«Nunca me hubiese imaginado estar en un circo»: la vida itinerante de una bailarina del Alto Valle
A sus 22 años y a poco de recibirse como profesora de danza, Luna Coronel pausó sus estudios tras una audición inesperada. Hoy vive en un tráiler y abraza el vértigo de la vida nómada.
Luna Coronel, la bailarina de Cipolletti que deslumbra en el Circo Rodas. (Gentileza).
A sus 22 años, Luna Coronel pensaba que su destino ya estaba establecido: a dos materias de recibirse, todo indicaba que sería profesora de danza contemporánea. Un día vio que necesitaban bailarinas para el Circo Rodas, durante su paso por Neuquén. Sin ningún tipo de expectativas de quedar, se postuló. Hoy integra el elenco y está de gira por el país. De repente, la vida le demostró que nada está escrito en piedra y que su recorrido recién empieza. «Nunca me hubiese imaginado estar en un circo y vivir así, un rato acá y otro allá», enfatizó.
Ahora, su casa es un tráiler en el que comparte habitación con una bailarina. De gira por la Argentina, alterna entre ensayos, funciones y coreografías que cambian constantemente, mientras aprende a convivir con la incertidumbre.
Del barrio Piedra Buena, en Cipolletti, a los escenarios del Circo Rodas
Luna se crio en Cipolletti, en el barrio Piedra Buena. Su madre es profesora de teatro y siempre le inculcó la pasión por el arte. Así, comenzó a bailar a los cuatro años y nunca paró.
Comenzó con el ballet y flamenco, aunque con el tiempo exploró otros estilos hasta descubrir la danza contemporánea. Bailar era su vocación, pero no confiaba en que podría ser una bailarina y vivir de eso.
Cuando terminó el secundario, estudiar el profesorado de danza contemporánea le pareció lo más atinado. Se mudó a Roca para asistir a sus clases en el Instituto Universitario Patagónico de las Artes (IUPA). El año pasado terminó de cursar y se volvió al Alto Valle, esta vez a Neuquén.
Solo le quedaban dos materias y el plan era aprobarlas en 2026. Sin embargo, se abrió un nuevo camino. A fines de marzo se enteró de que el Circo Rodas buscaba bailarinas para el espectáculo. Envió su CV, un video y pasó a la etapa presencial. «Yo no tenía fe en esta experiencia, pensé que no iba a quedar«, confesó.

No tenía zapatos de jazz, de hecho nunca había practicado ese ritmo «en profundidad», pero se presentó con sus zapatillas deportivas y la actitud de quien no deja pasar una oportunidad única. «Y quedé», relató.
Al principio era un trabajo dentro de todo habitual: iba a ensayar, hacía las funciones y volvía a su casa. Esa fue la rutina durante un mes, pero luego le ofrecieron salir de gira por el país con el resto del elenco. «¿Qué hago?», se preguntó. Le respondió esa niña que soñaba con bailar sobre un escenario.
«Pensé que iba a ser profesora y que ya no iba a poder ser bailarina como intérprete. Me había cerrado a esa idea y, de repente, apareció el circo y me hizo volver a creer que podía trabajar como bailarina», comentó. Puso en pausa la facultad, armó sus valijas y se aventuró a lo desconocido.

