Rebrote farsesco
Parecería que aquí, lo mismo que en latitudes más desarrolladas, la idea del guerrillero vestido con el uniforme popularizado por los seguidores de Fidel Castro ya tiene más que ver con la ficción que con la realidad. Mientras que en otras partes de América Latina grupos así ataviados siguen como si todavía estuviéramos en los años setenta, en nuestro país la irrupción mediática de un autoproclamado «Comando Sabino Navarro» que supuestamente se preparaba en «los montes entrerrianos» fue recibida con incredulidad que pronto resultaría justificada al revelarse que sólo se trataba de una farsa montada por una banda de extorsionistas deseosos de conseguir más dinero de los fondos del Plan Trabajar. La noticia de que los presuntos guerrilleros no eran tales sino personas claramente incapaces de plantear amenazas a ningún gobierno no ocasionó sorpresa: algunos despistados aparte, todos entienden que no hay lugar para la «lucha armada» en la Argentina actual.
Pues bien: dadas las circunstancias, el que éste sea el caso sí debería ser motivo de extrañeza porque, según los textos en los cuales se inspiraban los guerrilleros de verdad, las condiciones están más que adecuadas para el regreso del terrorismo de «ultraizquierda». En muchas zonas del país, el grueso de la población está hundido en la pobreza más extrema y ya no tiene razones para creer que su situación mejorará. Tal vez las tendría si viviera en una sociedad acostumbrada, como es la estadounidense, a apostar al esfuerzo de cada uno, pero en la Argentina tanto los políticos como los clérigos y la mayoría de los intelectuales todavía están convencidos de que «la solución», si es que habrá una, tendrá forzosamente que proceder de la actuación de los gobernantes. Así las cosas, el chantaje terrorista destinado a obligar a las autoridades a tomar medidas no carecería de cierta lógica.
Con todo, si bien el «cambio de mentalidad» que comenzó a producirse en el país antes de la caída de la dictadura militar más reciente y que ha cobrado fuerza a partir de 1989 al desmoronarse no sólo el «socialismo real» sino también el corporatismo latinoamericano dista de ser completo, ya ha progresado lo bastante como para eliminar la guerrilla «marxista» de la lista de opciones aceptables, aunque sólo fuera para una minoría combativa. Que ello haya ocurrido no es consecuencia de la brutalidad de la represión militar sino de la conciencia generalizada de que ninguna «revolución» tendría la menor posibilidad de prosperar y que por lo tanto la violencia política no serviría para nada. El ministro del Interior, Federico Storani, no se equivocaba cuando señalaba que el «Comando Sabino Navarro» entrerriano no podría tomarse en serio porque no tenía nada digno de calificarse de una «ideología». Para colmo, nadie parece tener mucho interés en intentar confeccionar una que sería capaz de dar un sentido a reacciones violentas contra un orden socioeconómico cuyas deficiencias son dolorosamente evidentes.
El reconocimiento de que el terrorismo de «izquierda» es contraproducente porque, además de brindar a extremistas de otro signo un pretexto irresistible para cometer crímenes de lesa humanidad, no podrá contribuir a atenuar las injusticias que -según sus voceros- se propone remediar, constituye un avance político muy importante. Sin embargo, aunque por ahora la miseria no parece plantear un peligro a la estabilidad del sistema democrático, esto no quiere decir que los «dirigentes» puedan darse el lujo de pasarla por alto, sólo que, descartadas las alternativas más fantasiosas de los ideólogos, les convendría pensar en medidas encaminadas a permitir que más habitantes del país logren aprovechar las oportunidades creadas por el esquema económico que sin duda mantendrá su vigencia durante por lo menos las próximas décadas. Puede que no esté en juego el futuro de la democracia, pero lo está el futuro del país que, de profundizarse las tendencias actuales, no tardará en petrificarse como lo que los brasileños tildaron de «Belindia», o sea, un pequeño enclave tan rico como Bélgica rodeado por un océano de pobreza similar a la existente en la India.
Parecería que aquí, lo mismo que en latitudes más desarrolladas, la idea del guerrillero vestido con el uniforme popularizado por los seguidores de Fidel Castro ya tiene más que ver con la ficción que con la realidad. Mientras que en otras partes de América Latina grupos así ataviados siguen como si todavía estuviéramos en los años setenta, en nuestro país la irrupción mediática de un autoproclamado "Comando Sabino Navarro" que supuestamente se preparaba en "los montes entrerrianos" fue recibida con incredulidad que pronto resultaría justificada al revelarse que sólo se trataba de una farsa montada por una banda de extorsionistas deseosos de conseguir más dinero de los fondos del Plan Trabajar. La noticia de que los presuntos guerrilleros no eran tales sino personas claramente incapaces de plantear amenazas a ningún gobierno no ocasionó sorpresa: algunos despistados aparte, todos entienden que no hay lugar para la "lucha armada" en la Argentina actual.
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora