Compraron la chacra que nadie quería y hoy cosechan 8.000 kilos por hectárea del «rubí de la fruticultura» en la Patagonia
Rubén Maldonado y Marcela Pacheco transformaron un terreno pedregoso a cinco kilómetros de Senillosa, Neuquén, en una chacra frutícola con empaque incluido. La historia de una pareja que incursionó en el agro hace 40 años.
En Senillosa, a cinco kilómetros de la localidad, hubo una chacra que durante años nadie quiso comprar. El terreno pedregoso y los médanos hacían difícil ponerlo en producción. Rubén Maldonado y Marcela Pacheco, en cambio, vieron una oportunidad. Cuando cumplieron la mayoría de edad, pagaron por esas tierras y comenzaron a transformarlas con trabajo y recursos propios.
Casi cuatro décadas después de aquella decisión, la pareja produce cerezas, el «rubí» de la fruticultura, con una meta de 8.000 kilos por hectárea que es alcanzada (e incluso superada) año tras año.
La visita de Río Negro Rural los encontró en una pausa entre varios días de lluvia, en una temporada que ya había comenzado con dificultades por un temporal con granizo en la zona. Desde su chacra, donde también tienen un galpón de empaque habilitado, proyectan ampliar la superficie cultivada y seguir ajustando un sistema productivo construido a lo largo de los años.
La chacra que nadie quería en Senillosa
La historia empezó con una reunión en un baldío de Senillosa, a mediados de 1980. Rubén y Marcela eran novios cuando, mientras paseaban por el pueblo, vieron a un grupo de vecinos reunidos. En una localidad que entonces tenía alrededor de 3.000 habitantes, se conocían casi todos. La curiosidad los llevó a preguntar qué sucedía.
“Nos dijeron que se iba a hacer una cooperativa y se iba a distribuir la tierra”, recuerda Rubén. La iniciativa reunía principalmente a trabajadores de las obras de las represas de los ríos Limay y Neuquén, muchos próximos a jubilarse y con familias vinculadas a la actividad rural. Algunos pobladores habían advertido el potencial de aquellas tierras fiscales y promovían una colonia agrícola.
Se distribuyeron unas 30 parcelas, de entre dos y 12 hectáreas. Rubén y Marcela se anotaron a los 16 años, pero debieron esperar a la mayoría de edad para acceder a una. Él trabajaba en la Planta Industrial de Agua Pesada (PIAP) de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA), con ingresos que le permitieron ahorrar y luego invertir. Ella se dedicaría a la docencia luego.

La parcela adquirida era la que nadie quería. “Había unos médanos altísimos, entraba una zanja del río Limay, era una cantera. Entonces era muy difícil trabajar esta tierra”, cuenta. Cuando la cooperativa necesitó dinero para abrir canales de riego y caminos, puso el terreno a la venta entre los socios en espera. “A nosotros no nos regalaron la tierra, sino que tuvimos que pagar. Y nosotros ya estábamos de novios, todo el camino lo recorrimos juntos”, señala Maldonado.
A los 18 años recibió la tierra y empezó a trabajarla. La prioridad fue ponerla en producción, antes de construir una vivienda. Mientras otras familias levantaban sus casas, ellos iban y venían desde el pueblo. Desmontaron, emparejaron el terreno, abrieron canales y avanzaron con la sistematización.
“No solo hicimos las calles, sino también los canales de riego, la sistematización, todo el proceso que lleva una chacra. Nadie nos dio nada”, resume. Los accesos que hoy conectan la colonia con el pueblo fueron construidos con el esfuerzo de quienes se instalaron allí, según relató Rubén.
Crear suelo donde había piedras
La primera tarea fue lograr que el terreno produjera, transformando un suelo pedregoso. La capa de tierra que hoy se observa es resultado de años de trabajo para mejorar sus condiciones, que incluyeron aportes de guano, compost, lombrices y granulado, y la implantación de cultivos estratégicos.
“Esto era cantera. Pasa que ahora tiene una capa de tierra que nosotros pusimos y fuimos mejorando”, explica Rubén. Antes de pensar en un cultivo de mayor valor, debían fijar el suelo y protegerlo del viento. Plantaron álamos y sembraron cinco hectáreas de alfalfa.