La Pampa, Buenos Aires y la rutina de una vida itinerante en el circo
La primera parada fue La Pampa. Ahí, Luna se habituó a vivir en un tráiler con el resto de los artistas cirquenses y a compartir habitación con una compañera. «Es una vida como si estuvieras de camping», graficó y señaló: «La experiencia me está enseñando muchísimo sobre la vida en general y sobre cómo valorar las pequeñas cosas».
A ello se le suma la alta exigencia de la disciplina con ensayos extenuantes y coreos que cambian constantemente. «Estoy aprendiendo muchísimo de Jonathan Plaza como coreógrafo, sus estructuras de coreografía y de técnica», destacó.
Cuando llegaron a Buenos Aires el ritmo se aceleró aún más: ensayo por la mañana y cuatro funciones por día, cinco días a la semana. «Hay días en los que digo, ‘¿por qué estoy acá?«, se cuestiona. Aunque alguna vez pensó en renunciar, las dudas se disipan rápidamente. «Cuando me fui amoldando, la verdad es que me empezó a gustar«, remarcó.
Es todo «muy inestable» y eso lo vuelve emocionante. «Una chica me dijo que un mes en el circo es como un año en la vida de una persona normal. Y es totalmente así», enfatizó.
Cuando las luces se encienden y la música invade la carpa, Luna sale a escena para la apertura y ya casi no se detiene hasta el saludo final. Baila durante los números de malabares y magia, participa en el segmento de los payasos y vuelve a aparecer antes del Globo de la Muerte.
Permanece atenta para alcanzar elementos, asistir a otros artistas o resolver cualquier imprevisto. Así, aunque repita el espectáculo hasta cuatro veces en un día, cada función plantea un desafío distinto. «Por más que hagas el mismo baile cinco veces, ninguna vez es igual. Todo es un descubrimiento», describió.

El próximo destino es Santa Fe y luego volverá a Neuquén para las fiestas. Presiente que el fin de sus días en el circo llegará con el cierre de este 2026. «Siento que esta experiencia en algún momento se va a terminar. Yo no vengo de una familia de circo», reconoció. Sin embargo, no descarta ninguna posibilidad: «Yo me iba a ir del circo la primera semana, iba a renunciar, y acá estoy. Nunca digas nunca».
El auge de la serie de Moria Casán le reavivó su anhelo por llegar a la calle Corrientes, en Buenos Aires. «Es mi sueño«, comentó. Frente a tanta incertidumbre sobre el futuro, la tranquiliza saber que en el Alto Valle la espera Astra Producciones, la productora que fundó en Alto Valle hace dos años que quedó a resguardo de un amigo.
La única certeza es que, vaya donde vaya, la acompañan el ritmo, su talento y el apoyo incondicional de su familia. «Andá, viví la experiencia. Fijate si te gusta y, sino agarrás tus cosas y te volvés. Siempre podés volver», le dijo su madre antes de emprender el viaje.
Una experiencia inmersiva en el circo
Según relató la bailarina cipoleña, Luna Coronel, el espectador que asiste a la función se encuentra con un universo diseñado para mantener el asombro durante las dos horas. Es una experiencia inmersiva y vertiginosa, en un escenario que, como ella misma vive cada noche, no da tregua.
El cuerpo de baile funciona como el hilo conductor de toda la velada. “Aportamos la estética y las coreografías que enlazan los números”, comentó. Así, el público transita por una montaña rusa de emociones: desde la tensión hipnótica en los actos de ilusionismo y magia, hasta la destreza milimétrica de los malabaristas que desafían la gravedad.
La bailarina también destaca cómo el humor, pilar histórico del circo, cobra vida en los payasos, quienes arrancan carcajadas interactuando con las gradas. Pero si hay un clímax indiscutido que paraliza la carpa, Luna no duda en señalar el Globo de la Muerte. Ella misma participa en la antesala, preparando el clima antes de que el rugido de las motocicletas llene la esfera metálica.
Cuando era niña adoraba ir al circo. Ahora es ella quien se para sobre el escenario para entretener al público.
A sus 22 años, Luna Coronel pensaba que su destino ya estaba establecido: a dos materias de recibirse, todo indicaba que sería profesora de danza contemporánea. Un día vio que necesitaban bailarinas para el Circo Rodas, durante su paso por Neuquén. Sin ningún tipo de expectativas de quedar, se postuló. Hoy integra el elenco y está de gira por el país. De repente, la vida le demostró que nada está escrito en piedra y que su recorrido recién empieza. "Nunca me hubiese imaginado estar en un circo y vivir así, un rato acá y otro allá", enfatizó.
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