Tecnología y manejo de plagas para una fruticultura cada vez más exigente

Alberto Formiga, ingeniero agrónomo y titular de Kumei Mapu, conoce de cerca la transformación que atravesó la fruticultura del Alto Valle. Desde 1994, la empresa trabaja como representante de Chemotécnica y funciona como nexo entre la industria, los distribuidores y los productores, con una oferta que fue acompañando los cambios en las formas de producir y, especialmente, las crecientes exigencias de los mercados.

Alberto Formiga, titular de Kumei Mapu.

Alberto Formiga nació en General Roca, en una familia vinculada desde hace generaciones con la producción regional. Estudió Agronomía en Cinco Saltos y se recibió en 1973. Su recorrido profesional comenzó en General Conesa, donde trabajó vinculado a cultivos de tomate y morrón, para luego regresar a Roca y pasar por una firma dedicada a la comercialización de maquinaria e insumos agrícolas.

Más tarde ingresó a una empresa multinacional que fue cambiando de nombres hasta que, en 1994, pasó a desempeñarse como agente independiente. Ese fue el punto de partida de Kumei Mapu, un emprendimiento que lleva más de tres décadas ligado al abastecimiento de insumos y, particularmente, al manejo de plagas en la fruticultura regional.

“En el 94 nos nombraron agentes de la empresa y pasamos a ser independientes, ahí formamos este negocio”, recuerda Formiga.

Desde entonces, Kumei Mapu se convirtió en representante de Chemotécnica, una empresa que cuenta con distintas líneas vinculadas al sector agroquímico y también a la salud pública. En la actividad frutícola, uno de los principales ejes de trabajo son las feromonas para el control y monitoreo de plagas.

Fruticultura moderna



Formiga fue testigo de buena parte de la transformación productiva del Valle. La fruticultura que conoció en sus primeros años tenía poco que ver con los montes actuales, de mayor densidad, nuevas variedades y una búsqueda permanente de rendimiento y calidad.

Fruticultura Alto Valle de Río Negro y Neuquén.


“Pasamos de la fruticultura tradicional, de montes libres, a hoy, que son montes compactos”, dice a Río Negro Rural.

El cambio no fue solamente productivo. También modificó el perfil de quienes permanecen en la actividad. La necesidad de alcanzar mayores rendimientos, cumplir con protocolos y responder a las exigencias de los compradores internacionales fue dejando afuera a muchos productores que no pudieron afrontar el proceso de reconversión.

“Estamos en otra fruticultura, otra necesidad del mercado”, sostiene.

Para Formiga, no se trata simplemente de decir que el cambio fue bueno o malo. La propia demanda fue marcando el rumbo. Los mercados externos comenzaron a exigir cada vez más controles, certificaciones y límites estrictos en materia de residuos de productos fitosanitarios.

“Antes agarrábamos un producto que quizás controlaba tres plagas. Hoy son todos muy puntuales, muy específicos”.

Alberto Formiga, titular de Kumei Mapu.

“Los requerimientos exteriores de nuestros clientes van teniendo cada vez más exigencias. Se hace más difícil llegar a esos mercados”, señala.

En ese escenario, el manejo sanitario pasó a ser una herramienta mucho más precisa. Los productos dejaron de tener aplicaciones tan amplias y comenzaron a utilizarse de manera más específica, de acuerdo con la plaga que se necesita controlar.

“Antes agarrábamos un producto que quizás controlaba tres plagas. Hoy son todos muy puntuales, muy específicos”, explica.

Feromonas



Una de las líneas que trabaja la empresa desde hace décadas es la de feromonas de confusión sexual para carpocapsa y grafolita. También incorporaron soluciones para otras plagas y continúan acompañando la evolución de las herramientas disponibles para los productores.

Alberto Formiga, proveedor de insumos para la fruticultura en General Roca.


El principio es sencillo, aunque requiere un seguimiento permanente: generar en el monte una concentración de feromona que interfiera en la búsqueda de las hembras por parte de los machos y reduzca las posibilidades de apareamiento.

Pero la tecnología no termina en la colocación de los dispensers. El monitoreo permite determinar qué está ocurriendo dentro del monte y decidir si es necesario realizar una aplicación.

