De la danza a manejar 70 hectáreas de un cultivo milenario en la Patagonia: cómo llegó a restaurantes de elite de Argentina

Aceites de oliva premium elaborados en Neuquén combinan calidad, innovación y oleoturismo: el proyecto de Praderas Neuquinas crece, llega a restaurantes de alta gama y se proyecta al mercado internacional. Su CEO, Mariana Mauad, halló en la olivicultura la chance de reencontrarse con su lado artístico.

Olivar en la provincia de Neuquén, Patagonia. Foto: Florencia Salto.

Centenario es una localidad de la provincia de Neuquén, ubicada en el departamento Confluencia. Allí, un emprendimiento olivícola logró algo poco frecuente: conjugar sensibilidad artística con lógica empresarial. Praderas Neuquinas, liderada por Mariana Mauad, no solo produce aceite de oliva virgen extra de alta calidad, sino que construyó una identidad donde el producto, la experiencia y la historia personal se entrelazan.

Mauad, exbailarina y hoy CEO del proyecto, no duda en definirse primero como artista. Esa mirada atraviesa toda la propuesta. Desde la elección del cultivo hasta el desarrollo del oleoturismo, pasando por el cuidado del proceso productivo, cada decisión parece responder tanto a la búsqueda estética como a la eficiencia. Y es precisamente la calidad del aceite (validada en mercados exigentes) la que permite sostener ese delicado equilibrio entre arte y negocio

El arte de producir (y percibir) aceite de oliva en la Patagonia


La historia de Praderas Neuquinas comienza lejos del olivo. El campo, de 120 hectáreas, había sido pensado originalmente para la producción de alfalfa. Sin embargo, los estudios de suelo descartaron esa posibilidad y señalaron al olivo como una alternativa viable. Así, casi por azar, comenzó en 2005 una aventura que con el tiempo se transformaría en un proyecto productivo y cultural.

Soy productora olivícola, pero me siento artista”, resume Mauad. Antes de dedicarse de lleno a la agroindustria, la danza fue su vida: fue profesora, tuvo su propio ballet y recorrió escenarios dentro y fuera del país. Ese recorrido no quedó atrás, sino que se resignificó en su nueva actividad. La olivicultura, dice, puede entenderse como un arte, donde cada decisión impacta en el resultado final.

Matiana Mauad, productora olivícola de la Patagonia, durante una cata de aceite de oliva. Foto: gentileza Mariana Mauad.

Desde el inicio, apostaron por la diversidad. Plantaron seis variedades (Arbequina, Arbosana, Hojiblanca, Picual, Koroneiki y Coratina) para evaluar su adaptación. El resultado sorprendió: todas respondieron de manera óptima a las condiciones de la región. Esa diversidad hoy es una de las claves del proyecto, ya que permite obtener aceites con perfiles sensoriales distintos, desde suaves y frutados hasta intensos y complejos.

El proceso productivo también refleja esa búsqueda de calidad. La cosecha es manual, lo que permite seleccionar los frutos en su punto justo de madurez. Luego, la extracción en frío preserva las propiedades organolépticas, y el almacenamiento en acero inoxidable asegura estabilidad hasta el momento del envasado.

La cosecha de aceitunas en el olivar ubicado en Neuquén se realiza de manera manual. Foto: gentileza Mariana Mauad.

En ese contexto, el oleoturismo emerge como la expresión más clara del costado artístico del emprendimiento. Praderas Neuquinas no solo vende aceite: propone una experiencia. Los visitantes recorren el olivar, participan de catas, degustaciones y actividades sensoriales que buscan conectar al consumidor con el producto desde otro lugar. Como en un atelier, el aceite deja de ser un simple alimento para convertirse en una obra que se aprecia con todos los sentidos.

Plantaron seis variedades (Arbequina, Arbosana, Hojiblanca, Picual, Koroneiki y Coratina) para evaluar su adaptación. El resultado sorprendió: todas respondieron de manera óptima a las condiciones de la región.

