De Fernández Oro a Harvard, en busca de ideas para un Estado más eficiente

El rionegrino Renzo Lavin recibió su diploma en la universidad más prestigiosa del mundo. Una historia de esfuerzo, con base en la educación pública.





Aquel chico que corría en el patio de la Escuela 102, que vivió su adolescencia en el CEM 14 de Fernández Oro, se puso el 26 de mayo pasado la toga en Estados Unidos, para caminar sonriente hasta tener en sus manos un diploma de la universidad más prestigiosa del mundo. Renzo no sólo es el tercero de los cinco hermanos Lavín. Es también hijo de la universidad pública argentina, donde se recibió de abogado en el 2010, con diploma de honor. Y desde ese lugar empieza la charla con RÍO NEGRO, asegurando que completar el recorrido desde la Patagonia hasta Harvard es difícil, pero no imposible.

“Hay que buscar esas oportunidades”, alienta este rionegrino que integró el pequeño grupo de 17 argentinos que protagonizaron la ceremonia de graduación realizada en Cambridge, Massachusetts, hace tres semanas.

Renzo completó su Maestría en Administración Pública en medio de la etapa más crítica de la pandemia por covid y por eso tuvo recién este año el reconocimiento público en el Harvard Yard, luego de su paso por la “John F. Kennedy School Government”, la escuela de gobierno en la que se formaron 17 expresidentes y jefes de Estado, además de decenas de altos funcionarios de todo el mundo.

“Cuando llegó la noticia fue increíble. Me salió redondo”, recuerda el joven orense, que actualmente es consultor externo del Banco Mundial, con trabajos recientes para el BID y para ong internacionales.

La puerta abierta hacia Harvard fue el final de un largo proceso, que empezó con la aplicación a una beca Fullbright, el programa patrocinado por la Oficina de Asuntos Educativos y Culturales del Departamento de Estado de los Estados Unidos, los gobiernos de otros países y el sector privado.

“Es un proceso que lleva casi un año, en el que tenés que presentar tu currículum, un ensayo, cartas de presentación, tenés que demostrar tu nivel de inglés. Gané esa beca, que te da un monto de dinero que te permite vivir en Estados Unidos durante la cursada de la maestría”, cuenta Renzo sobre ese tiempo, en el que vivía en Buenos Aires y era co-director de la Asociación Civil por la Igualdad y la Justicia (ACIJ).

Esa ayuda financiera es fundamental, pero resolvía sólo una parte de la historia. Un año de maestría en las principales universidades de Estados Unidos cuesta alrededor de 80.000 dólares y la obtención de una beca para cubrir ese monto es la segunda meta de todo aspirante.

“La matrícula es carísima. Entonces, una vez que tuve la beca Fullbright apliqué a seis universidades, algo que hace la mayoría. Ese es un proceso que también lleva su tiempo. Si te admiten en el programa, algo que depende de tus notas en la carrera de grado y de tu experiencia de trabajo, avanzás. Me admitieron todas las universidades a las que apliqué, pero me dieron distintos grados de beca. Harvard fue la última que me confirmo la admisión, cuando yo estaba con pocas esperanzas, medio frustrado, porque si las otras no me habían dado beca completa, ahí tampoco lo iba a tener. Y cuando llegó la noticia de que me admitían con beca completa, fue increíble. De otra manera hubiese ido imposible llegar”, describe.

Por eso, la recomendación de Renzo para quienes buscan una capacitación en el exterior es investigar muy bien las becas ofrecidas y conjugarlas con el perfil personal.

Renzo con graduados de diferentes países. La mitad de los estudiantes de Harvard son extranjeros.

P: ¿Y por qué la Maestría en Administración Pública?

R: Ya había estudiado derecho y quería trabajar temas de gestión pública, que es un poco lo que venía haciendo. Trabaje 10 años en ACIJ, donde trabajamos temas de fortalecimiento de las instituciones democráticas, hacer que el Estado trabaje mejor para conseguir sus objetivos. Ver cómo mejorar los procesos de tomas de decisiones en el Estado. Cómo hacer que los programas de gobierno estén basados en dato y evidencia, que haya medición de resultados.

P: ¿Y qué mirada surge sobre la administración pública argentina después de hacer la maestría?

R: El privilegio de poder estudiar a tiempo completo, relacionarse con otras personas, es super estimulante. Te abre la cabeza. Cuando ves cómo resolvieron otros países problemas que tiene la Argentina te llena de ideas. En Argentina, las fallas del Estado impactan directamente en la calidad de vida de la gente, en los servicios, en la salud, la educación, en la planificación urbana. Y es muy difícil discutir cómo mejorar. Necesitamos un Estado que pueda cumplir sus objetivos de la mejor manera posible para revertir desigualdades. Y creo que es clave en un país, con los índices de pobreza que tenemos, que el Estado funcione bien.

P: ¿Y por dónde empezar?

