Rumbo a las urnas, el drama se adueña de la política

Quizá sea en “La Hoguera de Encinas” donde André Malraux dejó estampados los sabrosos diálogos que mantuvo con Charles De Gaulle durante la V República Francesa. Un día, el largo general le mostró un cartel que iba a poner en su escritorio de presidente. “Si viene con un problema, traiga también una solución”, rezaba como advertencia al visitante.

Por Redacción

TENDENCIAS DEL AÑO ELECTORAL

Desde el poder, desde distintos planos del poder, se alimenta desde muy lejos la idea de estar siempre bajo el imperio del drama, del apocalipsis. A los casos, sólo dos que valen por toda una cultura del drama.

Hace cinco años, Jorge Bergoglio era cardenal primado de la Argentina. Un atardecer envió una carta a sus crecientemente menguadas filas de leales curas y monjas. Les advertía: un drama se extendía furiosamente por el país: el maligno – el diablo o mandinga, claro: quería llevarlo a su infierno. ¿Cómo? Mediante el proyecto de ley de matrimonio igualitario que se debatía en el Parlamento. Era el apocalipsis. Pero la ley se aprobó.

El maligno 1, Bergoglio 0. Y cero drama. Cero apocalipsis.

Hay que leer ese documento del hoy muy progresista Francisco I. Sabía que no podía impedir lo que no se podía impedir: enfrentarse a la vida. Pero él cumplió con lo suyo. Con el dictado en que se formó religiosamente. Cumplió con la obligación milenaria con que verticaliza el catolicismo y a mucho del planeta religioso y político: promover el miedo a lo distinto. Pero el fracaso de don Bergoglio no forjó prudencia en el esquema de poder de este país al que siempre -se afirma con dejos de solemnidad- tanto seduce el abismo. La promoción de la llegada de lo peor sigue y sigue.

Un caso: Elisa Carrió. Como el personaje central de la “La guerra del fin del mundo” de Mario Vargas Llosa, peregrina y peregrina por el país advirtiendo el “ya” del final de Argentina. Con magras posibilidades de cosechar votos, se entrega con pasión y mística a denunciar golpes de Estado pergeñados por Cristina. Y abreva en el arcón de la historia para respaldar sus afirmaciones, sus gestualidades. “Yo acuso”, dice Lilita agitando amenazadoramente su brazo izquierdo, sentencia a modo de cierre de una arremetida contra el ultrakirchnerista general Milani. Buscando imitar al inmenso Emile Zola en el caso Dreyfus. Pero Carrió no es Zola. Y en tren de copiar, también manotea el andar de ese fiscal de la República que fue Lisandro de la Torre. Pero no está dotada de la firme serenidad ni del talento intelectual de aquel santafesino al que la Argentina dejó solo.

Diego Shinkman es psicólogo y periodista. Deleita con sus entrevistas a políticos en “La Nación”. En un inteligente libro -”¿Qué tienen los políticos en la cabeza?”- sostiene que Lilita padece de egomegalia. Se siente elegida para una misión trascendental. Única en esto de salvar a la patria de dramas y apocalipsis. Y con Ironía, construye el decálogo que confirma el diagnóstico de egomegalia de Lilita. “Va la Iglesia porque dice que le hace muy bien. A Dios”, y “jura que no fue ella la que quería colgarse una cruz tan grande: fue Cristo que le pidió upa”… Y así va Lilita por la Argentina de estos días: advirtiendo sobre las tragedias que sobrevendrán si ella no toma las riendas.

Sucedió en Mar del Plata a mediados de la primera década de este siglo. En un mingitorio del Hotel Sheraton, donde se desarrollaba el Encuentro de IDEA, este diario comenzó a entrevistar al mexicano y escritor Carlos Fuentes, invitado a disertar.

-¡Qué país éste, mire que lo quiero, pasé varios años de mi adolescencia aquí!, le dice a este periodista.

-Llegué ayer y lo único que escucho es que “¡Todo se va al carajo!”… “¡Es el final!”… “¡De terror, un drama!”… “¡Que 30 años atrás hubiese terminado en un golpe!” ¡Diga que amo a Argentina si no, como dicen ustedes, me las piro! ¡Siempre complots, operaciones… golpes!”

“El complot patagónico. Nación, conspiraciones y violencia en el sur de Argentina y Chile (siglos XIX y XX)”, escrito por el historiador rionegrino Ernesto Bohoslavsky, esclarece con sólido rigor la magnitud que adquiere en nuestro país la sospecha sobre estar siempre bajo amenazas de corte terrible. El drama. El apocalipsis. A la hora de definir el conspiracionismo, Bohoslavsky se inclina por la formulada por el americano Geoffrey Cubit, para quien el “mito conspirativo” es la propensión a considerar que la política está dominada por maquinaciones malintencionadas y secretas de un grupo con intereses y valores enfrentados a los del grueso de la sociedad”. Este “mito” señala que “el verdadero significado de las cosas se esconde detrás de las apariencias y que lo relevante de la política en realidad ocurre tras bambalinas. En la lógica del complot no hay lugar para el azar y los resultados involuntarios, sino que los hechos son presentados siempre como la consecuencia buscada de una intención secreta”.

-El argentino nace complotando y muere en curso de otro complot -ironiza el antropólogo Alejandro Grimson, autor de “Mitomanías argentinas. Cómo hablamos de nosotros mismos”.

-En el fondo, sucede que a los argentinos les cuesta dejar atrás la fantasía de omnipotente, el convencimiento de que somos los mejores, de tener un destino de gloria… de todo ese andamiaje de desbordes en el que nos hemos formado. Entonces explicamos ese vacío, los problemas, dramatizando, creyendo en finales terribles. El drama, siempre el drama como explicación…

O sea, un drama por aquí, otro por allá y un camino largo…

CARLOS TORRENGO

carlostorrengo@hotmail.com

CARLOS TORRENGO