En los valles, la alfalfa estabiliza el terreno. Sin embargo, las condiciones eran precarias: sin maquinaria propia, dependían de servicios tercerizados desde Picún Leufú o Neuquén capital, consiguiendo apenas un corte anual para fardos.
Tras tres años, dieron paso a la horticultura. En un invernadero preparaban plantines y producían zapallos, tomates, berenjenas y otras hortalizas que vendían en Senillosa, Cutral Co y Plaza Huincul.
En paralelo, intentaron desarrollar un tambo con vacas Holando Argentino traídas de Buenos Aires, pero no prosperó. Pasaron a ofrecer servicios con toros mientras buscaban alternativas para sostener la chacra.
Aprendieron a manejar un suelo diferente al habitual en la región. En lugar de mantenerlo desnudo con labores mecánicas, incorporaron vegetación entre hileras para protegerlo de la erosión, aportar nitrógeno y reducir el reflejo del calor.
“No usamos el disco, sino que usamos la vegetación”, explica Rubén. La decisión responde a las raíces superficiales de los cerezos (que llegarían en el año 2000), que pueden dañarse con las labores de suelo y comprometer el rendimiento en primavera.
Cerezas en la Patagonia: su llega a la chacra de Senillosa
En el año 2000 apostaron por las cerezas gracias a un programa provincial que facilitaba la adquisición de plantas con convenio de pago. Pero no se conformaron con la primera plantación.
“Una vez que entramos a la fruticultura, no salimos más. Empezamos a poner cuadros nuevos y distintas variedades”, recuerda Rubén. Esto implicó desprenderse del ganado y afrontar años sin ingresos significativos de la actividad.
Marcela, docente, continuó trabajando fuera. Rubén compró una combi y durante cuatro años ofreció servicios de traslado a estudiantes hacia la Universidad Nacional del Comahue en Roca para sostener la economía familiar.
Las primeras frutas llegaron en 2003. “Nunca tuvimos ni crédito bancario ni nada, ninguna inyección de dinero externa. Siempre era con lo que trabajábamos”, afirma.
En 1992 habían comprado una parcela vecina, y hoy tienen seis hectáreas productivas. El objetivo actual es sumar un nuevo cuadro en la próxima campaña y llegar a siete.
8.000 kilos de cerezas por hectárea
La producción de Cerezas Maldonado busca alcanzar, al menos, los 8.000 kilos por hectárea. En promedio, los consigue e incluso los supera.
La poda se planifica según la carga esperada. “Se cuentan las ramas, se van eligiendo ramas que más o menos carguen entre 600 gramos y 800 gramos cada una. Entonces calculás cuántas ramas y decís: ‘esta planta la podé para unos ocho o diez kilos’”, describe Rubén.
El riego es por manto y la inundación se usa como defensa pasiva contra heladas, pero este año el sistema falló. El 30 de septiembre sufrieron una importante granizada en plena floración, y pasaron la noche con diez centímetros de hielo acumulado y dos grados bajo cero de temperatura. “Es imposible mitigar la helada así”, lamenta, quien sabe que esta temporada habrá una merma excepcional en la producción.
En el monte conviven distintas variedades. La Brooks es la primicia; sus árboles se mantienen altos para resguardar las ramas medias e inferiores de las cotorras. La Lapins se cultiva a menor altura porque madura cuando hay más fruta disponible en la zona como oferta de alimentos para las aves.
La plantación reciente incorpora Santina, en eje central con marco de 3,5 por 2 metros. Proyectan acercar las plantas a 1,8 metros en la próxima implantación.
La comercialización es interna: clientes habituales en Buenos Aires, el Mercado Concentrador de Neuquén y venta directa en la chacra. La fruta mantiene estándares de exportación.
El establecimiento cuenta con galpón de empaque habilitado por Senasa para acondicionamiento primario, y evalúan avanzar hacia la habilitación general para brindar servicios a terceros.
En cosecha y empaque (noviembre y diciembre) emplean todos los años a unas 50 personas, provenientes de Tucumán y de Senillosa.
Implantar una hectárea de cerezas requiere, al menos, unos 35.000 dólares. La nueva ampliación se financiará con fondos propios.
La pareja hoy vive en la chacra. Marcela se jubiló en marzo y ambos continúan al frente de un proyecto que sigue creciendo.
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