El regreso del teléfono fijo: el experimento de un grupo de familias para que sus hijos vuelvan a charlar
Ni aplicaciones ni mensajes instantáneos: la propuesta apuesta a recuperar las llamadas entre amigos y una forma de comunicarse que parecía olvidada.

La idea apareció un día cualquiera, mientras Sofía recorría Instagram. Del otro lado de la pantalla, una familia inglesa mostraba algo que parecía sacado de otra época: habían vuelto a instalar teléfonos fijos para que sus hijos se comunicaran entre ellos. No había aplicaciones, ni grupos de WhatsApp, ni mensajes que desaparecen. Solo un teléfono sonando y una voz de niño que contestaba del otro lado.
«Lo compartí en el grupo del colegio y les encantó. Empezaron a activarlo y a sumarse más familias», recuerda. Lo que comenzó como una curiosidad rápidamente se transformó en una experiencia colectiva. Cuando publicó el video en su perfil (@soysofilofi) contando la experiencia, hace un mes, participaban unas 23 familias, pero el número siguió creciendo.
La propuesta encontró terreno fértil en una comunidad educativa que ya venía reflexionando sobre el vínculo entre infancia y tecnología. «Estamos en un colegio muy enfocado en cuidar cada etapa del desarrollo de los chicos. Ya veníamos hablando mucho de este tema».
La preocupación por las pantallas y los niños no es nueva, lo novedoso fue la solución. Mientras gran parte del mundo discute cómo limitar el uso de pantallas, estas familias decidieron volver a una tecnología que parecía destinada a desaparecer. «Dejar a los chicos sin pantallas en un mundo lleno de pantallas es complejo. Pero tampoco me parece imposible. Es una decisión familiar que requiere convicción y mantenerse firme», sostiene Sofía.

Ella está convencida de que recién dentro de algunos años se comprenderá la verdadera dimensión del impacto que tuvieron los celulares y las redes sociales sobre la vida cotidiana. «Nosotros crecimos en un mundo analógico. Durante nuestro desarrollo vivimos muchos años a otra velocidad. Imaginate lo que puede pasar con las psiquis de los chicos que nacieron directamente en este contexto».
Su hija Irupé tiene 11 años y es una de las protagonistas involuntarias de esta historia. Hizo su lista con los números, la decoró y verla hablar se convirtió para su madre en una escena tan cotidiana como reveladora. «Uno se olvida de cómo era comunicarse por teléfono fijo. Verlos usarlo es como un programa nuevo. Dicen: ‘Bueno, vamos a hablar’, y se quedan ahí conversando. Me gusta mucho el intercambio que tiene con sus amigas y amigos. Es distinto a la dinámica grupal del colegio. Hay algo más íntimo en una conversación de uno a uno».
Infancias, entre pantallas y encuentros
La diferencia, asegura, no está solamente en la tecnología. También aparece en la forma de relacionarse. «Hay algo más tranquilo, genera más paz, se siente menos riesgoso. Es más analógico, más orgánico, más natural. Además la charla tiene tonos, silencios, risas. Tiene un montón de matices que se pierden en los mensajes. Eso también forma parte del aprendizaje de la comunicación», dice e Irupé, mientras tanto, ya siente que ese aparato es suyo. «Hace toda la gestión sola. Marca, llama y organiza sus conversaciones. Le encanta esa autonomía», cuenta Sofía.
Mientras habla, Sofía conecta esa experiencia con otro aspecto central de su vida. Es DJ y coordina sesiones de ecstatic dance, una propuesta de danza libre donde una de las reglas fundamentales es dejar el celular afuera. «Se baila sin hablar, sin usar celulares, sin consumir alcohol ni drogas, descalzos y sin la idea de bailar bien o mal», explica. Las sesiones pueden durar hasta dos horas y media y buscan justamente lo contrario a la lógica de las pantallas: presencia.

