Relatos en Corcovado del viejo Torres

Por Redacción

«En tierras de Andalucía/mirando hacia el mar/En puerto de Almería/donde me iba a embarcar». Es parte de un largo poema con el que Juan Antonio Torres, en Corcovado, a los 84 años, describió su poética partida de España hacia América cuando tenía apenas 16 años de edad. Pero ya octogenario, sin idea o necesidad de trascender como poeta, se largó a trazar una pequeña autobiografía que sirviera de propio homenaje hacia a los suyos y a su estirpe no negociable.

Torres nunca fue a la escuela pero aprendió a escribir como autodidacto. Lo hizo en 1983 a manera de prefacio en verso que encabezó un cuaderno de espiral de 96 páginas donde inmediatamente registró parte de sus memorias de vida, una peripecia que inició en 1914 (cuando se embarcó en Almería). Fue el año que su familia eligió parar viajar a América, dejando atrás la tierra que vio nacer a Juan Antonio, el 13 de noviembre de 1898, pero también una Europa convulsionada, casi en llamas.

El grupo familiar -que incluía a sus hermanos- se instaló primero en una granja de Brasil donde se cultivaba café. Juan Antonio no sorprendía por sus rosados pómulos y mucho menos por su escasa estatura –1 metros 67-, sino por su eficacia para el trabajo y su coraje a toda prueba.

De aquella tierra caliente, pasó al Chubut en el último día de Diciembre de 1915, que pesar de la época, le pareció una jornada de mucho frío comparada con las tierras calientes de la colonia agrícola que acababan de dejar en Brasil. Se instalaron en Corcovado «que era una tierra de malevos aunque también había gente buena». Aunque entonces, las peores disputas por la tierra ya habían pasado. Seguro, vendría otras.

El joven Juan Antonio Torres, entonces, agregó a su afilado cuchillo –que siempre «debía cortar un pelo en el aire»-, el auxilio de armas de fuego.

Su relato, pacientemente manuscrito cuando era octogenario, pero todavía capaz de disparar a 50 metros y hacer volar una botella por los aires, demuestra en sus páginas que Corcovado era una tierra feraz.

En 1918 los Torres consiguieron poblar el lote número 100 para dedicarse a la agricultura y cría de ganado. Juan Antonio plantó allí con su padre un campamento pero pronto fue desalojado y aprendió que, diferente a lo que sucede en otras latitudes del planeta, la policía lugareña ya prevaricaba en sus funciones. Mas que andaluces, los Torres parecían vascos: empecinados con poblar el lote 100 de Corcovado, volvieron al lugar con elementos como para levantar un rancho y paralelamente a que un vasco legítimo –Antonio Errea- los denunciara por ocupación ilegítima.

Una tarde, cuando el joven Juan Antonio volvía al campamento de su padre, entre el ramaje «vi a dos milicos de a caballo y otro que daba puñetazos a mi padre con una mano y en la otra empuñaba un revólver». Se trataba del oficial Horacio Monhann, un argentino de origen alemán. Al ver el flagelo «que recibía mi padre lo ataqué con un cuchillo. Cuando el oficial se encontró frente a la punta del cuchillo dio un salto atrás», pero la trifulca terminó con el apresamiento de los Torres –padre e hijo- y un resentimiento así gestado para el resto de la vida.

El oficial de origen alemán tenía su pequeño rancho de torturas –se valía de los puños- para que se cediera a los reclamos de supuestas multas que guardaba en un maletín.

Los testimonios involucrados en el manuscrito de Juan Antonio Torres –que hizo remitir a quien esto escribe en 1985- son una nutrida narración de los atropellos policiales contra los pobladores, los abusos contra las personas y los bienes.

En esos testimonios figura una fuga en escape con otros vecinos que no querían recibir el escarmiento que la partida policial imponía a su antojo y los había apresado con cadenas y abandonado en un campamento. La fuga terminó en un rancho donde entre otros encontraron al temible Pío Quinto Vargas. Para entonces, Vargas, el feraz de esos valles y cordilleras, ya había concluido su apresamiento carcelario en Rawson, porque entre las disposiciones generosas que se propiciaron entre los festejos del Centenario, Vargas fue beneficiado con el indulto, según se aprecia en una lista de altas y bajas de la cárcel de Rawson de 1910. También al año siguiente de ese indulto se lo creyó –equivocadamente- autor del secuestro de Lucio Ramos Otero. Pero ahora corría el año 1919 y los que en el rancho con Vargas dieron acogida a Juan Antonio Torres y sus compañeros en fuga de un apresamiento del oficial Horacio Monhann, salieron en conjunto a enfrentar a ese oficial de origen alemán y al vasco Errea y los suyos. Fue una pequeña batalla. Pío Quinto Vargas disparó su Winchester 44 y el oficial Monhann cayó herido, se despanzurró su maletín con dinero mal habido en coimas y el tropiezo lo lamentó a viva voz para que escuchara el vasco Errea, quien abandonó el caballo y su Winchester y se supo que muy urgido caminó 25 kilómetros en dirección a la estancia de Lucio Ramos Otero.