R: Cómo hacer para tener una planta del Estado profesionalizada, que los funcionarios puedan pensar una carrera profesional dentro del Estado, es algo que me preocupa. Argentina es muy volátil. Cambia un ministro, un secretario y cambian las orientaciones de políticas públicas. Eso hace imposible pensar ni siquiera en el mediano plazo. En Argentina es todo de corto plazo, sobre la coyuntura, apagando incendios todo el tiempo

P: Un Estado improvisado…

R: Exacto. Uno ve esa improvisación todo el tiempo. No hay planificación estable. Se trabaja sobre la marcha. Es uno de los temas que trabajé en la maestría, para saber con qué herramientas se puede trabajar para mejorar la gestión. En eso entran en juego las herramientas digitales, para que la gestión pública sea más transparente, ágil y pensada para favorecer al ciudadano, dejando el Estado de mirar su ombligo.

P: ¿Qué rol juega la sociedad civil en esa construcción?

P: Es otro de los temas para hacer un Estado mejor. En Argentina no funcionan bien los controles institucionales. El Congreso, la Justicia, la Auditoría, la Defensoría… donde veas, estos organismos tienen problemas. Son deficitarios o débiles en el control, no son independientes. Y ahí la sociedad civil juega un rol fundamental, con actores mirando, investigando y exigiendo que las cosas funcionen mejor.

P: ¿Qué le diría a alguien que quiere estudiar en Harvard?

R: Que es posible. Vengo de un lugar chico de la Patagonia, vengo de la escuela pública. Siempre fui curioso por conocer otras cosas. Hay que buscar esas oportunidades. No es fácil, es una combinación de esfuerzo, constancia, de apoyo del círculo, pero se puede.

P: ¿Y el mensaje para esos jóvenes que se formen para volver o para seguir el camino fuera del país?

R: Es clave que la gente que se forme, en el exterior y en la Argentina, encuentre una forma para desarrollarse profesionalmente en el país. Para eso hay que generar los incentivos necesarios. A mí me interesa pensar todos estos temas en Argentina. Hay un trabajo mío de pensar qué espacios me permitirían lograrlo y desde el Estado se debe pensar en los incentivos, para que mucha más gente preparada pueda apostar a un proyecto colectivo.

Un filtro exigente

5%
Es la tasa de aceptación de la Universidad de Harvard. Esto significa que, de cada 100 estudiantes, solo 5 logran ser admitidos.


Un argentino entre ministros y senadores


Unos 700 argentinos se graduaron en Harvard, que luego de 386 años de historia tiene más de 371.000 egresados vivos.

Se estima que entre 10 y 20 estudiantes nacidos en el país concluyen sus carreras de grado y posgrado cada año, en un contexto intercultural muy acentuado pero donde también existen espacios para ver todo en “celeste y blanco”.

Incluso existe el Harvard Club Argentina, fundado en 1972.

P: ¿Cómo es la vida de un argentino en Harvard?

R: Me relacionaba mucho con los argentinos, aunque es un grupo no tan grande en la Escuela de Gobierno. Teníamos charlas, invitados argentinos, políticos, científicos o académicos que pasaban por Boston para tener discusiones sobre temas de actualidad o futuro del país. Así como pasó Cristina Fernández de Kirchner en el 2012, vienen presidentes, ministros, gente que está en el centro de la toma de decisiones y tenés la posibilidad de conversar con ellos. Ese es el mayor activo que te da la universidad.

P: Y al mismo tiempo, un intercambio cultural muy importante…

R: Claro, a su vez es un programa super internacional. La mitad de los estudiantes son del extranjero. Tenía compañeros que habían sido ministros, senadores o directores de organizaciones en sus países. La red de contactos es uno de los valores más ricos que te llevás, por esos debates y charlas con personas muy capaces que trabajan para mejorar lo público. Y además, los profesores son muy accesibles. Te sentás a tomar un café en cualquier momento con ellos.

El mundo en sus manos. El acto reunió a egresados de las últimas promociones.


La familia y el CEM 14


P: ¿Quién aparece en la memoria de ese estudiante de maestría en el primer día en Harvard?

R: Es muy emocionante. Obviamente mi familia. No solo por Harvard, sino por el todo el camino, que no se hace solo. Haber podido estudiar en la UBA fue gracias al apoyo de mi familia, pero yo me formé en la escuela y en la universidad pública y eso es un aporte de toda la sociedad. Uno hace el esfuerzo personal, pero también uno tiene la suerte de tener las redes de apoyo, que de otra manera no hubiera podido llegar. Me acordaba de profesores del CEM 14, con su pasión y compromiso por lo que enseñaban.

P: En Estados Unidos, en Buenos Aires, ¿se extraña algo de Fernández Oro, de la Patagonia?

R: Es un lugar que me permite desconectar y reflexionar. Y desde el interés profesional, cada vez que voy siento cuánto hay para hacer. La región es un lugar con tanto potencial de desarrollo que a su vez tiene tantos déficits, que hace pensar en cómo podrían solucionarse. Siempre es un estímulo pensar cómo funciona el Estado en el lugar que más conozco y con el que tengo más conexión emocional.


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