Sin respuesta posible
Aunque las dificultades habrán contribuido a deprimir a Favaloro, es irracional sugerir que en cierta manera el gobierno lo mató.
Parecería que en la Argentina ninguna persona conocida puede suicidarse por su voluntad ni morir en un accidente automovilístico debido a la negligencia propia. Siempre hay un «culpable», el cual, por lo común, será ya el gobierno de turno o ya «la sociedad» en su conjunto, de suerte que no ha sorprendido a nadie el deseo de tantos de atribuir el suicidio del doctor René Favaloro al equipo encabezado por Fernando de la Rúa. Tan fuertes han sido las insinuaciones en tal sentido, que el presidente mismo se ha creído constreñido a aclarar que una carta escrita por el médico en la que le suplicaba ayuda sólo había llegado en vísperas del suicidio y que la había abierto dos días después, mientras que distintos voceros oficiales han estado aclarando que el PAMI le había pagado a la Fundación del médico todos los fondos correspondientes, si bien aún quedaba la cuestión de una presunta deuda que la Justicia tendrá que resolver. Aunque, como es natural, las dificultades de toda índole supuesta por el tener que medirse con la burocracia estatal y una Justicia laberíntica habrán contribuido a deprimir al cardiocirujano más famoso del país, es totalmente irracional sugerir que en cierta manera el gobierno lo mató.
En la carta, Favaloro pedía que el presidente intercediera ante empresarios «para obtener un aporte de seis millones» de pesos, y es posible que de haberla recibido a tiempo De la Rúa lo hubiera hecho, además de ayudarlo a gestionar créditos ante organismos internacionales como el Banco Interamericano de Desarrollo, pero aun así no hubiera podido asegurar el futuro de una Fundación que, como muchas otras del mismo tipo, sencillamente no contaba con ingresos suficientes como para cubrir sus gastos. No se trata de un problema exclusivamente argentino – en el mundo entero la demanda de atención médica es virtualmente ilimitada, a diferencia de la oferta que siempre depende de los fondos disponibles-, pero aquí es más grave que en muchas otras latitudes porque la Argentina es un país más pobre de lo que la mayoría parece creer.
De todos modos, frente a los pedidos de ayuda formulados por Favaloro y de otros que son menos célebres, el gobierno se ve en una situación sumamente difícil. Aunque casi todos lo aplaudirían si decidiera darles lo que necesitaban haciendo hincapié en la importancia de los aportes de las fundaciones al bienestar común, muy pocos lo harían al darse cuenta de que en última instancia los encargados de solventar los costos serían los contribuyentes, es decir, ellos mismos. La sociedad argentina es gastadora y quiere que el Estado cumpla un papel muy activo respaldando muchas cosas, pero no le gusta para nada cuando llegan las facturas. Por eso, los mismos que protestan con furia contra el «impuestazo» son igualmente vehementes en su oposición al «ajuste» sin que se les ocurriera que su actitud es contradictoria.
Por supuesto, es legítimo criticar a «los empresarios» por no haber manifestado demasiado interés en aportar dinero a la Fundación Favaloro, pero ya se sabe que en nuestro país escasean los multimillonarios con vocación de mecenas, deficiencia que puede atribuirse a las tradiciones nacionales en la materia y a las leyes de herencia que las reflejan. De todos modos, mientras que en los Estados Unidos y en algunos otros países los empresarios más exitosos o, por lo menos, más ricos, fundan universidades, bibliotecas, museos, institutos de investigación, etc., aquí optan por hacerse dueños de alguno que otro club de fútbol, ambición que, huelga decirlo, merece la plena aprobación de muchos políticos populistas. Podría argüirse que Favaloro fue «víctima» de la situación así supuesta, pero según parece la mayoría preferiría señalar con el dedo al gobierno como el «responsable» principal de la desgracia, confirmando de este modo que a pesar de todo lo sucedido en los años últimos una proporción muy significante de la población, incluyendo al grueso de la clase media profesional, aún no ha entendido que los días en los que el gobierno podía pretender solucionar todos los problemas económicos de entidades como la Fundación Favaloro ya se han ido y no volverán en mucho tiempo, si es que eventualmente lo hagan.