Amigos ocasionales

La trifulca en parte se calmó con la llegada de la policía de Tecka que detuvo al oficial. Así se supo que el Monhann era de la policía de Esquel, que también llegó al lugar al mando del famoso galés Milton Roberts. Las peripecias de la balacera terminó recién en Rawson, todos presos pero liberados 10 días después de las declaraciones en la que nadie se atrevió a denunciar a Pío Quinto Vargas como autor del disparo que hirió al oficial. Las memorias de Torres también se explayan sobre la muerte de los dos peones de Ramos Otero por Vargas. Cuenta que el ganado se le hizo montaraz y Vargas no cambió en sus costumbres. Dos años después «le pegó un balazo a Cándido Lastra y le dieron 3 años de cárcel», aunque la víctima salvó la vida arrastrándose hasta su rancho desde donde un compañero lo llevó al poblado y le extrajeron la bala.

Torres afirma que los Vargas eran cuatro hermanos. Que cuando en 1922 descubrieron el cadáver de Antonín Vargas –también tan malevo como rico en ganados- nadie sospechó de Pío Quinto, que fue el verdadero asesino –según Isidora Garrido- y que ya para entonces jugaba a las cartas en un hotelito de Tecka. También Pío Quinto echó de su campo a Rosario Díaz luego de violarle a su esposa y golpearlo con el cabresto del bozal del caballo. También hizo lo mismo con Bautista Arratía, chileno y con el propio Juan Antonio Torres. En el encuentro con Torres, Vargas apareció con un gran palo, un gran cuchillo y una pistola de cabo de plata, pero Torres lo enfrentó y lo doblegó.

Este testimonio manuscrito, imposible de sintetizar en estas páginas, constituyen en más valioso testimonio –fuera de los judiciales- de la vida de Pío Quinto. «El 24 de junio de 1924 me encontré con él por última vez». Iba con Winchester 44. Dos días después se enfermó y seis más murió. Es decir que Pío Quinto Vargas murió el 2 de julio de 1924.

fnjuarez@interlink.com.ar

Curiosidades

* El 18 de agosto de 1922 salió para Buenos Aires una comisión de vecinos a entrevistar al ministro del Interior con un petitorio suscrito por innumerables vecinos de Viedma. El requerimiento capitalino pretendía derogar el decreto del gobernador Molina que se intervenía la municipalidad de Viedma con el pretexto de que estar acéfala. Designó comisionado municipal al apropio secretario de la gobernación Orfili J. Campana. El decreto era reclamado como violatorio del decreto ministerial del 2 de marzo del año «en curso» (1922). Simultáneamente un grupo de vecinos alentaba la candidatura de Daniel Velez para gobernador del territorio.

* Asegurarse el gobernador propio constituyó –en esta semana de 1922- el sueño de diferentes grupos sociales y políticos de Río Negro. Desde General Roca un núcleo de vecinos telegrafió al presidente de la República para sugerir como gobernador del territorio al antiguo y prestigioso poblador Alfredo Viterbori.

* Al mismo tiempo desde Viedma 1500 firmas avalaron un telegrama al ministerio del Interior con el petitorio de que se nombre gobernador al ingeniero José María Diego Contín.

* Simultáneamente –en el crudo invierno de 1922- Neuquén no era menos que Río Negro: se proponía para gobernador a figuras como el escribano de la ciudad de Neuquén Alberto C. Eguren; el ingeniero residente en Vista Alegre Ernesto Gramondo, otro ingeniero de Las Lajas, Juan Ignacio, el hacendado de Aluminé, Félix San Martín y el ganadero de Ñorquín, Lucrecio Gómez.

* En esta misma semana de 1922 –exactamente el domingo 19- llegó a Viedma para reponerse de una larga enfermedad, el inspector de las misiones salesianas padre Luis J. Pedemonte, acompañado por el subinspector padre Luis Canedo. Desde Cipolletti informaban hallarse en construcción una red de canales bajo la dirección del ingeniero Federico Rence.

* Se anunció desde Zapala –el 19 de agosto de 1922- que una comisión de vecinos continuaba el propósito de conseguir se traslade la capital del territorio a Zapala. La comisión viajará a los departamentos norteños del territorio para promocionar su propuesta.

Dos días después del anuncio en Zapala, La Prensa informó desde Viedma que el ferrocarril al lago está librado al público hasta el Km. 448 pero la vía llega hasta Pilcaniyen y Km. 5507 (aunque faltaban dos puentes de hierro). Se creía que para marzo de 1923 el FC llegaría al lago (iba a tardar 11 años más). Los constructores se alegraban porque la locomotora ya había superado el Cañadón de la Viuda, el tramo más difícil del trazado.