La familia del valle de Genoa en la Patagonia que combina el arte de la pastelería con la pasión por la ganadería
Desde José de San Martín, en el valle de Genoa, una pequeña cabaña familiar sostiene desde hace tres décadas un trabajo basado en inseminación, selección rigurosa y una búsqueda definida: producir toros funcionales, de tamaño moderado y preparados para salir al campo sin perder condición.
Hay producciones que nacen de una decisión estrictamente empresarial y otras que se construyen alrededor de una pasión. En el caso de Gabriel Barile, de cabaña Don Pirincho, en Chubut, la ganadería parece moverse en ese territorio intermedio donde el campo es actividad productiva, pero también un espacio de encuentro y una forma de desconectarse de otras obligaciones.
La familia tiene su establecimiento en la zona de José de San Martín, entre esa localidad y Gobernador Costa, en el valle de Genoa. Allí funciona una cabaña pequeña, con alrededor de 200 madres Puro Registrado, que desde hace décadas trabaja con inseminación artificial y una selección genética sostenida en el tiempo.
“Somos una cabaña pequeña, hace 30 años que estamos inseminando”, cuenta Barile a Río Negro Rural. El tamaño del establecimiento no impidió que la familia pudiera competir en las exposiciones y colocar sus reproductores junto a establecimientos de mayor escala.
De hecho, hace alrededor de siete años comenzaron a participar de manera habitual en la exposición de General Conesa, donde encontraron un ámbito comercial que les permitió mostrar y vender sus animales. “Se vende bien y competimos con los más grandes”, destaca el productor ganadero sobre la experiencia.
Un toro pensado para el campo
La búsqueda genética de la cabaña tiene una característica que Gabriel explica con claridad: no apunta a producir animales excesivamente grandes ni sobreterminados. La idea es obtener un toro que pueda cumplir su función reproductiva y, una vez vendido, adaptarse rápidamente a las condiciones del campo donde deberá trabajar.

“Lo nuestro es buscar un toro un poco más chico, no tanta terminación o tanto darle de comer”, comenta.
La diferencia aparece especialmente cuando el animal deja el ambiente controlado de la cabaña y llega al establecimiento productivo. Para Barile, un reproductor acostumbrado durante dos años a una alimentación intensiva puede sentir mucho más el cambio que uno criado bajo un sistema más cercano al campo. “Este va a salir al terreno y no va a bajar tantos kilos como baja uno criado a campo”, sostiene.
Es una definición que resume buena parte del criterio de selección de la cabaña: privilegiar funcionalidad por encima de una presentación basada exclusivamente en el tamaño o la terminación.
La evaluación reproductiva también ocupa un lugar central. Los animales presentan circunferencias escrotales cercanas a los 40 centímetros, un dato que el productor destaca especialmente teniendo en cuenta que se trata de toros que no fueron llevados a grandes pesos mediante alimentación intensiva. “No creo que el toro tenga que estar tan terminado para después mandarlo a trabajar”.
Treinta años de inseminación
La genética no se construye de un año para otro. En la cabaña, la inseminación forma parte del manejo desde hace aproximadamente tres décadas. El rodeo de madres es sometido a controles durante todo el año y las inseminaciones se realizan tanto sobre las vacas adultas como sobre las vaquillonas. El seguimiento veterinario acompaña el proceso.
En los últimos años, uno de los reproductores que más satisfacciones les dio fue Frankie. Buena parte de los toros presentados en la muestra de General Conesa son hijos de ese animal, aunque la etapa de utilización de su semen ya terminó y ahora comienza una nueva búsqueda genética.
El semen se adquiere y las decisiones se toman junto con los veterinarios. Entre las líneas utilizadas aparecen distintas alternativas, con presencia de genética de Murmullos y Laguna del Toro, entre otras. “Elegimos con los veterinarios y vamos clasificando”, resume Barile.
La selección no se limita a los machos. Las madres son sometidas a un proceso estricto que busca sostener y mejorar la calidad del rodeo.
La vaca que no funciona, sale
De las aproximadamente 200 madres Puro Registrado, la reposición se realiza con un criterio exigente. Los animales son observados en distintas etapas y se hace una primera selección al destete y otra alrededor del año. A partir de allí se decide qué hembras permanecen para reforzar el plantel. “Si no tuvo cría, sale la vaca”, afirma Barile.
La frase sintetiza una filosofía de trabajo basada en la eficiencia productiva. Una vaca que no cumple con su función reproductiva no tiene lugar dentro del rodeo, independientemente de su potencial genético.
La reposición puede ubicarse en torno al 20 o 25 por ciento, aunque ese porcentaje también permite cubrir las bajas derivadas de problemas reproductivos o animales que finalmente no responden a las expectativas.
Para Barile, este proceso tiene además una consecuencia genética importante: cada año se va construyendo un rodeo de madres más eficiente. “Vas mejorando la genética ahí, en esa selección”, explica.
Un campo condicionado por el agua
El establecimiento familiar se extiende sobre unas 5.000 hectáreas, aunque la superficie realmente productiva para la ganadería bovina es mucho menor. Alrededor de 500 hectáreas corresponden al valle y el resto es, fundamentalmente, campo de secano y actividad ovejera.
