos Humanos de la Provincia reconoció, en 2016, la existencia de un problema político y moral que clama por su solución.

Y así, no es solo Córdoba la contradictoria. Una trayectoria como la que ostenta y de la cual puede legítimamente enorgullecerse la Universidad del Comahue no debería obnubilarnos el magín como para no reparar en el hecho de que el propio régimen que -dichosamente- fundó nuestra universidad es el mismo que perpetra, todos los días, el delito continuado de desaparición forzada de la democracia en la medida en que es ese mismo régimen el que financia a la oposición, le provee “candidatos” allí donde esta no los tiene y garantiza prebendas insólitas a un Poder Judicial que, en su cúpula empalagosamente llamada “el superior”, absolvió a la “clase política” que había vaciado nada menos que el banco de la provincia.

Y entonces, la escatológica presencia de Staub como “nombre” de la agencia en que se forman los policías de la provincia no debería ser objeto de desdén, de interesado olvido o de conveniente distracción por parte de una universidad que, como la del Comahue en la pluma de su decana de Humanidades, sabe preocuparse por las contradicciones de los colegas, en el caso, de la Universidad de Córdoba, al tiempo que no repara en olvidos propios y perjudiciales para la credibilidad del programa humanitario que sin dudas se defiende.

Nada de lo que, en el punto, acontece en Córdoba y Neuquén es diferente en lo esencial aunque lo sea en sus formas de manifestarse o aunque los ámbitos de ocurrencia sean el claustro, en el caso de Córdoba, y la sociedad civil (y el Estado) en el caso de Neuquén. En ambos casos está en entredicho la moral social y no hay que callar: allá porque el terrorismo de Estado no es una visión del mundo, acá porque del terrorismo que practicó Staub en su momento histórico algo habrá que decirles a los estudiantes de Humanidades de la Universidad del Comahue. Ni la conveniencia ni el interés legitiman ciertos silencios. Y ya que estamos, y a propósito del miedo, si este fuera el caso: el que lo tenga, que se busque otro laburo.

El 6/7/2016 hubo una oportunidad de oro para la UNCo: en esa fecha la subsecretaria de Derechos Humanos de la Provincia, Alicia Comelli, se jugó a fondo y suscribió un proyecto de declaración que remitió a la legislatura. Pedía allí un pronunciamiento en favor de una cruz y un letrero en la fosa común de los asesinados por Adalbeto Staub. Era de oro la oportunidad para la UNCo pues esa coyuntura lucía más que propicia para empezar a planificar acciones comunes con la subsecretaría en pos de justos y honrosos objetivos. Se perdió.

Pero todavía estamos a tiempo. No hay que olvidar que si aquellos colegas cordobeses exhiben inadmisible ofuscación al silenciar el pasado de dos negacionistas, similar desatino es no denunciar nunca que el nombre de un criminal, precursor en la violación de los derechos humanos, infama el frontis de la Escuela de Policía de Neuquén.

La UNCo no puede y no debe seguir conviviendo con esa afrenta. Sepamos que la excelente opinión que parecemos tener de nosotros mismos está basada en un error: no somos tan buenos, tampoco tan malos, pero tratemos, siempre, de ser justos. El miedo tampoco es una visión del mundo. Vayamos por otra vergüenza menos para los neuquinos.

* Abogado, periodista, escritor


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