Proteccionismo local
Puesto que los populistas dan por descontado que debería hacer lo que la mayoría parece estar pidiendo sin preocuparse por las consecuencias a mediano y largo plazo, era de prever que el gobernador bonaerense Carlos Ruckauf reaccionaría contra el traslado de algunas empresas al Brasil con una mezcla de amenazas e incentivos. Ni lerdos ni perezosos, los lobbistas locales están aprovechando la oportunidad para reclamar que los gobernadores argentinos se pongan a emular a sus homólogos de los estados brasileños más atrasados, pasando por alto el hecho de que los beneficios globales de los planes proteccionistas son dudosos, mientras que los costos siempre son elevados. Con todo, la idea de que el gobierno debería «hacer algo» a fin de frenar la «fuga» de empresas hacia el Brasil ya ha prendido entre la población, y Ruckauf quiere brindar la impresión de ser un mandatario muy vigoroso que está dispuesto a tomar medidas «activas».
Así, pues, por un lado ha anunciado que quienes se vayan quedarán inhabilitados por veinte años para vender productos o servicios al Estado de su provincia, y por el otro está por poner en marcha un programa de «compre bonaerense» según el cual las empresas locales serían favorecidas aun cuando sus precios superaran en el cinco por ciento los de sus rivales, sean éstas extranjeras o asentadas en otras partes del país. En otras palabras, los contribuyentes bonaerenses tendrán que pagar más por bienes y servicios de calidad inferior a fin de ayudar a que Ruckauf se granjee la imagen de un estadista que a diferencia de los cosmopolitas del gobierno nacional sabe defender lo nuestro contra la rapacidad ajena. Felizmente para el gobernador, habrá de transcurrir varios años antes de que los bonaerenses sientan los efectos negativos de su voluntad de dar una mano a los empresarios «leales»: como quiera que no es su intención ser el candidato justicialista a la presidencia de la República en el 2003, lo que suceda después no le parece del todo importante.
¿Permitirán aquellas empresas que están en condiciones de trasladarse a otro país -o a otra provincia -, que las medidas de Ruckauf incidan en sus estrategias? No es demasiado probable. Por el contrario, al tomar conciencia de que el gobierno de Buenos Aires está resuelto a castigarlas a menos que le obedezcan, algunas bien podrían decidir que les convendría alejarse del peligro así planteado cuanto antes. Al fin y al cabo, no sería de su interés quedar atrapadas en una jurisdicción gobernada por un personaje al parecer comprometido con las recetas de hace veinte o treinta años que, para colmo, podrían modificar las reglas del juego de un día para otro. Asimismo, los inversores que hasta ahora han incluido a la provincia de Buenos Aires en su lista de destinos posibles no vacilarán en eliminarla porque, por razones que cualquiera puede entender, antes de entrar en un lugar quieren asegurarse de que no les será excesivamente difícil salir. En efecto, su actitud se asemeja a la de un empleador en potencia hacia una persona que busca trabajo: no la contratará si el acuerdo conlleva la obligación de mantenerla durante años aunque sus servicios le resulten inútiles.
El proteccionismo suele ofrecer ventajas inmediatas, lo cual lo hace irresistible para cierto tipo de político, pero, como el país ha aprendido, equivale a una trampa a la que sustraerse no es nada fácil. La condición lamentable de la economía nacional se debe en buena medida a que una sucesión de gobiernos obligó a la sociedad en su conjunto a subsidiar a empresarios que no tardaron en perder interés en mejorar su desempeño. Desde el punto de vista de los menos eficaces, los cuales suelen llevar la voz cantante en las agrupaciones sectoriales, hacerse más competitivos resultaría contraproducente, porque podría costarles sus privilegios. Huelga decir que es intrínsecamente perverso un esquema según el cual para muchos empresarios puede ser provechoso mostrarse incapaces de producir bienes o servicios de calidad y precio comparables con los disponibles en el resto del mundo, pero se trata de un detalle que claramente no impresiona en absoluto al ambicioso gobernador bonaerense.
Puesto que los populistas dan por descontado que debería hacer lo que la mayoría parece estar pidiendo sin preocuparse por las consecuencias a mediano y largo plazo, era de prever que el gobernador bonaerense Carlos Ruckauf reaccionaría contra el traslado de algunas empresas al Brasil con una mezcla de amenazas e incentivos. Ni lerdos ni perezosos, los lobbistas locales están aprovechando la oportunidad para reclamar que los gobernadores argentinos se pongan a emular a sus homólogos de los estados brasileños más atrasados, pasando por alto el hecho de que los beneficios globales de los planes proteccionistas son dudosos, mientras que los costos siempre son elevados. Con todo, la idea de que el gobierno debería "hacer algo" a fin de frenar la "fuga" de empresas hacia el Brasil ya ha prendido entre la población, y Ruckauf quiere brindar la impresión de ser un mandatario muy vigoroso que está dispuesto a tomar medidas "activas".
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