Rompecabezas político

Redacción

Por Redacción

Está en lo cierto el radical Rodolfo Terragno cuando advierte que «cualquiera sea el ganador de las elecciones, el futuro gobierno puede ser extremadamente débil» y por lo tanto no estaría en condiciones de «llevar adelante las políticas necesarias para reorganizar el país y emprender el desarrollo». Ningún precandidato cuenta con el apoyo de más de una fracción reducida de la ciudadanía y si bien es de suponer que en los meses próximos algunos verán mejorar su imagen particular, no lo es que uno logre articular en torno de su persona un «movimiento» equiparable con aquellos que siempre han acompañado a los presidentes libremente elegidos. Que sea así no es forzosamente malo porque revela un escepticismo sano en cuanto a los poderes supuestamente mágicos de los dirigentes «carismáticos», pero no cabe duda de que nos plantea un problema enorme: como señaló Terragno, si hay algo que el país necesita esto es un gobierno «fuerte», de legitimidad incuestionable, que resulte capaz de tomar las medidas imprescindibles para ponerlo en marcha.

Si las muchas divisiones que agrietan el escenario político nacional se debieran a diferencias ideológicas irreconciliables, no habría posibilidad alguna de que surgiera un gobierno «fuerte» hasta que, por las buenas o, como suele suceder, por las malas, una corriente consiguiera imponerse. Sin embargo, las divisiones principales tienen mucho más que ver con rivalidades personales estimuladas por la decadencia de los partidos tradicionales que con luchas entre ideas o clases sociales. Aunque ciertos precandidatos como el izquierdista Luis Zamora y el dolarizador Carlos Menem ocupan franjas propias, muchos otros, incluyendo a Terragno, Elisa Carrió, José Manuel De la Sota y Ricardo López Murphy podrían encontrar un territorio común, mientras que la excentricidad exhibida por Adolfo Rodríguez Saá y Néstor Kirchner parece deberse más a su deseo de diferenciarse de los demás a fin de atraer a los votantes que a compromisos filosóficos profundos.

En los meses agitados que han seguido al colapso de la convertibilidad, el default y la «pesificación asimétrica», el grueso la ciudadanía parece haber evolucionado hacia posiciones centristas. Las fantasías revolucionarias de los primeros días se han apagado hasta tal punto que a pesar de su capacidad envidiable para organizar manifestaciones callejeras la izquierda y sus aliados piqueteros ya son menos visibles que antes. Asimismo, las recetas propuestas por los halcones del mercado libre seducen sólo a un minoría de economistas profesionales. Puede decirse, pues, que con escasas excepciones la ciudadanía entiende que la mejor «alternativa» para la Argentina tendrá que ser lo que la diputada Carrió llama «el capitalismo en serio», o sea, que los cambios necesarios serían los encaminados a mejorar sustancialmente el desempeño de las instituciones que a su modo ya existen. Habrá muchas discrepancias en torno de los detalles, pero en términos generales, en la sociedad se da un consenso sobre lo que nos será preciso hacer y son cada vez más los políticos que comprenden que les convendría respetarlo, de ahí los esfuerzos recientes de Carrió para apartarse de la izquierda, acercándose a grupos provinciales indisimuladamente conservadores.

Puesto que es casi nula la posibilidad de que un solo político logre erigirse como el representante del consenso nada extravagante que según parece está consolidándose, sería saludable que los precandidatos más razonables cerraran filas en torno de sus elementos básicos, afirmando su voluntad de colaborar con un eventual gobierno encabezado por el posible ganador de las elecciones con tal que no sea cuestión de alguien dispuesto a emprender una aventura que sin duda alguna terminaría muy mal. Si bien un acercamiento de este tipo supondría para algunos la ruptura con ciertos compañeros o correligionarios y sería denunciado como una «nueva alianza», posibilitaría la conformación de un futuro gobierno que sea lo bastante amplio como para gobernar, objetivo que de otro modo seguirá pareciendo utópico en un país en el que todos los partidos políticos salvo los unipersonales se han visto atomizados no por diferencias ideológicas o programáticas insalvables sino por el deseo de demasiados ya de destacarse, ya de aferrarse a los puestos conquistados.


Está en lo cierto el radical Rodolfo Terragno cuando advierte que "cualquiera sea el ganador de las elecciones, el futuro gobierno puede ser extremadamente débil" y por lo tanto no estaría en condiciones de "llevar adelante las políticas necesarias para reorganizar el país y emprender el desarrollo". Ningún precandidato cuenta con el apoyo de más de una fracción reducida de la ciudadanía y si bien es de suponer que en los meses próximos algunos verán mejorar su imagen particular, no lo es que uno logre articular en torno de su persona un "movimiento" equiparable con aquellos que siempre han acompañado a los presidentes libremente elegidos. Que sea así no es forzosamente malo porque revela un escepticismo sano en cuanto a los poderes supuestamente mágicos de los dirigentes "carismáticos", pero no cabe duda de que nos plantea un problema enorme: como señaló Terragno, si hay algo que el país necesita esto es un gobierno "fuerte", de legitimidad incuestionable, que resulte capaz de tomar las medidas imprescindibles para ponerlo en marcha.

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