«Tengo muy trabajada la conciencia sobre la importancia de estar en el cuerpo y en el momento presente. El celular nos distrae permanentemente y nos saca de lo que estamos haciendo. Soy muy consciente de cómo me afecta a mí. Entonces intento ofrecer espacios que propongan otra cosa».
Por eso tampoco teme que los chicos se queden atrás por no tener un smartphone. «Lo agarran enseguida porque es totalmente intuitivo. En un minuto ya saben usarlo, no es que se van a quedar afuera de algo. Yo pienso mucho en cuáles van a ser las habilidades más escasas en el futuro: la comunicación emocional, el contacto con la naturaleza, el juego, la creatividad, la imaginación, el dar tiempo a los procesos. Todo eso va a ser cada vez más valioso».
La repercusión del video superó cualquier expectativa. Miles de personas lo compartieron y comentaron la experiencia. Muchas celebraron la iniciativa. Otras reaccionaron con críticas. «Muchísima gente decía: ‘Qué buena idea’. Eso me hizo pensar que hay muchas personas preocupadas por este tema, buscando alternativas e imaginando otras maneras de hacer las cosas».
Pero también aparecieron los cuestionamientos. «Había gente que decía que era una estupidez. Comentaban sobre mi flequillo o me asociaban a cuestiones políticas. Fue llamativo porque también habla de cómo estamos como sociedad».

