Sergio, la tristeza de vivir en un auto

A los 62 años, Sergio Acuña tiene una vida plagada de sinsabores. Primero perdió su familia, luego se enfermó, comenzó a deambular por geriátricos y terminó en la calle. Hasta que un Fiat Uno se convirtió en su hogar y desde allí cuenta su historia.

Por Redacción

Frente al Hospital, desde hace un año un Fiat Uno es la casa del “hombre del auto”. Sergio Acuña tiene 62 años, está solo en la vida y dice que, pocos lo saben, pero son muchos los que viven en las calles del centro donde pasan cosas oscuras y la solidaridad de la gente es gigante.

Se levanta a las 8 y en el quiosco verde llena el termo de agua caliente para el mate. Después le ayuda a vender bolsas de residuos a un amigo. Almuerza una lata de atún con una jardinera en el asiento del auto lleno de cajas y se recuesta a dormir una siesta. A la tarde espera que pase el día, mientras cuenta algunas de sus siete vidas. Antes del 2013 Sergio vivía en su casa de Villa Ceferino con su esposa y sus tres hijos. Ese año se fue a Cervantes a trabajar a una chacra y al llegar a su casa, se encontró con que ella lo había denunciado. En ese tiempo, una enfermedad lo sacó del hogar y nunca más pudo volver. Por un problema en el riñón lo operaron y estuvo una semana internado. Cuando le dieron el alta, un amigo le prestó un departamento.

“Cuando me bajo de la ambulancia, me dan tres ACV. Estuve un día tirado, pasé la noche ahí en el piso y al otro día me descubren unos albañiles y vuelvo al hospital”, comentó.

Pasó el tiempo, se recuperó, pero se quedó solo. Así fue que lo llevaron tres meses al Chañar y de ahí a un geriátrico de Centenario. “Me costó una barbaridad salir de ahí, porque me habían tratado de loco y me mandaron al psiquiatra”, contó.

Cuando pudo salir, una de sus hijas lo recibió en su casa, pero el tenía problemas con su mujer, lo perseguía. Tenía una orden de restricción y la hija estaba dentro del radio de prohibición por lo que volvió a la calle.

No tenía ropa, solo con lo puesto, decidió irse a vivir al cajero del hospital. Juntó unos cartones y armó su cama cada noche. Así pasó dos meses, hasta que su hija le llevó el auto. Ahora, dice que la municipalidad le designó ese lugar y tiene libre estacionamiento por discapacidad.

“No puedo trabajar, porque tengo una enfermedad, pero ahora cobro una pensión que me tramitaron las asistentes sociales del hospital”, confió. Se define como albañil, constructor, oficial especializado. “Me das el material yo te entrego las llaves”, dice y cuenta que una vez se cayó de un andamio de diez pisos.

A la noche a veces se duerme bien, otras no tanto. Jura que todos en la cuadra son sus amigos. La gente de la iglesia evangelista va varias veces a verlo y le acercan algo calentito. “Hay mucha solidaridad de la gente, de los vecinos, me traen ropa, comida”.

A futuro piensa que podría ayudar a los evangélicos y a las personas que viven en la calle. “Somos muchos, pero pocos nos ven. Estamos tirados en un cartón o abajo de un árbol y te encontrás con todo: la delincuencia, las drogas, las miserias. Y uno decide si seguir o no”.

El destino

“Somos muchos los que estamos en esta condición, pero pocos nos ven. Estamos tirados en un cartón con delincuentes, las drogas y las miserias”.

“No puedo trabajar porque tengo una enfermedad, pero ahora cobro una pensión que me gestionaron”.

Sergio Acuña cuenta su dilema de vivir en la calle.

Datos

2013
fue el año que Sergio vivió por última vez en familia, una serie de enfermedades lo llevó a deambular y terminar solo.
“Somos muchos los que estamos en esta condición, pero pocos nos ven. Estamos tirados en un cartón con delincuentes, las drogas y las miserias”.
“No puedo trabajar porque tengo una enfermedad, pero ahora cobro una pensión que me gestionaron”.

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