Recibió un campo de 8,4 leguas que «no daba plata», cambió la forma de manejarlo y hoy enfrenta la sequía en el desierto de la Patagonia
En un campo de 8,4 leguas, donde apenas caen 250 milímetros de lluvia al año, Gustavo Urcera encontró en el manejo holístico y la ganadería regenerativa una forma de enfrentar la sequía, recuperar el pastizal y sostener la producción. Más de diez años después, busca que el campo vuelva a parecerse al paisaje que conoció su abuelo.
Gustavo Urcera maneja un establecimiento de 8,4 leguas en la zona de la Salina del Bajo del Gualicho, en San Antonio Oeste, Río Negro. En este campo árido, donde las precipitaciones rondan los 250 milímetros anuales, la sequía forma parte de la vida productiva. Durante décadas fue considerado un campo malo, casi inviable.
"El campo no daba plata. Mi papá tenía que tener otra actividad para poder vivir del campo. Siempre fue un campo en crisis", recordó Urcera.
Después de más de diez años de manejo holístico y ganadería regenerativa, el productor sostiene una carga animal que antes parecía imposible, mide el pasto como una reserva estratégica y busca recuperar el paisaje que conoció su abuelo.
Hay una frase que funciona como una llave para entender su forma de producir: "El negocio es cómo defenderte de la sequía, no los años buenos".

Ocho potreros y un rodeo que se mueve
Hoy el establecimiento está dividido en ocho potreros. La cantidad de animales que puede haber en cada uno no es fija: el rodeo puede permanecer 46 días en un potrero y 26 en otro, dependiendo de la oferta forrajera, el estado de las plantas y las condiciones de recuperación.
"No me importa la cantidad. Lo importante es el tiempo que están los animales y el tiempo que no están", resumió.
En determinados movimientos se utiliza toda la hacienda para generar el denominado efecto manada, reducir la selección y aprovechar de manera más uniforme el material vegetal.
El rodeo de cría está compuesto por alrededor de 550 vacas y 15 toros, principalmente Hereford, con algunos toros utilizados para cruzamientos con Angus.
Durante la sequía, Cervera decidió sostener una carga animal elevada. Una de las razones fue productiva: "Si tengo más animales, la herramienta es más poderosa. Mi tractor es más grande".
También hubo una razón económica. "Si yo vendía una vaca, la vendía a 600.000 pesos y ahora la tengo que reponer a dos millones. Entonces dije: si yo vendo una vaca después no la repongo más".
La tercera estaba en el propio campo: los arbustos. Urcera descubrió hasta qué punto las vacas podían aprovechar ese recurso y comenzó a medir cuánto podía incorporarlo a la dieta. En el monte aparecen especies como molle, jarilla, chañar, mata negra, alpataco y matorro negro.
Durante la sequía, las vacas llegaron a consumir alrededor de un 60% de arbustos y un 40% de pastos, según las observaciones realizadas en el establecimiento.
Un campo marcado por la aridez de la Patagonia
Para Urcera hay cuatro elementos que explican por qué durante décadas aquel campo fue considerado casi inviable: el relieve, la aridez, las sequías y la desertificación.
El establecimiento comienza en sectores ubicados a unos 120 metros sobre el nivel del mar y desciende hacia zonas cercanas a las salinas, alrededor de 60 metros por debajo.
"Toda el agua se nos escurre. Llueve poco y lo poco que llueve lo perdemos, se nos va", explicó.
Por eso, sostiene, el productor no puede pensar solamente en cuánto llueve, sino en cómo capturar, conservar y administrar cada milímetro.
También está la desertificación. Urcera cuestiona que sea un fenómeno exclusivo de los lugares que visualizamos como desiertos.
"Hemos hecho las cosas tan mal que prosperaron las especies que se defendieron mejor de los herbívoros, no de la sequía", sostuvo.
Las plantas que eran consumidas reiteradamente fueron perdiendo capacidad de recuperación, mientras que aquellas con mecanismos de defensa, como las espinas, lograron prosperar. El resultado fue un paisaje cada vez más dominado por arbustos.
El pasto como reserva
En el secano, una lluvia no garantiza una producción inmediata y permanente. El pasto puede recibir un pulso de agua, crecer durante unos días y detenerse cuando la atmósfera vuelve a llevarse el agua disponible.
Por eso Urcera busca aprovechar esas ventanas. Si los animales están sobre el pastizal cuando llega la lluvia, pueden consumir parte de la hoja que la planta necesita para crecer.
"La hoja es una pantalla solar. Si no la cuidás, estás al horno", explicó.
La primavera es especialmente importante porque las plantas movilizan sus reservas y se preparan para el crecimiento. La estrategia consiste en llegar a esa estación con plantas fuertes.
"Yo quiero que la próxima sequía encuentre a mis plantas más fuertes", sostuvo.
El manejo del agua acompaña esa estrategia. El campo cuenta con tajamares y represas que captan agua de lluvia. Uno de los sistemas permite almacenar alrededor de cinco millones de litros.
Los animales no ingresan directamente a la represa: el agua se bombea hacia bebederos para controlar el acceso y preservar la fuente. Urcera analiza las cuencas y el relieve mediante mapas e imágenes satelitales para determinar por dónde corre el agua y dónde conviene capturarla.
La infraestructura también tiene un costo. El apotreramiento con alambrado eléctrico puede rondar entre 2.000 y 4.000 pesos por metro, dependiendo de las condiciones y de la mano de obra. En cambio, evita establecer un precio único para bombas y molinos porque depende de cada campo.
Cría bovina, con servicio natural
La producción principal es la cría bovina, con servicio natural. Urcera no utiliza inseminación artificial en este sistema. Las tasas de preñez y destete se mantienen, en años considerados normales, alrededor del 60% al 70%.