Cómo conseguir un teléfono fijo en estos tiempos
La experiencia ocurre mientras el teléfono fijo atraviesa un lento pero persistente retroceso en Argentina. Según datos del Ente Nacional de Comunicaciones (ENACOM), en 2014 existían cerca de 10,5 millones de líneas fijas en el país. Para el segundo trimestre de 2025 quedaban 6,4 millones, una caída superior al 40 por ciento. El volumen de llamadas descendió todavía más, con bajas estimadas entre el 60 y el 70 por ciento.
Lo más sorprendente es que la implementación resultó mucho más sencilla de lo que imaginaban. «No fue difícil. La solución estaba mucho más cerca de lo que pensábamos. En el módem de internet suele haber una entrada para teléfono fijo. Cuando contratás internet muchas veces ya estás pagando una línea telefónica sin darte cuenta».
Sin embargo, millones de líneas continúan activas y para algunas familias el viejo teléfono de siempre acaba de encontrar una nueva misión. Ya no se trata de reemplazar al celular ni de competir con la tecnología. Se trata, simplemente, de recuperar algo que parecía haberse perdido entre notificaciones, emojis y pantallas: una conversación.
La idea surgió porque vi en Instagram a una familia de Inglaterra que lo había hecho. Lo compartí en el grupo del colegio y les encantó. Empezaron a activarlo y a sumarse más familias. Yo fui de las últimas en instalar el teléfono porque tuve algunos problemas con la línea de mi casa. Mientras tanto, otros ya lo habían colocado y los chicos estaban hablando entre ellos. Nosotras nos sumamos un poquito después.
¿Cuántas familias participaron? Cuando subí el video dije que eran 23 casas, pero después se siguieron sumando más. Estamos en un colegio muy enfocado en cuidar cada etapa del desarrollo de los chicos. Ya veníamos hablando mucho de este tema. Había una nena que tenía teléfono celular y el pedido era muy claro: que no lo llevara a las casas cuando iba a jugar con otros chicos. Era una conversación que ya estaba instalada entre las familias.
Es una preocupación compartida por muchos padres. Es difícil sostenerlo. Dejar a los chicos sin pantallas en un mundo lleno de pantallas es complejo. Pero tampoco me parece imposible. Es una decisión familiar que requiere convicción y mantenerse firme.
Yo siento que dentro de algunos años vamos a tomar verdadera conciencia de todo lo que nos afectaron las redes sociales, los celulares y las pantallas. Nosotros crecimos en un mundo analógico. Durante nuestro desarrollo vivimos muchos años a otra velocidad. Imaginate lo que puede pasar con las psiquis de los chicos que nacieron directamente en este contexto.
Irupe tiene 11 años. Y sí, es interesante porque uno se olvida de cómo era comunicarse por teléfono fijo. Verlos usarlo es como un programa nuevo: «Bueno, vamos a hablar». Entonces se quedan ahí conversando. Me gusta mucho el intercambio que tiene con sus amigas y amigos. Es distinto a la dinámica grupal del colegio. Hay algo más íntimo en una conversación de uno a uno.
la presencia física. Sabés dónde está tu hija, con quién habla y qué está haciendo. Con las pantallas se pierde un poco ese control.
Sí, hay algo más tranquilo. Genera más paz. Se siente menos riesgoso. Es más analógico, más orgánico, más natural. Además, la charla tiene tonos, silencios, risas. Tiene un montón de matices que se pierden en los mensajes. Eso también forma parte del aprendizaje de la comunicación.
A mí, personalmente, muchas veces me cuesta comunicarme por chat con personas que no conozco tanto. Soy muy expresiva y siento que hay cosas que no se transmiten igual. No percibís el tono, la respiración ni el estado emocional de la otra persona. Creo que ya tenemos dificultades para comunicarnos y esto las complejiza todavía más.
Soy DJ y facilito sesiones de ecstatic dance, una propuesta de danza libre que tiene cinco pautas básicas: se baila sin hablar, sin usar celulares, sin consumir alcohol ni drogas, descalzos y sin la idea de bailar bien o mal. Las sesiones duran entre dos y dos horas y media. Las que coordino están pensadas principalmente para mayores de 15 años. A veces vienen adultos acompañados por adolescentes, pero mi propuesta tiene momentos muy intensos musicalmente y no elegiría esa música para niños más pequeños.
Tengo muy trabajada la conciencia sobre la importancia de la presencia, de estar en el cuerpo y en el momento presente. El celular nos distrae permanentemente y nos saca de lo que estamos haciendo. Yo soy muy consciente de cómo me afecta a mí. Entonces intento ofrecer espacios que propongan otra cosa. Porque tiempo para el celular siempre va a haber. Lo otro es lo que cuesta más encontrar.
Claro, además es fácil. Lo agarran enseguida porque es totalmente intuitivo. En un minuto ya saben usarlo. No es que se van a quedar afuera de algo. Yo pienso mucho en cuáles van a ser las habilidades más escasas en el futuro. La comunicación emocional, el contacto con la naturaleza, el juego, la creatividad, la imaginación, el dar tiempo a los procesos. Todo eso va a ser cada vez más valioso. Por eso siento que ahí hay algo muy especial. Mientras todos vamos para un lado, estas experiencias apuntan hacia otro.
Los padres del colegio están felices. Estamos todos muy contentos. En las redes también tuvo una repercusión enorme. Fue increíble cómo se movió un video que dura diez minutos. Muchísima gente decía: «Qué buena idea, qué buena idea». Eso me hizo pensar que hay muchas personas preocupadas por este tema, buscando alternativas e imaginando otras maneras de hacer las cosas.
Había gente que decía que era una estupidez. Y aparecieron críticas que no tenían nada que ver con el tema. Comentaban sobre mi flequillo, me asociaban a cuestiones políticas. Yo no tengo nada que ver con eso. Pero fue llamativo porque también habla de cómo estamos como sociedad. Hay mucha gente buscando alternativas y mucha otra que reacciona desde el enojo o la descalificación. A mí me sorprendió. Porque cuando alguien propone una idea para pensar un problema que nos atraviesa a todos, incluso a los adultos, esperaría una discusión sobre el tema. Pero muchas veces aparece directamente el agravio.
¿Y fue difícil instalar los teléfonos?
No. De hecho, fue muy simple. Lo más loco es que la solución estaba mucho más cerca de lo que imaginábamos. En el módem de internet que tenemos en casa suele haber una entrada para teléfono fijo. Cuando contratás internet, muchas veces ya estás pagando una línea telefónica sin darte cuenta.
Y lo más lindo es que siente que es su teléfono. Hace toda la gestión sola. Marca, llama y organiza sus conversaciones. Le encanta esa autonomía.
aunque el teléfono fijo pierde protagonismo frente a las nuevas tecnologías, su desaparición no es inmediata. El servicio sigue vigente en sectores clave y entre usuarios que aún lo consideran necesario en su vida cotidiana.
millones de líneas continúan activas y todavía hay usuarios que dependen de este servicio, según datos del Ente Nacional de Comunicaciones (ENACOM).
De acuerdo con cifras oficiales, en 2014 había cerca de 10,5 millones de líneas fijas en el país. Para el segundo trimestre de 2025, ese número se redujo a 6,4 millones, lo que representa una caída superior al 40%. A su vez, el volumen de llamadas descendió aún más: entre un 60% y 70%, según estimaciones del sector.
Infancia: entre la presencia y la inmediatez

La idea apareció un día cualquiera, mientras Sofía recorría Instagram. Del otro lado de la pantalla, una familia inglesa mostraba algo que parecía sacado de otra época: habían vuelto a instalar teléfonos fijos para que sus hijos se comunicaran entre ellos. No había aplicaciones, ni grupos de WhatsApp, ni mensajes que desaparecen. Solo un teléfono sonando y una voz de niño que contestaba del otro lado.
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