Se conocieron cambiando plantines y hoy transforman un invernadero que le gana al viento de la Patagonia

Mirtha Rogga y Silvia Sánchez se encontraron a través de las semillas y hoy comandan "El Gigante", un espacio agroecológico en San Antonio Oeste que transforma el suelo arcilloso, burla a las ráfagas costeras y llena las mesas de los vecinos con verduras frescas.

Mirtha Rogga y Silvia Sánchez impulsan la producción agroecológica en el invernadero "El Gigante" de San Antonio Oeste. Foto: gentileza.

A las dos las une una misma convicción: que la alimentación saludable empieza en la tierra. También las une una historia construida entre semillas, intercambios de plantines y horas de trabajo bajo el sol patagónico. Hoy, Mirtha Rogga, de 64 años, y Silvia Sánchez, de 49, están al frente de un gran invernadero agroecológico en San Antonio Oeste, donde producen verduras de estación que llegan directamente a la mesa de los vecinos.

«Hemos tomado esta posta del cultivo agroecológico por comer cosas sanas, por trabajar la tierra«, resumió Mirtha al explicar cómo comenzó esta experiencia que hoy las tiene como referentes de la producción local.


Las semillas de este proyecto patagónico germinaron en la infancia y en las aulas


En el caso de Silvia, la motivación nació de una búsqueda personal. «Comenzó esta tarea por el deseo de comer alimentos naturales y también por seguir una tarea que hacía con su madre cuando era pequeña«, cuenta su compañera de trabajo.

La historia de Mirtha tiene otro origen, ligado a su carrera docente. Durante años trabajó en una escuela de jornada extendida y en 2013 impulsó un proyecto de huerta escolar. «Ahí cosechábamos aromáticas, hojas verdes como acelga y lechuga, habas y arvejas. Las cocineras usaban nuestros productos en el comedor de la escuela», recordó.

Tras jubilarse en 2019, lejos de alejarse de la tierra, decidió profundizar ese camino. Consiguió un espacio donde creó una huerta agroecológica pedagógica abierta a la comunidad. «Los niños pueden venir con sus maestros a trabajar, a conocer la huerta. También colaboramos con jardines de infantes y escuelas primarias ayudando a hacer huertas y dando charlas», explica.


Un encuentro entre semillas en la Patagonia


Mirtha y Silvia se conocieron de una manera muy común entre quienes producen: intercambiando plantines. «Nos conocimos por intercambios de plantines y así comenzamos este camino hermoso juntas en esta tarea de huerteras», relató.

En el invernadero se cultivan lechugas, acelgas, rúcula, espinaca y otras hortalizas de estación. Foto: gentileza.
En el invernadero se cultivan lechugas, acelgas, rúcula, espinaca y otras hortalizas de estación. Foto: gentileza.

La oportunidad de dar un salto llegó este año, cuando fueron convocadas por Rocío Fernández, del área de Ambiente municipal, para hacerse cargo de un invernadero perteneciente al programa provincial Río Negro Nutre KM 0.

«Nos ofrecieron trabajar en este invernáculo cero kilómetro otorgado por la Provincia», contó Mirtha.

El proyecto forma parte de una iniciativa impulsada por el Gobierno de Río Negro. «La Provincia instaló diez invernaderos de este tipo, distribuidos principalmente en parajes y pueblos pequeños. La idea es generar un volumen de alimentos frescos, de calidad y al alcance de la población», explicó.


«El Gigante» de la Patagonia


El invernadero tiene dimensiones importantes: 15 metros de ancho por 56 de largo. Actualmente utilizan aproximadamente la mitad de la estructura, unos 7,5 metros por 50 metros de fondo.

El espacio ya tiene identidad propia. «Le pusimos El Gigante porque realmente es muy grande», contó Silvia.

Además de participar cada quince días en la feria de artesanos y productores de El Galpón, en San Antonio Oeste, decidieron abrir las puertas del invernadero al público.

«Los sábados abrimos de 14 a 17.30. La producción se corta en el momento y se vende totalmente fresca», destacaron.


En la Patagonia, la producción cambia según las estaciones


La producción cambia según las estaciones. Durante otoño e invierno predominan las hojas verdes y las verduras de clima fresco.

«Tenemos cuatro variedades de lechuga, dos variedades de acelga, rúcula, espinaca, rabanito, cilantro, perejil, apio, habas, arvejas, repollo y cebolla de verdeo», enumeró Mirtha.

Con la llegada de la primavera y el verano se sumarán tomates, morrones, zapallos, zapallitos y melones, entre otros cultivos.

Tras jubilarse de la docencia, Mirtha Rogga encontró en la agroecología una nueva forma de enseñar y producir alimentos saludables. Foto: gentileza.

Aunque el emprendimiento recién comenzó a funcionar en marzo y todavía no existen estadísticas definitivas, las productoras estiman rendimientos cercanos a los 20 kilos de lechuga, 40 kilos de acelga y alrededor de 15 kilos de perejil por ciclo productivo.

Todo empieza con la elaboración propia de plantines. «Nosotras hacemos los plantines y después trasplantamos en el invernadero. También lo hacemos en nuestros espacios particulares», explicaron.


La Patagonia impone tiempos que la producción respeta


La producción agroecológica exige planificación y tiempos que no pueden acelerarse. «Trabajamos con plantación escalonada. Cuando vamos cosechando, vamos plantando nuevamente para no quedarnos sin stock», señalaron.

Los tiempos varían según cada especie. «Una lechuga tarda aproximadamente 60 días. Una planta de morrón puede tardar 150 días hasta la cosecha. Lo más rápido es la rúcula y el rabanito, que en unos 45 días ya se pueden consumir», explicaron.

En el caso del tomate, el trabajo comienza mucho antes. «Los plantines se hacen bajo cobertura, a fines de junio o principios de julio, para tener tomates en diciembre, sobre todo tomates cherry», detallaron.


Los desafíos de producir en la costa atlántica


La producción hortícola en San Antonio Oeste enfrenta condiciones particulares. «La problemática más grande que tenemos es el suelo«, afirmó Silvia.

Explicó que en algunos sectores predominan los terrenos muy arcillosos y en otros los arenosos, condiciones que obligan a realizar un importante trabajo de mejoramiento. «Hay que colocar mucha materia orgánica, ramas secas, guano de caballo, de cabra, gallinaza y hacer compostaje permanente», describe.

Cada otoño aprovechan incluso las hojas que caen en el pueblo para producir compost.

A eso se suma otro factor determinante: el viento. «En la zona atlántica tenemos mucho viento. Para las familias que tienen huertas es un gran desafío«, aseguran.


Un sueño que sigue creciendo en la Patagonia


Aunque el proyecto recién da sus primeros pasos, Mirtha y Silvia tienen clara la meta. «Queremos tener siempre la mayor cantidad posible de verduras y frutas de estación, seguir creciendo con la producción y respetar los ciclos naturales».

La aspiración final combina producción, educación y comunidad. «Poder venderle a toda la población sería nuestro sueño. Y seguir enseñando que cada persona puede cultivar en su casa una cebolla, una acelga o algunas aromáticas para sus comidas», concluyeron.


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