River y Barcelona: sólo algo como el fútbol lo hace posible
Opiniones
Sergio Danishewsky – @sergiodanish (Especial para “Río Negro”)
Ahora que en la Argentina no se habla de otra cosa que del dólar, y como el periodismo también es servicio, se propone aquí una irresistible apuesta económico-deportiva: converse con sus amigos, arme una vaquita y llévese a Messi, a Suárez y a Neymar, las tres joyas del Barcelona. Necesitará apenas 640 millones de euros. No diga que no le avisamos… La cifra viene bien como excusa para introducirse en el juego de las diferencias y las asimetrías. Y para entender que, a horas de la final del Mundial de Clubes, el duelo entre el Barça y River se propone como un choque tan desigual que sólo el fútbol, mágico y maravilloso, es capaz de equiparar. Un duelo entre un grupo de estrellas planetarias, una selección mundial de jugadores, una orquesta admirada y admirable y un colectivo de buenos futbolistas, algunos muy buenos, que han sabido destacarse en el país y la región y que deberán sacar a relucir más de un aspecto extrafutbolístico para equilibrar la balanza. ¿Que Messi y Neymar están en duda? Lo que en el barrio hubiera bastado para postergar el desafío hasta que nuestros baluartes se curen, aquí ni siquiera alcanza para cambiar de bando el favoritismo… Y ocurre que ahí, en esa posibilidad que entrega el fútbol y que jamás concederían el básquet, el rugby o el tenis, es donde radica el gran atractivo de este choque que tendrá –argentinos como somos– a una parte del país haciendo fuerza por River (sus hinchas genuinos y algunos más) y al resto alimentando el morbo del goce por la derrota ajena, si es posible por paliza. Las proporciones de cada grupo quedan a cargo de fanáticos o de expertos en marketing. Un choque entre la opulencia, la ciencia aplicada al deporte, la penetración de la marca en el mundo, la liga que cambió su nombre para desembarcar con más ímpetu en el mercado asiático y el mejor de América, que por obra de las diferencias parece quedar reducido al mejor de la cuadra. Los 640 millones del comienzo hablan, para que quede claro, de las tres cláusulas de rescisión. Lo que debiera pagar el club que quiera llevarse a cualquiera de las grandes joyas del Barcelona. 250 millones vale la de Lionel Messi, 200 la del uruguayo Luis Suárez y 190 la del brasileño Neymar. Un tridente sudamericano casi obsceno para el fútbol de hoy en día al que el club catalán rodea, para evitar sobresaltos, con cracks como Iniesta, Busquets, Rakitic, Dani Alves, Mascherano y el arquero Bravo. Lo mejor de cada casa. Son nombres que ya pasarán para que lleguen otros (el turco Arda Turan, por ejemplo, está listo para sumarse en enero), mientras el negocio se expande por el mundo de la mano de una marca registrada que consiste en un modo de sentir el juego, un estilo al que no se renuncia ni siquiera cuando se eligen refuerzos y un manejo del nombre “Barcelona” tan profesional como lo exige la modernidad. Y el mercado. Enfrente, con la misma fórmula en desuso entre los poderosos de “club propiedad de los socios” –por fin una similitud–, el crecimiento exhibido por River en el último año y medio y su enorme tradición futbolera quedan ensombrecidos ante tanto poderío. Los cinco millones de dólares que invirtió por las llegadas de Alario, Viudez y Bertolo jamás hubieran sido tales de no haberse desprendido primero de Teo, Rojas, Funes Mori y Pezzella. Y los 3,7 millones que se aseguró por llegar a la final del mundial son como agua en el desierto del pasivo permanente ($654 millones a fin del año pasado) y el déficit operativo. Y sin embargo… Que levante la mano quien se anime a asegurar que el Barça disfrutará de un domingo apacible en Japón. Que lo suyo será un trámite ante un rival que –se supone– estará hecho con no ser goleado. Que los goles y los lujos y las paredes se irán sucediendo sin que el partenaire pueda hacer algo por evitarlo. Es el fútbol y su dinámica de lo impensado (el bastardeado concepto de Dante Panzeri) el que obliga a esperar. El que convierte, de mínima, lo seguro en probable. El que mantendrá a los hinchas de River en vela no a la espera de evitar un papelón, sino ilusionados con un gol que reivindique a David contra Goliat. Un buen equipo sin cracks pero que sabe que jugará el partido de su vida es el pilar que sostiene la esperanza. A los 12 años, llegado desde Rosario de la mano de sus padres, un petisito gambeteador deslumbró en una prueba de jugadores en la Ciudad Universitaria, detrás del Monumental. Por chiquito, porque “como éste hay un montón”, según uno de los reclutadores, porque el destino habrá tenido otros planes, el pibe terminó haciendo las valijas para jugar, crecer y triunfar en España. Imposible saber qué habría sido de todos (de Messi, del Barça, de River, de la final de este mundial y del otro) si hubiera pasado la prueba. Hoy Messi es el emblema de un equipo imbatible y de un club todopoderoso, que lo trasciende y que se sentó definitivamente a la mesa de los grandes con su llegada, hace ya 15 años. Ése, el de imaginar un Barça sin Messi o un River con Messi, es un ejercicio divertido y supone una incertidumbre propia del loco juego del fútbol. De existir racionalidad en todo esto, la final de Yokohama ni siquiera debiera jugarse. Y sin embargo… (*) Periodista