El artista que convirtió los paisajes de la Patagonia en cuadros que hoy recorren el mundo

Nació en la Línea Sur, conoció a Quinquela Martín cuando tenía apenas ocho años y convirtió los paisajes de la Patagonia en obras que hoy recorren distintos países del mundo. La historia de Rodolfo Mastrangelo, el artista que sigue pintando "con el alma".

"Las obras hay que verlas con el alma", sostiene Rodolfo Mastrangelo, referente del arte patagónico. Foto: Marcelo Ochoa.

Hablar con Rodolfo Mastrangelo es escuchar a un hombre que convirtió la pintura en una forma de vida. No habla desde la teoría ni desde los manuales académicos. Habla desde la experiencia, desde la Patagonia profunda, desde los paisajes de la Línea Sur y desde una sensibilidad que, según él mismo dice, nació cuando apenas tenía ocho años y descubrió que el mundo podía expresarse a través del color.

«Esencialmente soy un artista que se fue haciendo desde muy pequeño», resumió con serenidad.

Su historia está ligada a Río Negro. Nació prácticamente en movimiento: a los 20 días de vida ya estaba en plena Línea Sur. Vivió en Comallo, Bariloche, Neuquén y distintos lugares acompañando a sus padres. Después de muchos caminos recorridos, recaló en Viedma hace alrededor de 40 años, ciudad donde terminó de consolidar una trayectoria artística que hoy tiene obras distribuidas en distintos puntos del país y también en Europa. Pero todo comenzó mucho antes.


El día que Quinquela Martín le entregó un cucharón


Entre los recuerdos más intensos de su infancia hay uno que todavía lo conmueve. Cuando tenía ocho años, su abuelo materno («como buen italiano»), recordó, lo llevó a conocer al legendario pintor Benito Quinquela Martín en La Boca.

La escena quedó grabada para siempre. «Entramos al taller y este hombre estaba trabajando arriba de una escalerita, haciendo una de sus obras magníficas con un cucharón de albañil», contó.

Para el pequeño Rodolfo, aquello era un universo completamente nuevo. Venía de vivir entre paisajes rurales de la precordillera y la cordillera, rodeado de naturaleza y silencio. Buenos Aires, en cambio, le había parecido gris. Hasta que abrió la puerta del taller de Quinquela.

«Entro al taller y era un estallido de color, lleno de color y de formas. Quedé completamente impregnado de esa magia».

Entonces ocurrió algo inesperado. «Quinquela se baja, saluda a mi abuelo y me dice: ‘Tomá’. Me da el cucharón y me dice: ‘Seguí vos’. Yo me quedé frío. No sabía qué hacer».

Más que una anécdota, para Mastrangelo fue una marca definitiva. «Lo que me impactó toda la vida fue la simpleza de Quinquela, una cosa muy normal, muy fuera de cualquier manifestación académica. Simplemente me alcanzó el cucharón para que yo siguiera trabajando». Desde entonces, nunca dejó de pintar.

El artista rionegrino lleva décadas retratando el desierto, la cordillera y los colores de la Patagonia. Foto: Marcelo Ochoa.
El artista rionegrino lleva décadas retratando el desierto, la cordillera y los colores de la Patagonia. Foto: Marcelo Ochoa.

Mastrangelo: «Las obras hay que verlas con el alma»


Mastrangelo evita hablar de éxito, aunque su obra llegó mucho más lejos de lo que imaginó. Sus cuadros pueden encontrarse en Comodoro Rivadavia, Río Gallegos, El Calafate, El Chaltén, Ushuaia y también en España, Francia, Italia y Suiza.

Incluso fue invitado en dos oportunidades por la Embajada Rusa para participar de exposiciones en Buenos Aires. «He tenido la suerte de poder viajar y hacer algunas obras en otros lugares», contó.

Sin embargo, el reconocimiento internacional nunca modificó su esencia. Sigue valorando especialmente el contacto cotidiano con la gente en Viedma y en las ferias artesanales. «Yo disfruto mucho del contacto con la gente y de la venta en las ferias».

