Una chacra frutícola de seis hectáreas en la Patagonia que pasó de una crisis profunda a ser orgánica y sustentable
Cristian Palermo tiene 47 años y trabaja desde la adolescencia en la chacra familiar en la zona rural de J.J. Gómez, en General Roca, adquirida por su abuelo en 1939. Actualmente produce peras y manzanas, con toda la superficie certificada como orgánica y equipada con riego por aspersión para defensa contra heladas.
Cristian Palermo, en su chacra de seis hectáreas en la zona rural de J.J. Gómez, en General Roca. Fotos: Andrés Maripe.
La chacra frutícola familiar de Cristian Palermo tiene seis hectáreas y mantiene la misma superficie desde que su abuelo Mario la compró en 1939, en la zona rural de J.J. Gómez.
Por aquellos años Mario Palermo trabajaba en el hoy denominado INTA Viejo, ubicado frente a la chacra, y comenzó a desarrollar el monte frutal con plantas provenientes del vivero de la institución.
Cuando el papá de Cristian cumplió los 18 años y regresó del servicio militar tomó a su cargo el proyecto productivo, mientras Mario continuó trabajando en el INTA hasta jubilarse.
La tercera generación llegó con una dinámica similar cuando Cristian dejó la escuela secundaria a los 17 o 18 años y se incorporó definitivamente a la actividad junto a su padre. “No estudié nada relacionado con esto. Me dijeron: o estudiar o trabajar, y agarré la pala”, recuerda ante la consulta de Río Negro Rural.
Con 47 años, Cristian Palermo continúa al frente de la chacra. Su padre, ya jubilado y con 86 años, todavía participa durante la cosecha y realiza algunas tareas en el establecimiento.
“No estudié nada relacionado con esto. Me dijeron: o estudiar o trabajar, y agarré la pala”.
Cristian Palermo, productor frutícola en General Roca.
“A mí me gusta. Se ha vivido toda la vida de la chacra”, explica sobre su profesión.
La explotación que comenzó hace décadas fue cambiando con el paso del tiempo. Los montes tradicionales fueron reemplazados por plantaciones de mayor densidad y nuevas variedades. La reconversión comenzó en 1996 y actualmente prácticamente toda la superficie está plantada, incluso sectores cercanos a las acequias.
Modernización
Hoy la chacra está conformada aproximadamente por un 75% de peras, con predominio de la variedad Williams, pero además hay Packhams, Red Bartlett y D’Anjou y un 25% de manzanas, entre las que se cuentan Red Chief y Galaval, buscando especialmente mejores características de color.

La reconversión modificó de manera importante la estructura de los montes. Uno de los cuadros que había plantado su abuelo tenía una distribución tradicional, con siete metros entre plantas y 18 filas. Hoy, ese espacio pasó a tener 30 filas, con alrededor de 120 plantas por fila.
En otra hectárea se incorporaron unas 3.200 plantas de nuevas variedades solicitadas por los mercados, que en esta temporada buscan entrar en un volumen de producción comercial.
El objetivo ya no pasa solamente por obtener kilos, aunque sigue siendo una variable importante. La calidad de la fruta, y particularmente el color en las manzanas, tiene un peso determinante en la comercialización. “Cuanto vos mejor producís, mejor te va, porque más fruta te exportan y es lo que vale más”, explica Palermo.
Reconvertir sin planificar
La distribución actual entre la oferta de peras y manzanas que atraviesa el mercado está relacionada con decisiones tomadas años atrás. Palermo explica que durante mucho tiempo se arrancaron montes de manzana para plantar pera Williams, porque era una variedad con buena demanda en años pasados.

El problema es que una plantación frutal requiere varios años para comenzar a producir. “Esto no es como una planta de tomate o una planta de zapallo, tarda mucho en dar”, sostiene el productor.
En el caso de su chacra, además, el tamaño reducido de la explotación obliga a aprovechar cada superficie disponible. Cuando se arranca un monte, existe un período en el que no se puede volver a plantar inmediatamente ya que hay que dejar sanear el suelo, algo que condiciona todavía más las decisiones.
Por esa razón, Palermo considera que las reconversiones deben realizarse con mayor planificación. La propia cooperativa a la que entrega la fruta comenzó a recomendar qué variedades plantar de acuerdo con las posibilidades de comercialización.
El exceso de pera que existe actualmente en buena parte del Valle es, precisamente, una consecuencia que el productor observa con atención. “Ahora hay mucha cantidad de pera y falta manzana”, resume. Pero también advierte que si la reconversión hacia manzana se realiza sin coordinación puede generarse en el futuro el mismo problema pero a la inversa.
Una gran decisión
El año 2015 marcó un cambio importante en la explotación familiar de la familia Palermo. Hasta entonces siempre habían comercializado su producción a través de distintos operadores. Pero en 2013, 2014 y 2015 quedaron con tres cosechas sin cobrar. La situación dejó a la familia sin capital de trabajo.

