Sobre brutos y brutas

Por Redacción

GUILLERMO LÓPEZ CHAMADOIRA (*)

Viene de la antigüedad latina la denominación de “brutus” para los animales con movimiento pesado. La palabra era descriptiva, sin connotaciones ofensivas. Incluso fue nombre de una familia de nobles romanos. Sin embargo, una búsqueda enciclopédica actual, en la más peyorativa de las diversas acepciones, permite asociar el concepto aplicado a seres humanos como necio, incapaz, salvaje, rudo, tosco, descortés, inmoderado y maleducado. La compleja sociedad moderna ha traído profundos cambios culturales en los que algunas personas logran adaptarse a los nuevos paradigmas y otras sucumben a un primitivismo de características bárbaras. Entre éstos están aquellos que llamamos “brutos”. Aunque el alcance del término resulta difuso, cualquier persona está en condiciones de reconocer el atributo de brutalidad, especialmente a través de la grosería, la violencia y la insensatez. El bruto maltrata, destruye, abusa, hiere, humilla, afrenta, mortifica y menoscaba a partir de adoptar para su conducta agresiva una actitud dominante, frenética y furiosa. Hay muchísimos brutos (también incluye a las brutas sin seguir la moda de “reconocimiento de género”) cuyo comportamiento ilustra los alcances del término mejor que una definición académica. Pues la brutalidad siempre se expresa en hechos y es un modo energúmeno de actuar, no una condición personal íntima como puede serlo la ignorancia o la incapacidad. Su rasgo canónico es la acción y más precisamente la acción contra otros, la ofensa, la desconsideración, el ataque. Además lo brutal tiene rasgos de cobardía porque, generalmente, se manifiesta en condiciones de indefensión de las víctimas y casi siempre exhibe pretextos exculpatorios que justifican sus actos ultrajantes y destrozos. La condición de ser brutal se suele encontrar mimetizada entre los “burros” (seres con pocos conocimientos) y los “bobos” (seres de poco entendimiento), pero aun cuando comparten características comunes, el “bruto” se caracteriza esencialmente por la actuación bestial, donde lo que en sus homólogos es simple señal de carencia, en ellos se transforma en causa de un proceder avasallante. Hay diversas variantes brutales. El barrabrava, el matón sindical, el piquetero, el militante político fanático, el acosador, el charlatán agraviante, el manifestante destructivo, el travestido escandaloso, el delincuente feroz, el capataz abusivo, el funcionario despótico, el torturador, el violador, el explotador, el incendiario, el escrachador y otros que siempre van por el rumbo de negar respeto al prójimo, provocando daños y dolor. La naturaleza de la brutalidad contemporánea proviene de múltiples causas, destacando el abandono de la educación familiar, la flexibilización de los criterios de disciplina, la banalización televisiva de la violencia, la permisividad legal exculpatoria y el igualitarismo mal entendido condensado en agobiante relativismo moral. Incluso hay notoria penetración de la brutalidad en el Estado, fundamentalmente a partir de la incorporación en puestos públicos de partidarios ineptos designados sin criterios de capacidad e idoneidad, lo que lleva a enquistar un desempeño ofensivo y carente de razón, tal como ha sido posible observar en los últimos años en diversos funcionarios. Hay muchísimos seres brutales y seguramente van a continuar estando entre nosotros. Esto configura un enorme problema de convivencia para las personas educadas, respetuosas y tolerantes, y es una cuestión para la que no existe solución sencilla, aun cuando mejoraran las actuales condiciones socioeconómicas, jurídicas y políticas. La educación, que es el camino de redención para los “burros”, o la comprensión humanitaria que permite integrar a los “bobos”, no resultan formas apropiadas para tratar con los “brutos”, puesto que éstos necesitan un proceso de censura y restricción, con estricta aplicación de leyes y sanciones para disuadirlos de ese comportamiento y hacerlos responsables de sus actos. Por suerte, los seres brutales no están bien adaptados para prevalecer por sí mismos, porque carecen de inteligencia y habitualmente son utilizados por personajes astutos que manejan sus tropelías. Por lo tanto, cuando algún día resulten limitados los factores estimulantes de este flagelo a través de buenos gobiernos, legislación apropiada y jueces cabales, podrá asegurarse para el futuro la superación de la grave epidemia de brutalidad que estamos padeciendo y de este modo las personas normales lograremos vivir en paz. (*) Ingeniero. Neuquén