Sin tregua
El drama educativo se ha visto distorsionado durante décadas por los salarios absurdamente bajos.
Puede que las críticas que formuló el ministro de Educación Juan José Llach contra la conducción de la CTERA antes y después del paro docente hayan sido justas. En efecto, es evidente que al sindicato le interesa más la política en el peor sentido de la palabra que el futuro cada vez menos promisorio de los millones de jóvenes que son las víctimas principales de una «lucha» por mejoras salariales y ahora contra el «Pacto Federal Educativo» que según parece no tendrá fin. También está en lo cierto Llach cuando señala que el gremio se resiste a todo cambio y que las «conquistas» que defiende son indefendibles. Como dijo, los estatutos que rigen las actividades de los maestros son «tremendamente permisivos y existen regímenes de licencias que son exorbitantes.» Es llamativo el ausentismo mientras que el país no puede darse el lujo de despilfarrar más de mil millones de dólares anuales en «sobrecostos burocráticos».
Con todo, si bien es patente que Llach tiene razón, no lo es que sus embestidas contra la Ctera y su jefa, Marta Maffei, servirán para aumentar las posibilidades de que algún día el país cuente con un sistema que sea capaz de brindar «una buena educación para todos». Bien que mal, durante mucho tiempo el país tendrá que arreglárselas con los docentes que efectivamente se dan, motivo por el cual convendría que la relación entre el gobierno y los sindicalistas que, le guste o no, los representan fuera un tanto menos conflictiva. Aunque en este ámbito sería utópico pedir armonía, un gobierno hábil debería estar en condiciones de asegurar que haya una tregua prolongada que le permita introducir reformas sin desatar una nueva serie de paros y movilizaciones.
Lo mismo que sus equivalentes de otros países, la Ctera es una organización esencialmente conservadora, lo cual puede entenderse porque en todas partes los docentes se sienten amenazados por las exigencias que les plantea la sociedad. Por cierto, no se limita a la Argentina la sensación de que la educación tal como es no prepara a los jóvenes para el mundo moderno: es universal. También lo son las presiones para que los colegios se «actualicen», modificando una y otra vez los programas de estudios, introduciendo materias como el inglés o la computación y eliminando otras tradicionales. Como es lógico, a los docentes no les causa ninguna gracia ser acusados, velada o abiertamente, de ser los responsables del presunto atraso de los colegios. Asimismo, son pocos los que aceptan que les es necesario cambiar sus propios métodos de enseñar y aún menos los que puedan hacerlo con facilidad. Para hacer frente a los muchos problemas así planteados, en algunos países las autoridades han adoptado una actitud bastante agresiva, obligando a los colegios y por lo tanto a los docentes a rendir cuentas ante examinadores severos para que los resultados sean difundidos en seguida por los medios de comunicación, esquema que, claro está, es resistido obstinadamente por los sindicatos. En otras jurisdicciones, entre ellas muchas en los Estados Unidos, suelen subrayarse los incentivos, modalidad acaso más eficaz porque por lo menos estimula a los docentes a colaborar.
Aquí el drama educativo se ha visto distorsionado durante décadas por niveles salariales absurdamente bajos, los cuales han incidido profundamente en lo que en otras latitudes es una profesión prestigiosa. Por eso, no puede sorprender a nadie el hecho de que tantos docentes acaten las órdenes de personas como Maffei a pesar de los perjuicios que ocasionan los paros a los sectores más rezagados de la sociedad. Pero aun cuando los docentes comenzaran a ganar salarios dignos – cambio que generaría más conflictos debido al ingreso de muchos jóvenes que de otro modo no soñarían con emprender una carrera como educadores -, los enfrentamientos no terminarían. En una época en que todos entienden que el futuro del país y de cada uno de sus habitantes dependerá casi por completo de la «excelencia» de la educación recibida, los maestros no podrán sino verse convertidos en blancos de críticas a su juico injustas, razón por la que es de prever que los gremios que los agrupan continuarán siendo sumamente combativos.