Pero la sequía impacta mucho más sobre la cantidad total de terneros que sobre el porcentaje. "No es lo mismo tener 60% de 300 vacas que 60% de 600 vacas", explicó.
Uno de los desafíos hacia adelante es mejorar el porcentaje de preñez. El servicio no está estacionado de manera rígida porque las condiciones climáticas son variables y el manejo debe adaptarse a cada temporada.
El peso de destete ronda los 120 kilos, aunque el establecimiento busca llevar los terneros hacia 160-170 kilos para comercializarlos como invernada cuando las condiciones lo permiten. Luego se destinan a establecimientos que completan el proceso de engorde.
En determinadas situaciones también utiliza destete precoz o anticipado. La herramienta permite reducir la presión sobre la vaca y ayudarla a recuperar condición corporal.
Pero Urcera advierte sobre el equilibrio: "Cuando tenés pesos de destete muy buenos, la que está pagando es la condición de la vaca".
Suplementar sin reemplazar el pasto
La suplementación aparece especialmente en momentos de déficit forrajero, pero con una premisa: debe ayudar al animal a aprovechar el recurso del campo, no reemplazarlo.
"Tenés que ayudar con un suplemento. Entonces tenés que usar dosis pequeñas", explicó.
Durante la sequía, la estrategia estuvo orientada principalmente a aportar proteína para mantener activo el rumen y permitir que las vacas aprovecharan alimentos de menor calidad, especialmente los arbustos.
Para limitar el consumo utilizan, entre otros mecanismos, sal en el suplemento y comederos dosificadores.
La respuesta de los animales también funciona como indicador para definir la dosis. "Cuando logramos aflojar la bosta al nivel que nosotros queríamos, esa es la dosis de suplemento que tenemos que darle", contó.
El objetivo es corregir la calidad de la dieta sin reemplazar el pastizal. "El animal tiene que seguir comiendo del campo, sea malo, sea poco, sea de baja calidad. No lo podés reemplazar", remarcó.
Tres kilos de carne por hectárea en la Patagonia
Urcera estima una producción cercana a tres kilos de carne por hectárea al año. En este ambiente, el número debe interpretarse en relación con las precipitaciones, el suelo, la ausencia de riego y la imposibilidad de depender de pasturas implantadas o reservas forrajeras.
"Si vos no tenés pasto, evidentemente la vaca empieza a comer arbustos, produce menos, podés tener menos carga", explicó.
Por eso, para Urcera, el verdadero indicador no es solamente cuánto produce una hectárea en un buen año, sino cuánto puede sostener el sistema a lo largo del tiempo.
El invierno que vuelve a dar una oportunidad
Después de tres años de sequía, el escenario climático comenzó a cambiar. Durante el invierno se registraron lluvias y Urcera señala que ya se habían acumulado alrededor de 200 milímetros.
Pero no se apura. Ahora la prioridad es que las plantas recuperen vigor y desarrollen raíces para llegar fortalecidas a la próxima etapa seca.
"No quiero que llegue una plantita así a pelear una sequía. Quiero que llegue una planta bien grande, con buenas raíces", explicó.
El campo que recibió de su abuelo
La historia productiva de Urcera está ligada a la de su familia. El establecimiento está cerca de cumplir un siglo y él divide esos años entre los aproximadamente 30 de su abuelo, los 30 de su padre y los que lleva él al frente de la actividad.
De su abuelo recuerda una imagen: "Mi abuelo decía que cuando llegó acá el pasto le llegaba a la panza de los caballos". Es el paisaje que Urcera quiere recuperar.
La familia atravesó durante décadas una transición entre la producción ovina y la bovina. Su padre quería avanzar hacia las vacas, mientras su abuelo defendía las ovejas. Las decisiones se tomaban muchas veces con información limitada, por lo que decía un vecino, un camionero o por experiencias de otros productores.
Gustavo creció viendo esa forma de producir y decidió no repetir la historia.
La pregunta que cambió el manejo en el "desierto de la Patagonia"
Entre 2012 y 2013 comenzó a acercarse al manejo holístico y a la ganadería regenerativa. No porque hubiera encontrado una receta mágica, sino porque tenía el "radar prendido".
"Me abrió la cabeza en el sentido de empezar a llevarme bien con la naturaleza", resumió.
La metodología propone recuperar las funciones del pastizal natural mediante períodos de pastoreo concentrado y descansos suficientes para que las plantas puedan recuperarse.
No se trata de sacar animales, sino de decidir cuándo entran, cuánto tiempo permanecen y cuánto descansan los potreros. "El tiempo es más importante que la cantidad", sostuvo.
En su sistema, los potreros no tienen una carga fija, sino días de pastoreo. Un mismo lugar puede ser utilizado por todo el rodeo y después permanecer en descanso durante semanas o meses.
"Durante seis meses estás pensando dónde van los animales, por qué razón y por cuánto tiempo", dice.
Para Urcera, el productor dejó de ser solamente un criador de vacas: tiene que convertirse en un criador de pasto.
De un campo "malo" a un campo con futuro
Después de más de diez años de manejo regenerativo, Urcera no dice que haya encontrado una fórmula definitiva. Dice que aprendió a mirar de otra manera.
"Lo que viví con la ganadería regenerativa en diez años no lo viví en los otros veinte", afirmó.
Al regresar de la recorrida, nos esperan su papá y su esposa con empanadas. La casa guarda fotos y recuerdos de distintas generaciones de una familia que hizo del campo una forma de vida.
Antes de despedirnos, queda resonando una frase: "Yo quiero volver al paisaje que vio mi abuelo".
Casi un siglo después de que su familia llegara a estas tierras, la apuesta sigue estando en el mismo lugar, aunque con otras herramientas y otra forma de mirar el ambiente.
Comentarios