Dejó de producir peras y se diferenció en la fruticultura de la Patagonia: plantó la mitad de sus chacras con estos frutales

Marcelo Sánchez convirtió a los duraznos, pelones y ciruelas en una parte esencial de sus 70 hectáreas en Allen, Alto Valle del río Negro, con variedades, tecnología y un manejo intensivo para lograr fruta de calidad y mejores márgenes.

En una jornada ventosa en Allen, los aromas de los ciruelos en flor se sienten con fuerza. En la Chacra de La Costa, una de las tres que Marcelo Sánchez tiene en el Alto Valle, algunos lotes se preparan para sumar nuevas variedades de duraznos y pelones mientras el productor revisa que todo esté listo para las fuertes heladas anunciadas para la noche siguiente. Sánchez detiene la camioneta a cada instante, observa, pregunta, da indicaciones. A sus 65 años sigue pendiente de cada detalle de una explotación de 70 hectáreas que tiene una particularidad poco habitual en la región: la mitad de su superficie está destinada a frutas de carozo, un negocio que fue ganando terreno hasta convertirse en el eje de su producción.

Más de un siglo de historia


La historia de los Sánchez en la chacra comenzó hace más de 100 años, con Manuela Martínez, una inmigrante española que se instaló en Allen. Los primeros pasos fueron con un tambo y luego llegaron los cultivos anuales. Habas, habichuelas y arvejas formaban parte de aquella producción, en la misma tierra que hoy recorre Marcelo.

Después llegaron la fruticultura y la uva para vinificar. Cuando la venta de la uva dejó de resultar conveniente, la familia fue reconvirtiendo la superficie hacia peras y manzanas, aunque siempre hubo algo de carozo.

El abuelo de Marcelo, Pedro, era lechero y vendía la leche en las casas. Cuando murió, Manuela quedó sola con sus cuatro hijos. El padre de Marcelo, también Pedro, cursaba el secundario en Neuquén y al mismo tiempo participaba del trabajo del tambo. Con todos los hijos todavía chicos, la actividad terminó siendo insostenible y la familia avanzó hacia los cultivos anuales y, posteriormente, la fruticultura.

Marcelo Sánchez, productor frutícola de la Patagonia, observando la floración de sus ciruelos.
Marcelo Sánchez, productor frutícola de la Patagonia, observando la floración de sus ciruelos.

La explotación atravesó así distintas reconversiones: se redujo la viña, aumentó la superficie de manzanas y se incorporaron peras. Durante un tiempo, la pera tuvo un fuerte protagonismo. Hasta que Marcelo decidió erradicarla por completo.

Él mismo había crecido entre los frutales. Desde los ocho años solía estar arriba de los tractores y hacía trabajos en la chacra. Incluso comenzó a estudiar ingeniería industrial en Neuquén, pero terminó dejando la carrera. La razón fue sencilla: siempre había preferido estar en el campo.

El productor frutícola del Alto Valle que puso a los carozos en el centro


El gran cambio productivo llegó después. Marcelo compró una chacra en una isla, donde hizo horticultura, y durante un tiempo combinó esa actividad con la fruticultura. Pero después de casarse dejó la horticultura y comenzó a concentrarse cada vez más en los carozos.

Un viaje técnico a Europa, a fines de los años 80, definió el rumbo. Recorrió Italia y aprendió sobre nuevas formas de conducción, sistemas de plantación e injertos. En Toscana pasó dos días junto a un productor italiano de más de 70 años que tenía olivos, una pequeña bodega y, por supuesto, frutales de carozo.

Los frutales de carozo ocupan el 50% de la superficie implantada de Sánchez y tiñen de colores las chacras al finalizar cada invierno. Foto: Florencia Salto.

La experiencia lo convenció de que había mucho por hacer en el Alto Valle. De regreso comenzó a producir sus propios plantines, hacer viveros, estratificar material e injertar a campo. También incorporó nuevos sistemas de conducción.

Pero había además una razón productiva y comercial. El carozo entra en producción más rápido que la manzana y la pera, lo que permite cambiar de variedades con mayor velocidad cuando una deja de ser conveniente. Esa dinámica es especialmente valiosa en un mercado donde las preferencias y los nichos pueden cambiar.

A eso se suma el precio. Según Sánchez, aun con mayores costos de producción, el diferencial que obtiene por la fruta de carozo termina compensando ese esfuerzo. Como referencia, señala que tres o cuatro kilos de pera pueden equivaler al precio de un kilo de carozo, mientras que la manzana se encuentra en una posición intermedia.

Los duraznos, pelones y ciruelas cosechados se pueden embalar directamente en la chacra. Foto: gentileza.

Hoy tiene 35 hectáreas de carozos y otras 35 de manzanas, claves para mantener un flujo de ingresos durante todo el año mediante su venta paulatina. Produce ciruelas, duraznos y pelones, además de una superficie muy pequeña de cerezas. Y sigue incorporando variedades: durante la recorrida, algunos lotes estaban siendo reconvertidos para sumar nuevos duraznos y pelones.