“Si hay caídas, tengo que entrar con el insecticida. Y si esto está bien, está en cero o el umbral es de una o dos capturas, no necesito hacer ninguna aplicación”, explica Formiga.

Para ese seguimiento existen trampas específicas que permiten conocer la población de la plaga. En determinados mercados, además, los controles son particularmente estrictos. Formiga menciona el caso de China, donde puede exigirse captura cero en determinadas condiciones.

El monitoreo, en estos casos, no es una tarea improvisada. Está a cargo de personas capacitadas que realizan controles periódicos, registran las capturas y elaboran informes. La información queda asentada y forma parte de la trazabilidad que hoy demanda la producción destinada a mercados exigentes.

Mayor precisión



El desarrollo de nuevas herramientas químicas enfrenta, además, una realidad diferente a la de décadas atrás. La presión de los mercados para reducir residuos y producir alimentos cada vez más inocuos hace que la aparición de nuevos insecticidas sea más limitada.

“Hoy no están apareciendo gran cantidad de productos nuevos en el mercado, por lo menos en insecticidas, porque empieza a tener mucha importancia el tema de los residuos”, explica Formiga.

Por eso, preservar las herramientas disponibles es uno de los desafíos centrales. El uso indiscriminado de un producto puede favorecer la aparición de resistencia en las plagas y reducir las alternativas disponibles para el productor.

“Hoy no están apareciendo gran cantidad de productos nuevos en el mercado, por lo menos en insecticidas, porque empieza a tener mucha importancia el tema de los residuos”.

Alberto Formiga, titular de Kumei Mapu.

“Hay que preservar esos productos porque en el futuro va a ser un poco difícil si se siguen utilizando de manera descontrolada”, advierte.

La estrategia pasa entonces por combinar herramientas, respetar dosis y momentos de aplicación y, fundamentalmente, monitorear. La posibilidad de saber qué está sucediendo en el monte permite evitar tratamientos innecesarios y utilizar los productos cuando realmente hacen falta.

El problema del asoleado



Entre las preocupaciones que observa Formiga también aparece el daño por el sol, un problema que puede tener un impacto directo sobre el valor comercial de la fruta.

Asoleado de fruta de pepita.


La pérdida de calidad puede significar que una fruta pase de una categoría superior a otra de menor valor y, con ello, que disminuya el ingreso final del productor.

“Pasa de grado elegido a segunda o de segunda a tercera y en cada paso de eso va perdiendo precio y, por lo tanto, la rentabilidad no es la misma”, explica.

En ese sentido, las mallas y otras tecnologías que se incorporan a los montes también pueden cumplir distintas funciones, mientras que las herramientas específicas para reducir los daños por exposición solar adquieren mayor relevancia en determinadas variedades.

Una cooperativa que sostiene a los pequeños



Formiga también observa el proceso desde otra perspectiva: la desaparición progresiva de productores pequeños.

El modelo de chacras de cinco o seis hectáreas, que durante décadas fue una parte importante de la estructura productiva del Alto Valle, hoy enfrenta enormes dificultades para sostenerse.

Desde Roca, Kumei Mapu distribuye productos fitosanitarios hacia toda la región.


“Ese modelo hoy no existe o es muy difícil de mantener”, sostiene.

En ese contexto, considera fundamental el papel que cumplen las cooperativas y las organizaciones de productores. La posibilidad de comprar en conjunto, acceder a determinados insumos y mejorar las condiciones de comercialización puede marcar una diferencia para quienes trabajan a menor escala. “Yo creo que es la única forma que tienen para defender el producto chico”, afirma.

Para el titular de Kumei Mapu, la tendencia a la concentración no es exclusiva de la fruticultura. Sin embargo, el proceso tiene consecuencias particulares en una actividad que históricamente estuvo sostenida por una gran cantidad de productores independientes.

“Hay que estar actualizado. Es un desafío para todos los participantes de la actividad”.

Alberto Formiga, titular de Kumei Mapu.

El futuro, entiende Formiga, estará marcado por una combinación de mayor productividad, nuevas variedades, tecnología y exigencias sanitarias cada vez más estrictas. “Hay que estar actualizado. Es un desafío para todos los participantes de la actividad”, resume.