Rodolfo Mastrangelo expuso sus obras en distintos puntos del país y también en Europa. Foto: Marcelo Ochoa.

También mantiene un fuerte vínculo con instituciones locales, escuelas, bibliotecas y museos, donde ha realizado numerosas exposiciones gratuitas. «Es una forma de retornar a Viedma y a Río Negro, la provincia que amo, todo lo que me ha dado».

En su mirada, una obra no vale solamente por su técnica o por el nombre del artista. «Puede ser la mejor obra del mundo, pero si no se plasma en el sentimiento de una persona, no tiene sentido«.

Por eso insistió en una frase que resume toda su filosofía artística: «Las obras hay que verlas con el alma».

Y agregó: «El ojo es solamente un instrumento para que la mente pueda captar algo. Lo importante es el sentimiento que tenés detrás de esos ojos».


«El desierto también tiene color»


La Patagonia se convirtió en el corazón de su obra. Pero no desde una mirada turística ni decorativa. Para Mastrangelo, el paisaje es una experiencia espiritual.

«No quiero transmitir absolutamente nada. Simplemente respondo a mis sentimientos muy profundos y a mi cariño por un lugar donde viví y aprendí un montón de vivencias».

Con el tiempo, empezó a mirar el desierto de otra manera. «Mucha gente ve solamente un desierto físico. Yo empecé a profundizar más la mirada para ver qué había en ese desierto».

Y encontró mucho más que vacío. «Puede ser un desierto físico y también un desierto espiritual. En cualquiera de las dos instancias hay una proyección, hay un trabajo y hay un color».

Sus cuadros nacen justamente de esa búsqueda. No intenta seguir corrientes ni modas. Pinta desde lo que percibe. «Lo mío es buscar eso conforme yo lo siento, no como me lo diga otro«.


«El arte, como la vida del hombre, tiene que ser respetuoso»


A lo largo de la charla, Mastrangelo reflexionó también sobre el arte contemporáneo y sobre cierta pérdida de sentido en algunas expresiones culturales actuales.

El artista de Viedma asegura que el verdadero valor de una obra nace del sentimiento. Foto: Marcelo Ochoa.

Para él, la cultura auténtica nace de lo espontáneo, de la experiencia y del sentimiento. «Todo es cultura, todo lo que puso el hombre es cultura, de acuerdo. Pero de ahí a manejarla hay una diferencia».

Aclaró que no está en contra de romper estructuras, pero sí de perder profundidad. «No está mal salir de las estructuras, pero se ha ido a un extremo tal que algunos objetos diarios se consideran de suma cultura cuando no responden a un sentimiento específico».

Para él, el arte necesita respeto. «El arte, como la vida del hombre, tiene que ser respetuoso«.


El arte y la educación como pilares


Además de pintar, Mastrangelo trabajó durante muchos años en educación. Nunca enseñó pintura formalmente, «no soy profesor de pintura», aclaró, aunque sí realizó talleres abiertos para compartir su experiencia.

La educación ocupa un lugar central en su pensamiento. «La educación es la base completa de todo país para poder crecer». Y sostuvo que el arte debe formar parte de ese crecimiento colectivo. «A través de la música, la pintura y todas las manifestaciones artísticas se construyen valores».

Pero volvió a insistir en la necesidad del respeto. «No un arte agresivo en cuanto a sus valores». Para él, las personas que tienen conocimientos o experiencias deben transmitirlas. «Es una obligación de la persona que tenga un poco más de cultura transmitirla a otros seres».

Porque el crecimiento, dijo, nunca es individual. «Desde la calidad individual pasamos a la calidad de la comunidad, y la comunidad es lo que hace al crecimiento de cualquier agrupamiento humano».


«Haría exactamente lo mismo», dice el pintor patagonico


Después de toda una vida ligada al arte, Mastrangelo no duda cuando piensa en el camino recorrido. «Haría exactamente lo mismo o peor», dijo.

Para él, pintar nunca fue solamente una profesión. Fue una manera de habitar el mundo, de entender la Patagonia, de buscar colores donde otros ven vacío y de transformar emociones en paisajes.


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