Puerto Rico en el laberinto

Redacción

Por Redacción

Eduardo Tempone (*)

La “isla del encanto”, con sus playas de arena blanca bañadas por aguas cristalinas y una exuberante geografía llena de bosques tropicales, pareciera estar más cerca del infierno que del edén. Al borde de una crisis humanitaria, como acaba de advertir el Departamento del Tesoro al Congreso de Estados Unidos. Los puertorriqueños han comenzado a abandonar la isla en busca de nuevos horizontes, protagonizando el mayor éxodo desde la Segunda Guerra Mundial. La migración hacia el continente se ha acelerado a niveles alarmantes y compite con los históricos récords de los años 50, cuando los puertorriqueños se convirtieron en una suerte de “pesadilla latina” en Nueva York. La época que reflejó el musical “West Side Story” (“Amor sin barreras”) en 1961. El resultado de diez años de estancamiento y recesión, agravada por una crisis fiscal de magnitud, provoca hoy este fenómeno. El desempleo duplica el promedio nacional y el 45% de la población vive bajo el nivel de la pobreza. El ingreso per cápita alcanza al 60% del que registra el estado más pobre de los Estados Unidos: Mississippi. Pero, sobre todo, el futuro no parece muy alentador. Los boricuas se han lanzado, en procura de un mejor porvenir, hacia cualquier rincón del continente para mantener viva la esperanza de una vida mejor. Pero los que llegan tienen otra inserción social: hablan inglés, son profesionales y cuentan con una formación competitiva. Entre los años 1980 y 2000, el promedio anual de migración de puertorriqueños fue de 12.000 personas. Del 2010 al 2013 –cuando la economía empezó a estancarse– esa cifra saltó hasta 48.000. En el 2014, según el Pew Research Center, alcanzó a 80.000 personas. Esa tendencia podría incrementarse aún más si no hay respuesta inmediata a la crisis económica. El gobierno de la isla, en los últimos años, ha amasado una deuda pública de casi 73.000 millones de dólares que, sumada a los costos de sus sistemas de retiro y salud, se convierte en una astronómica cantidad de 167.000 millones de dólares. Esa suma representa cinco veces el presupuesto consolidado por el gobierno y casi el doble del producto bruto interno (PBI). Según el nivel de actividad económica, las matemáticas indican que la deuda es impagable y hace imposible revertir el ciclo recesión-contracción. Una suerte de “espiral de la muerte”, como la denominó el gobernador de Puerto Rico, Alejandro Díaz Padilla. Algunos han trazado similitudes con el “default” de Grecia o con la quiebra que enfrentó Detroit hace dos años. Pero la situación de Puerto Rico es peor. Al no tratarse de un país independiente, sino asociado a los Estados Unidos, no puede acudir a los organismos multilaterales de crédito ni recibir las ayudas directas del Fondo Monetario Internacional. El descenso a estos infiernos comenzó, en cierta medida, cuando la isla fue retirada de la lista de territorios coloniales de la Organización de las Naciones Unidas y se aprobó la constitución del Estado Libre Asociado de Puerto Rico, en 1952. Un estatus semiautónomo, bajo la autoridad plenaria del Congreso de los Estados Unidos. Ese experimento la ubicó en un laberinto. Su carácter de territorio no incorporado lo hace distinto a cualquiera de los cincuenta estados federados de la Unión. Le impide, por ejemplo, seguir el procedimiento de la ley Federal de Quiebras (Capítulo 9), al que recurrieron otras ciudades estadounidenses en situaciones similares, como Detroit en el 2013. Esa posibilidad requiere que el Congreso de los Estados Unidos, en el que la isla no tiene representación –salvo un delegado con voz pero sin voto–, apruebe una reforma legislativa difícil de lograr. Una de las alternativas sería convencer a los acreedores sobre un plan de reestructuración. Pero enfrenta la resistencia de fondos especulativos (buitres) que han adquirido bonos puertorriqueños en los últimos años. Otra, plantearse medidas de más calado como la igualdad de trato, ya sea como un estado soberano o como un estado federado más. Esta última opción es la que suma más adhesiones en la isla. Pero aún ni los Estados Unidos ni Puerto Rico han encontrado la salida a este laberinto. Y los boricuas, mientras tanto, buscan refugio en el continente. (*) Abogado y diplomático


Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora