Sierra Grande tiene Almafuerte

Abren el show los grupos invitados Malacara y Proyecto Belcebú.



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“Con Ricardo llevamos dieciocho años en Almafuerte”, resume el “Tano”, que esta noche hará moverse a los seguidores de la banda.

Hoy, Almafuerte traerá su último trabajo “Trillando la fina” y los clásicos, a Sierra Grande, más precisamente al Polideportivo Municipal, Docentes Argentinos entre 8 y 10. Malacara y Proyecto Belcebú abrirán como bandas invitadas. El cuarteto de Ricardo Iorio, el guitarrista Claudio “Tano” Marciello, Roberto Beto Ceriotti también en bajo, y el baterista Adrián Bin Valencia fue fundado por Iorio tras la disolución de Hermética, su anterior grupo, en diciembre del 94. “Esto es el resultado de un trabajo de años. Con Ricardo llevamos dieciocho en Almafuerte. Y nos dedicamos todo el tiempo posible a la música que es parte fundamental de nuestras vidas. Pero no todas fueron buenas. Hemos hecho de todo para ganarnos el mango. Yo hasta he vendido repasadores por la calle, trabajé en la construcción, en una carpintería, hombreando bolsas… A Iorio le ha pasado algo parecido. Beto se dedicaba a la herrería y lo hace todavía con muy buenos trabajos. A la música le dedico, ahora, todo lo que puedo con el grupo, con mi banda o grabando mis temas, como estoy haciendo en estos días. No tengo un horario, un momento del día, pero siempre estoy con la guitarra”, le dice a “Río Negro “ Claudio Rosanno Marciello. –El resultado también se relaciona con una estética, con un modo particular de sonar y de decir del que no se han desviado. –Sí. Tenemos una línea que respetamos desde que formamos Almafuerte, siempre sobre el rock pesado, aunque también incursionamos un poco en el folclore y el tango, que a Ricardo le gustan mucho. Pero siempre sobre letras que pinten con trazos fuertes, y los hacemos con nuestro estilo. No puede ser de otra manera para nosotros, lo sentimos así. –¿De qué modo componen con Ricardo? –Él está a setecientos kilómetros de Buenos Aires, por Sierra de la Ventana. Es muy lindo, con las sierras, pero hay que acostumbrarse, no es fácil tanta tranquilidad, la soledad, el invierno que es duro, un poco patagónico en esa parte. Así que yo laburo la melodía, la voy armando por partes y cuando la tengo terminada la grabo en un estudio que hice para eso, acá en San Justo, donde vivo. Voy juntando canciones en un CD y se los mando para que Ricardo ponga las letras. El se apoya sobre esa base. Es su parte. Me surge una idea musical y la dejo unos días, a veces vuelve, a veces no. De allí puede salir otra y otras. Siempre con la viola. Cuando ya tengo el tema, como toco un poco de bajo y de batería, armo una maqueta que paso a Beto y a Bin, y entre todos terminamos de darle forma. Eso le paso a Iorio y no sé cómo se las arregla para meter las palabras, pero lo hace. Yo ahí no me meto. Siempre cuenta las cosas que va viviendo, sus experiencias, su manera de ver. –En “Mamuil Mapu” (pista 10 de “Trillando la fina”) hay muchísimas palabras en mapuche. –Son de lugares que Ricardo ha recorrido, andando por la provincia de La Pampa, cambiando de pueblo en pueblo. Como si fuera sacando fotos mientras viaja. Si lo escuchaste tiene un ritmo muy enérgico y cuando lo estrenamos en Santa Rosa, a medida que aparecían los nombres de, qué sé yo, Caleu Caleu, Quemú Quemú, Toay, Realicó, Guatraché, en distintas partes del público, los pibes agitaban los trapos haciéndose ver y festejando que los nombráramos. Me hacía acordar cuando íbamos a despedir a mis tíos en el puerto cuando era chico. Yo soy primera generación de italianos nacidos en Argentina, mi hermano Pablo –ya fallecido– y yo. Cuando venían de Italia a visitarnos, íbamos en patota a despedir a las tías al puerto de Buenos Aires en Rastrojero Diesel, algún Fiat 600 y desde la orilla del río agitábamos igual los pañuelos mientras el barco se iba alejando. Yo era pibe pero esa imagen me quedó grabada. Mis viejos y mis abuelos vinieron de Nápoles, y acá se hicieron, trabajando toda su vida. Tendría ocho, nueve años y los fines de semana, que no íbamos a la escuela y podíamos quedarnos más en la cama, mi viejo nos levantaba temprano, ¡arriba, vamos! Y lo ayudábamos a construir la casa que era de esas que se fueron levantando de a poco, agregando piezas arriba para que vivieran los hijos. Yo soy de la época del pastón más que del trompo, de la roldana y la soga para levantar el balde con arena, de cuando mi hermano me voleaba los ladrillos para apilarlos en el techo. No teníamos descanso, pero nos gustaba porque sabíamos que estábamos ayudando a construir algo nuestro. Y para eso había que laburar en cuanto tiempo libre hubiera. Nosotros ayudábamos y de paso aprendíamos a trabajar y que trabajando ganábamos el mango o colaborábamos a ahorrarlo. Y eso me marcó para toda la vida, le dio un sentido, y como te dije, cuando no había dónde tocar música, hice de todo. Ahora es igual, mientras salimos de gira con Almafuerte yo estoy grabando un disco mío nuevo y Ricardo está haciendo uno de tango con los hermanos Jorge y Carlos Cordone, que fueron guitarristas de Edmundo Rivero. Dos fenómenos con mucha historia tanguera, que no sabés la polenta que tienen.

Eduardo Rouillet


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