“¿Qué jueces necesita la Justicia neuquina?”
La reciente nominación por parte del Poder Ejecutivo provincial de la Dra. Soledad Gennari como vocal del Tribunal Superior de Justicia me ha motivado a escribir algunas líneas en orden al perfil de juez que, en mi criterio, la Justicia neuquina requiere. Sería fácil a primera vista pretender magistrados con dotes morales intachables, eruditos del derecho, independientes, razonables, con sensibilidad social y cuanto otro atributo se pueda pensar para quien imparte justicia. He de reconocer que un perfil semejante resulta tentador de exigir, pero ocurre que los jueces no surgen del Olimpo de los dioses sino del entramado social al que pertenecemos. Y el problema fundamental de tener aspiraciones tan elevadas no es tanto el choque con la realidad, sino que ese universo de requisitos sirve la mayoría de las veces para justificar –discusiones palaciegas mediante– la incorporación o no de nombres propios, en vez del perfil de juez que la sociedad necesita para su administración de justicia. ¿Y qué justicia necesita la sociedad? Para dar una respuesta útil –aunque no por ello unívoca– es propicio evitar la hipocresía y con ello la visión corporativa del tema. El ciudadano común lo que busca es una Justicia que resuelva y que lo haga en tiempos razonables; y para que ello ocurra es necesario jueces comprometidos con su cargo y sobre todo prestos al trabajo. Lo primero, desde mi óptica implica hacer carne en los hechos el poder que la comunidad les asigna para dirimir los conflictos. Los jueces detentan un poder, y como todo poder estatal debe ser ejercido. Y debe ser ejercido con independencia y sentido común (o razonabilidad en términos técnico-jurídicos). Podría preguntarse el lector qué papel ocupa el conocimiento jurídico en todo esto. Ciertamente uno muy importante, pero la erudición sin independencia de criterio y sentido común no alcanza para ser juez. En la actualidad el mercado del conocimiento permite a casi cualquiera –con tiempo y, sobre todo, recursos económicos disponibles– acceder a la actualización, perfeccionamiento y especialización que desee obtener; pero la independencia y el sentido común, en cambio, no se aprenden: se tienen o no –o si se aprenden, se emprenden en ámbitos no académicos–. Y sin ellos la Justicia tiende a convertirse en una burocracia ilustrada, más proclive a la autorreferencia y egolatría que a brindar el servicio público que les asigna la comunidad. Sin embargo solo con compromiso no se presta el servicio de justicia. Ser juez es un trabajo que como tal exige tiempo y dedicación. Y aquí no hay lirismo que valga. Aunque pese, trabajar supone respetar un horario, ser expeditivo, cumplir objetivos tangibles, asumir responsabilidades, ser eficaz y eficiente, etc. No implica actos de arrojo, pero tampoco la creencia de que se “es juez” y no que “se trabaja de juez”. Con todo lo anterior lo que pretendo poner de resalto es que, más allá de cualquier discusión coyuntural, lo que corresponde pensar colectivamente antes de hablar de nombres propios y/o reformas procesales innovadoras es cuál es el perfil de juez que la sociedad requiere: si uno engarzado en una burocracia cuyo único fin es justificarse a sí misma o, en cambio, uno dedicado a resolver las disputas de una sociedad altamente conflictiva como la nuestra. Pero que quede claro: no discutir el punto y divagar en cambio en lo coyuntural implica una clara definición de qué tipo de Justicia algunos desean para nuestra provincia. Recuérdese por fin que peor que una Justicia cooptada es una Justicia autocooptada. Martín Javier Antonowicz DNI 29.159.269 Neuquén
Martín Javier Antonowicz DNI 29.159.269 Neuquén