La comparación con la pera también es comercial. Mientras la pera depende fundamentalmente de la exportación y de muchas exigencias, el carozo le permite vender de otra manera y con mayor dinamismo. Sánchez comercializa directamente su producción, principalmente en el mercado interno, sin entregarla a las grandes empresas.

Una fruta que da y exige


La ventaja económica no significa un cultivo sencillo. Al contrario: el carozo tiene costos y exigencias particulares. Una de las principales es la defensa contra las heladas, porque florece antes que las peras y las manzanas y queda más expuesto a las tardías.

En sus chacras, Sánchez utiliza principalmente aspersión subarbórea, para evitar que las plantas se mojen y reducir riesgos de bacteriosis o enfermedades fúngicas. Combina ese sistema con cortinas rompeviento y mallas antigranizo. Aplica una lámina de entre 4,3 y 4,5 milímetros y busca que los aspersores queden bien solapados. El objetivo de las cortinas es evitar que ingrese el aire frío y conservar dentro de la chacra el calor liberado por el agua.

Aproximadamente, tres de cuatro hectáreas de Marcelo Sánchez están cubiertas por mallas antigranizo. Foto: Florencia Salto.

El manejo comienza incluso antes de la floración. Sánchez busca mantener lo más posible la hoja en la planta durante el otoño, pues indica que de ese modo retrasa el inicio de la acumulación de horas de frío y, con ello, la brotación. Para lograrlo, evita que la planta entre en estrés mediante riego y fertilización foliar. Si el otoño es muy seco, realiza un último riego para que los árboles lleguen al invierno con humedad y nutrientes suficientes.

El riego también es parte de otra transformación: casi toda la superficie ya funciona con goteo. De las 70 hectáreas, solo 15 permanecen con riego por inundación.

A esto se suma la protección contra el granizo. El 75% de la superficie está cubierta con malla antigranizo. Y la tecnología llega hasta las aplicaciones: Sánchez incorporó un dron y realiza de noche las aplicaciones de los pocos fungicidas que necesita.

Los colores y los aromas gobiernan los lotes implantados con frutales de carozo al finalizar cada invierno. Foto: Florencia Salto.

El viento y la sequedad características del Alto Valle reducen los problemas de hongos y permiten trabajar con pocas aplicaciones de fungicidas. El resultado es una fruta que puede salir del campo limpia, brillante y con buena apariencia, algo que facilita su venta directa.

En ese mercado, dice Sánchez, hay tres atributos que mandan: calibre, color y calidad. Una ciruela, un durazno o un pelón grande y bien coloreado siempre encuentra su lugar. Pero para conseguirlo hay que sostener un manejo permanente: proteger la fruta de las heladas para evitar daños en la piel, ralear para obtener tamaño y trabajar sobre la nutrición, la firmeza y el estado general de la fruta.

El raleo es uno de los principales costos. A diferencia de la pera y la manzana, donde puede utilizarse raleo químico, en los carozos todavía se realiza manualmente. En la chacra llegan a trabajar unas 80 personas durante esa etapa.

La rentabilidad en la producción de duraznos, pelones y ciruelas se relaciona directamente con la calidad obtenida. Foto: gentileza.

El calendario también ayuda a entender la dinámica del negocio. La cosecha comienza entre el 15 y el 18 de diciembre con los primeros pelones. Cerca de fin de año aparecen los primeros duraznos y luego llega el turno de las ciruelas, cuya cosecha puede extenderse hasta los primeros días de abril.

Algunas variedades de ciruelas se conservan en frío y permiten continuar vendiendo hasta mayo. Sánchez sostiene que el frío le permite descomprimir la venta cuando hay demasiada fruta disponible.

La explotación mantiene 26 empleados permanentes y suma trabajadores temporarios para el raleo y la cosecha. Con unas 50 variedades entre ciruelas, duraznos y pelones, la cosecha es gradual y permite distribuir el trabajo. La velocidad también es parte de la estrategia: cuando una variedad deja de funcionar, Sánchez la reemplaza.

Marcelo Sánchez pertenece a la tercera generación de una familia con tradición chacarera en Allen. Foto: Florencia Salto.

Los resultados muestran hasta dónde puede llegar esa intensificación. Algunas variedades de ciruela, plantadas con sistemas de alta densidad, alcanzan rendimientos de hasta 70 toneladas por hectárea. En el otro extremo, algunos duraznos tempranos rondan las 40 toneladas.

En la Chacra de La Costa, mientras se acerca una noche de heladas, todo eso se vuelve visible. Sánchez recorre los lotes, mira los árboles y vuelve a detener la camioneta. El negocio que eligió hace décadas exige velocidad, precisión y atención permanente. Y también una convicción que atraviesa toda su historia productiva: si el carozo va a ser el eje de la chacra, la diferencia no estará solamente en cuánto produce, sino en la calidad de cada fruta que logra sacar de ella.


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