“Estábamos complicados y salió la posibilidad para entrar a la Primera Cooperativa Frutícola”, recuerda.
Para poder afrontar la primera campaña de esta nueva etapa, la familia tuvo que solicitar un crédito bancario. Entregaron la fruta a la cooperativa y, después de recibir una liquidación que consideraron positiva, pudieron cancelar ese préstamo. A partir de allí comenzó una recuperación gradual.
“Yo la veo como que a nosotros nos salvó la vida”, afirma Cristian.
Con el paso de los años y liquidaciones de temporada que les permitieron planificar llegaron nuevas inversiones: tractores, herramientas, una curadora, nuevas plantas y el sistema de riego por aspersión.
Volver a invertir
Palermo tiene una idea clara sobre el destino de los recursos que genera la chacra: una parte es para vivir y otra debe regresar a la explotación. “Si tenés retorno, el productor es de meter dinero en la chacra, porque es lo que le da”, sostiene.

Actualmente tiene las seis hectáreas cubiertas con riego por aspersión, una inversión que considera fundamental tanto para la producción como para la defensa contra las heladas.
Toda la chacra está certificada como orgánica. La transición comenzó después del ingreso a la cooperativa y demandó tres años hasta obtener la certificación.
En cuanto al precio, reconoce que la diferencia entre fruta orgánica y convencional ya no es tan grande como durante los primeros años. “No hay mucha diferencia, pero algo ayuda todavía”, señala.
Defensa contra las heladas
La incorporación del riego por aspersión fue uno de los cambios tecnológicos más importantes de la chacra. El sistema fue instalado para cubrir toda la explotación y tiene una función central durante las heladas. “Nunca pensé en poder tener riego por aspersión, pero con los números más ordenados se pudo hacer”, afirma.
En este sentido, Palermo destacó que el clima sigue siendo una variable determinante en la producción.
Las últimas lluvias en la región no tienen grandes efectos sobre los frutales de pepita, pero sí condicionan el ingreso de la maquinaria al terreno para realizar las tares culturales, como por ejemplo el abonado del suelo previo a la temporada de brotación.
La preocupación también está puesta en las temperaturas y en el riesgo de que la humedad adelante la actividad de las plantas y luego aparezcan heladas.
A esto se suma el granizo y el golpe de sol. Palermo considera que una malla antigranizo permitiría reducir varios de estos riesgos al mismo tiempo. “El ideal sería toda la chacra. No solo sirve para el granizo: ayuda mucho para el viento y para el asoleado”, explica.
“Nunca pensé en poder tener riego por aspersión, pero con los números más ordenados se pudo hacer”.
Cristian Palermo, productor frutícola en General Roca.
El problema es el costo. Para cubrir las seis hectáreas calcula una inversión cercana a los 100 millones de pesos, además de la estructura necesaria para instalarla.
Por eso mira con interés las líneas de financiamiento, aunque entiende que las condiciones deben ser compatibles con la capacidad de repago de una explotación pequeña. “La malla se ve más difícil”, reconoce.
Calidad y rendimiento
En la chacra de Palermo el rendimiento se ubica actualmente entre los 52.000 y 55.000 kilos por hectárea.
El productor no apunta necesariamente a aumentar el volumen. “Más de eso no nos da el monte”, explica. Incluso los sectores próximos a las acequias están plantados. “No hay casi espacio muerto”, señala.
Pero la cantidad de kilos no es el único indicador que considera importante. Palermo trabaja para elevar el porcentaje de fruta elegida y de primera calidad. Actualmente estima que se encuentra alrededor del 92 o 93%, con el objetivo de acercarse al 95%. “Cuanto más fruta elegida tenés de primera, mejor te va”, reitera Palermo.
Después de una crisis comercial que casi dejó a la familia sin capacidad de producción, el ingreso a la Primera Cooperativa Frutícola permitió recuperar previsibilidad y volver a poner en marcha el proceso de inversión. Hoy, once años después, Palermo sigue trabajando las mismas seis hectáreas, pero con un esquema productivo muy diferente al que tenía cuando comenzó.
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La chacra frutícola familiar de Cristian Palermo tiene seis hectáreas y mantiene la misma superficie desde que su abuelo Mario la compró en 1939, en la zona rural de J.J. Gómez.
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