Escala, inversión y posicionamiento: el lado del negocio


Detrás de esa impronta artística hay una estructura empresarial sólida. Praderas Neuquinas forma parte del grupo Mauad SRL, una empresa especializada en movimientos de suelos a través del uso de explosivos y otras herramientas. Esa base permitió encarar un desarrollo que hoy alcanza las 70 hectáreas implantadas y una producción cercana a los 40.000 litros anuales de aceite de oliva virgen extra, que crece año a año.

El crecimiento no fue casual. Requirió inversiones significativas, especialmente en infraestructura. Uno de los hitos fue la construcción de un acueducto de 16 kilómetros para garantizar el riego del olivar, una obra clave en una zona donde el acceso al agua es determinante. Ese desarrollo, además, benefició a otros actores del Parque Industrial de Centenario, generando un impacto que trasciende el propio emprendimiento.

Plantaron seis variedades (Arbequina, Arbosana, Hojiblanca, Picual, Koroneiki y Coratina) para evaluar su adaptación. El resultado sorprendió: todas respondieron de manera óptima a las condiciones del norte de la Patagonia. Foto: Florencia Salto.

El manejo agronómico también es intensivo y planificado. Incluye podas regulares, uso de fertilizantes orgánicos y riego por goteo. La pendiente del terreno evita la acumulación de aire frío, ayudando a reducir riesgos de heladas, un factor crítico en la región.

Durante la cosecha, la almazara opera las 24 horas para procesar rápidamente la fruta y preservar su calidad. En ese período, el equipo se amplía a entre 30 y 40 personas, en su mayoría mano de obra local, lo que refuerza el vínculo con la comunidad.

El riego es por goteo y se usan fertilizantes orgánicos en el olivar. Foto: Florencia Salto.

Ese nivel de cuidado y profesionalización se traduce en un producto premium, con stock limitado y fuerte posicionamiento. Los aceites de Praderas Neuquinas llegan a restaurantes y hoteles de alto nivel en la Patagonia y en Buenos Aires, incluyendo cadenas internacionales. Estar presentes en esos espacios no solo implica un canal comercial, sino también una validación de calidad.

En un contexto donde los aceites patagónicos gozan de reconocimiento por sus características diferenciales (fruto del clima, el suelo y el manejo), la empresa logró consolidarse en un segmento donde el precio no es la variable principal, sino el valor percibido.

Mirada a futuro: exportación y diversificación


Con una base productiva consolidada y un posicionamiento logrado en el mercado interno, el próximo paso parece claro: la exportación. Si bien actualmente no venden al exterior, el proyecto ya cuenta con certificaciones internacionales y avales que abren esa posibilidad. La validación obtenida en concursos internacionales, con medallas de oro, refuerza esa expectativa.

En paralelo, la empresa avanza en la diversificación. Al aceite de oliva se suman otros productos que amplían la propuesta: miel, girgolas, cosmética natural elaborada a partir de aceite de oliva y cera de abejas, e incluso desarrollos innovadores como briquetas gourmet para ahumar a base de orujo. También incursionan en la elaboración de un gin de autor.

Los aceites de oliva patagónicos gozan de un reconocimiento por su calidad, lo que permite su inserción en los más exigentes mercados. Foto: gentileza Mariana Mauad.

El oleoturismo, por su parte, sigue creciendo. A las visitas guiadas y catas se suman almuerzos y experiencias al aire libre, con el objetivo de profundizar el vínculo entre el consumidor y el producto. En esa línea, el desarrollo de un restaurante dentro del olivar aparece como el próximo paso lógico: cerrar el círculo entre producción, gastronomía y experiencia.

Así, Praderas Neuquinas proyecta su crecimiento sobre una base clara: la calidad del aceite como punto de partida. Es esa calidad la que permite acceder a mercados exigentes, sostener precios premium y, al mismo tiempo, construir una propuesta que trasciende lo estrictamente productivo.

En definitiva, en Centenario, el olivo encontró algo más que un nuevo territorio. Encontró una forma distinta de producir, donde el arte no es un adorno, sino una parte esencial del negocio.


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