El agua es una variable determinante. La presencia del arroyo Genoa y el comportamiento de las nevadas condicionan fuertemente el año productivo. “Si tenemos buenas nevadas, tenemos mucha agua. Y si no tenemos nevada, estamos sufriendo un poco”, cuenta el productor.
La situación climática de los últimos años generó dificultades. La sequía golpeó buena parte del sur y obligó a trabajar con mayores restricciones. Barile señala, sin embargo, que las nevadas registradas este año permiten mirar la próxima etapa con algo más de optimismo.
En materia ganadera, la cabaña mantiene índices reproductivos que el productor ubica por encima del 85 por ciento. Para un establecimiento de estas características, el dato adquiere especial importancia porque combina la selección genética con una realidad productiva marcada por la disponibilidad de agua y las condiciones naturales.
Una cabaña chica, una selección grande
La escala determina también la cantidad de animales que pueden ofrecerse anualmente. La cabaña produce alrededor de 15 reproductores destinados a la venta por año, aunque el proceso comienza con una cantidad mayor de machos.
Los animales que no reúnen las condiciones buscadas siguen otros destinos productivos. Algunos pueden terminar en el circuito de carne, dependiendo de los costos de alimentación y de las condiciones del mercado.
En este punto aparece otro de los desafíos de producir en una zona alejada de los grandes centros de abastecimiento. Gran parte de los insumos debe ser trasladada y el costo del flete tiene un peso importante. La alimentación suplementaria se complementa con balanceado y fardos adquiridos en la región, pero el transporte atraviesa buena parte de la estructura de costos.
Es una realidad que también obliga a tomar decisiones sobre la terminación de los animales. Alimentar durante demasiado tiempo a un reproductor puede significar más kilos, pero también más gastos y, según Barile, un animal más engrasado. “También se forma antieconómico si se engorda mucho”, sostiene.
El campo como cable a tierra
Detrás de la cabaña hay también una historia familiar. El campo fue adquirido por su padre, Carlos Barile, y con el tiempo se transformó en una actividad que trascendió la idea inicial de una inversión.
Gabriel cuenta que la familia desarrolla otras actividades comerciales y que el campo terminó funcionando como una especie de refugio frente a ese ritmo cotidiano. “Más que todo fue todos estos años un cable a tierra de otras actividades que tenemos, que son comerciales”, cuenta. Y agrega: “Tenemos mucha movida con eso, así que nos escapamos al campo”.
La estructura laboral es reducida. Dos o tres empleados permiten manejar el establecimiento, aunque la necesidad de sostener personal permanente también representa uno de los costos inevitables de la actividad.
La familia, mientras tanto, mantiene la dirección sobre las decisiones productivas y genéticas.
El desafío de sostener una línea
La cabaña no busca crecer indefinidamente en cantidad. La apuesta está puesta en sostener un tipo de animal definido y reconocible. La utilización de inseminación permite incorporar genética de reproductores destacados sin necesidad de contar con esos toros en el establecimiento. El proceso requiere planificación, evaluación y selección permanente. En ese camino, la familia fue construyendo una línea que tiene como denominador común la funcionalidad.
El objetivo es claro: animales que puedan competir en una exposición, pero que también respondan cuando abandonan la pista y entran en un campo productivo. Esa mirada explica la preferencia por toros moderados, con buena aptitud reproductiva y sin una terminación excesiva.
Puro Registrado, el escalón sobre el que se construye
Dentro del sistema de selección, el Puro Registrado ocupa un lugar central. Las madres deben pertenecer a esa categoría para que sus crías puedan avanzar dentro del esquema de la cabaña.
Para llegar a Puro de Pedigree, el proceso exige un nivel superior de exigencia genética: “Para Pedigree tenés que tener Pedigree”, resume Barile. La diferencia no es solamente genética. También supone más tiempo, mayor inversión y un trabajo más intenso.
Por eso, la cabaña familiar se mantiene principalmente dentro de un esquema de Puro Registrado, donde puede sostener su escala y, al mismo tiempo, avanzar en la mejora genética mediante selección e inseminación.
Es una estrategia coherente con el tamaño del establecimiento y con la filosofía productiva que Barile viene desarrollando desde hace décadas.
El valor de la funcionalidad
En tiempos en que las pistas de exposición suelen premiar animales de gran desarrollo y elevada terminación, Barile defiende otra mirada.
No reniega de la competencia. Por el contrario, sabe que la cabaña puede medirse con establecimientos de mayor escala. Pero entiende que el verdadero valor de un reproductor aparece después de la exposición, cuando debe trabajar durante años en un campo.
La genética, para él, tiene que expresarse en producción. Por eso la selección apunta a animales moderados, capaces de sostener condición corporal, con buenos atributos reproductivos y preparados para adaptarse a sistemas menos intensivos.
En definitiva, la historia de la cabaña de los Barile es la de una explotación familiar pequeña que encontró en la genética una manera de competir, pero que también construyó una identidad productiva propia.
Una identidad que combina tres décadas de inseminación, una selección estricta de madres, incorporación permanente de genética y una convicción sencilla: un buen toro no solamente debe verse bien en la pista; tiene que funcionar cuando llega al campo.
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