La renovación varietal es parte de ese proceso. La búsqueda de fruta con mayor color y atributos que respondan a las preferencias de los consumidores obliga a los productores a reconvertir sus montes y adoptar nuevas estrategias.

También cambiarán las formas de aplicar los productos. La reducción de aplicaciones y el uso cada vez más preciso de las herramientas disponibles serán parte de una fruticultura donde la trazabilidad y el control de residuos tienen un peso creciente.

“Habrá que hacer menos aplicaciones, pero algunas siempre se hacen”, sostiene Formiga.

Drones y nuevas herramientas



Los drones para aplicaciones agrícolas aparecen como otra de las tecnologías que comienzan a ganar espacio, aunque Formiga considera que su utilización en fruticultura todavía es incipiente.

“Hay experiencias buenas”, señala. Incluso menciona clientes que ya realizan tratamientos con drones y obtienen buenos resultados, aunque entiende que todavía es una herramienta cuyo desarrollo dependerá, en buena medida, de quién realice las aplicaciones y de cómo evolucione la tecnología.

En otros cultivos, como alfalfa y maíz, el avance es mayor. Para la empresa, estos cambios también forman parte de un escenario que merece atención, especialmente frente al crecimiento de nuevas superficies bajo riego.

Pero el avance de cultivos con mayor mecanización también plantea un interrogante para el Valle: la fruticultura continúa siendo una gran demandante de mano de obra. “Es un desafío de futuro que la fruticultura no siga disminuyendo”, plantea Formiga.

Un mercado más abierto



En el negocio de los agroquímicos también hubo cambios en los precios. Formiga explica que en los últimos tiempos se registró una estabilización general y, en algunos productos importantes, incluso bajas significativas medidas en dólares.

Una de las razones está relacionada con el vencimiento de patentes de determinados productos desarrollados originalmente por un laboratorio. La aparición de nuevas marcas capaces de fabricar el mismo principio activo genera competencia y termina presionando los valores. “Mientras está cautivo, el precio lo pone uno. Cuando aparecen varias marcas con el mismo producto, el mercado se maneja de otra manera”, explica.

La empresa trabaja, además, con financiamiento comercial y observa actualmente una cadena de pagos relativamente normalizada, aunque con atrasos propios de la actividad y de los distintos momentos de cada temporada.

Para Formiga, el escenario no es sencillo, pero tampoco presenta hoy una situación crítica. “No son quizás las mejores épocas, pero el operativo está andando”, resume.

Treinta años acompañando al productor



Desde aquel 1994 en que comenzó a funcionar como agente independiente, Kumei Mapu fue construyendo una relación sostenida con la producción regional. La empresa se convirtió en un nexo entre los fabricantes, los distribuidores y los productores, en un rubro donde las decisiones sanitarias tienen cada vez más impacto sobre el resultado final.

La evolución de la fruticultura también modificó el trabajo de quienes proveen insumos. Ya no alcanza con ofrecer un producto. El productor necesita herramientas para monitorear, registrar, cumplir protocolos y responder a compradores que controlan cada vez más los residuos y la calidad.

En ese escenario, el desafío no pasa solamente por disponer de nuevas herramientas, sino por utilizarlas con precisión.

La trayectoria de Formiga permite observar ese cambio desde adentro: de los antiguos montes de baja densidad a las plantaciones modernas; de productos de acción amplia a herramientas específicas; de aplicaciones programadas a estrategias basadas en monitoreo; y de un mercado con menos restricciones a una fruticultura donde la inocuidad y la trazabilidad son condiciones para competir.

“Es el camino marcado”, dice Formiga. Y en ese camino, la tecnología, el conocimiento y la capacidad de adaptarse seguirán siendo parte central de la producción frutícola del Alto Valle.


¿Ya visitaste nuestro mapa interactivo? Hacé click AQUÍ para acceder al Atlas Productivo de la Patagonia. Todas las notas y videos de Río Negro Rural en un solo lugar.

Seguí AQUÍ el canal de WhatsApp del suplemento Rural de Diario RÍO NEGRO, donde recibirás novedades y material exclusivo sobre el agro de Río Negro, Neuquén y toda la Argentina.



Comentarios