Resonancias

Redacción

Por Redacción

MARÍA EMILIA SALTO bebasalto@hotmail.com

Desde hace un tiempo, mi cintura, más precisamente la zona lumbar, está haciendo agua. Es un decir; cuando el dolor y otras sensaciones hartamente displacenteras pasan a primer plano de actividades, conversaciones… Entonces, me prescriben una resonancia magnética. Estos aparatos tienen la característica de hacer descaradamente evidente que la tecnología médica nos pone de rodillas. Y más precisamente, el estudio del que le hablo suma a ese alarde de poder tecnológico su inquietante forma de tubo. Esto es porque pone a prueba mi módicamente dominada claustrofobia. Pero había que hacerlo, y en vez de ser un trámite más para el diagnóstico, que es lo importante, se convirtió en “lo” importante. Vaya a saber por qué, quizás porque llevo algunos años tratando de liberarme de mochilas como ésta, por ejemplo, la del encierro, de tratar de entender que la mayoría de nuestras percepciones están en nuestra mente, algo hizo clic. Para empezar, dejé de llamar “tubo” a ese adminículo en el que te meten y empiezan ruidos extrañísimos; de conjurar semejanzas ominosas como “tumba”, y de alguna manera, tomé el control de la situación. Era un estudio, rodeada de gente, y listo. ¿Funcionó? Funcionó. Claro que no fue sólo control mental. No pretendo ponerme crítica con cuanto método de autoayuda anda por ahí. Admito que si una no cambia por dentro frente a cualquier circunstancia traumática, no hay tanque que arrastre. Sí tengo que advertirle: no todo está en nuestra mente, en nuestra voluntad. Si fuera por esas recetas, un clic mental nos haría felices, conseguiríamos lo que soñamos, etcétera… Como en tantos otros casos, hago flamear la consigna: pensar en Y, en integración. De tal forma que si a estas consignas de autoayuda que lideran la venta de libros no se las une con la solidaria ayuda del próximo, del prójimo, una puede caer en un autismo que hasta puede ser agradable… por un tiempo. Pero la vida es con los y las demás, y no hay vueltas, y por eso mismo, hay que pedir ayuda. En este caso de la resonancia, y como no soy la única en tenerle particular fobia, han inventado un aparato abierto a los costados. No es mucho; sí lo suficiente para tener, levemente girada la cabeza, un atisbo del afuera. Mi afuera fue buscado, calculado, y complemento indispensable a la orden cerebral. Lo primero que recibió mi desafío fue una dosis moderada de un sedante, que no hubiera servido de mucho si sentada al lado del engendro tecnológico no hubiera estado mi hermana Margarita, contándome de su reciente viaje a Villa Pehuenia. Hablame, le decía yo apenas encajada en el habitáculo de forma cóncava. Me habló. Me habló de la subida a Batea Mahuida, y de cómo se habían divertido con las amigas -que también son las mías- y sacado cientos de fotos y colocado una piedra en las pequeñas montañas que cada persona que llega ahí aumenta -y no se anima todo el mundo- como si fuera la cima del Aconcagua, y mientras su voz se perdía tras el tronar y zumbar y cloquear del resonador, yo podía ver en un ángulo de luz, a mi derecha, tres hojas enormes de una planta, que se mecían y me hablaban otro lenguaje, uno visual, mientras se restituía el puente sonoro de la voz humana. Así que estuve quieta y viajé, acompasada por las aventuras entre araucarias y lagos, y hojas a contraluz; y el espacio reducido, las resonancias técnicas, tuvieron su contrapunto con las resonancias de los seres vivos, que estaban ahí, sosteniéndome en un puente de cordura. Y eso es todo. Pasa a veces: pequeños triunfos se convierten en más importantes de lo que es importante para el médico. Eso es cosa de él, y lo que vea en mis lumbares es otra historia. También será la mía, y es bueno llegar con la certeza del “se puede”.

en clave de y


MARÍA EMILIA SALTO bebasalto@hotmail.com

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