La salud pública, un refugio ante las urgencias sociales: historias y miradas frente a los desafíos en Neuquén
En la capital neuquina, hospitales y centros de salud concentran cada vez más consultas vinculadas a la alimentación, la vivienda y la falta de ingresos. Mientras el Gobierno Provincial destacó la regularización de pagos, referentes comunitarios describen el impacto cotidiano de la crisis.
Giselle tiene 23 años. Llegó desde el norte de Argentina a Neuquén en busca de un futuro mejor. Sin embargo, un diagnóstico cambió sus planes: le detectaron un tumor maligno en el tronco encefálico, que le produjo un daño en el sistema nervioso y le genera temblores “como si tuviera Parkinson”.
La enfermedad le generó una discapacidad permanente que le impide ingresar al mercado laboral y, por ello, recibe un subsidio que le tramitó el Área de Servicio Social del hospital Heller. Con esos 300 mil pesos tiene que intentar darle de comer a su hija y vivir en una de las ciudades más caras del país.
Así como Giselle, solo en el Heller 105 usuarios del sistema sanitario solicitaron subsidios entre salud mental, jubilados, pensionados y personas con discapacidad. “La falta de sistematicidad en el pago rompe con los procesos terapéuticos y atenta contra la salud material y psicosocial de las personas”, remarcó el trabajador social del área, Javier Lombardo.
El rol de los trabajadores sociales frente a la creciente vulnerabilidad social en Neuquén
Ante los retrasos en los pagos de los subsidios, realizaron una conferencia de prensa en el nosocomio el martes pasado y el miércoles confluyeron en una protesta frente a Casa de Gobierno. Desde el Ejecutivo neuquino afirmaron que se abonaron a lo largo de la semana.
Sin embargo, el reclamo de los trabajadores de Salud Mental dejó al descubierto una realidad cada vez más compleja en Neuquén capital. “Hay una intersección entre la pauperización de la vida, la pobreza de las unidades domésticas y la situación económica actual, lo que hace que muchas patologías se vuelvan más difíciles”, enfatizó Lombardo.
La trabajadora social del Centro de Salud San Lorenzo Norte, Sol Martín, coincidió y agregó: “Se han acrecentado las demandas y se han profundizado las problemáticas. Son recurrentes las demandas por cuestiones básicas de reproducción de la vida. Las personas están viniendo sin tener para comer, sin trabajo”.
Julieta Lacunza también es trabajadora social y se desempeña dentro del hospital Castro Rendón. “Se complejiza la propuesta de abordaje cuando la demanda es que no hay para comer o que se están por quedar en situación de calle”, observó y reiteró: “A todas las personas que vienen las atraviesa una situación económica en la que no llegan a tener para comer”.
Los profesionales de la salud señalaron que no se abonaron todos los subsidios y, además, denunciaron que recortaron las partidas unilateralmente. “Es gravísimo ajustar sobre esos montos, es no atender a la situación de las familias de la población de Neuquén”, aseveró y reprochó el retraso en los pagos: “El hambre no espera”.
A ello se suma lo que los profesionales describieron como una “muralla burocrática” para acceder a la ayuda social. Lombardo denunció que el Ministerio de Trabajo y Desarrollo Humano no responde las notas formales y tampoco respeta los montos que solicitan.
Desde el primer nivel de atención, Martín advirtió que exigen informes sociales y “más papeles” incluso para una simple caja de alimentos. Lacunza completó el cuadro: en lo que va de 2026 no se aprobó ningún nuevo programa social gestionado desde salud.

Los comedores, una pieza clave frente al hambre en Neuquén
Los relatos que llegan a los centros de salud se repiten en los comedores populares. Martín Brito, referente del Polo Obrero en Neuquén, aseguró que “la comida no alcanza y cada vez se suman más personas”. La organización sostiene siete comedores y merenderos, casi todos en el oeste de la ciudad y uno en barrio Confluencia. Cada uno recibe entre 40 y 50 familias, con casos donde en una sola vivienda conviven hasta diez personas. Allí van niños, madres, adultos mayores y también personas con discapacidad. “Los comedores son una parte de contención, escuchamos los problemas de la gente y viene muy golpeada”, contó.
Reconoció que hubo una mejora en la calidad de los alimentos que entrega la provincia (hoy incluyen proteínas como carne vacuna y de cerdo), aunque indicó que la asistencia llega tarde, recortada o en malas condiciones: verduras podridas, semanas sin proteínas por cambios de proveedores, problemas de logística que obligan a pagar fletes de sus propios bolsillos para retirar la mercadería de los depósitos oficiales.
La trama se complejiza cuando se superponen los recortes nacionales y provinciales. Brito recordó que en abril será el último pago del ex Potenciar Trabajo, rebautizado Volver al Trabajo. “Se viene una etapa muy difícil, muy dura, y el Estado va a tener que poner los recursos necesarios para que el vecino neuquino pueda por lo menos subsistir”, planteó.
En ese contexto, las redes populares intentan “tapar agujeros”. Las organizaciones sociales coordinan horarios para que, si un comedor abre a la noche, otros puedan recibir al mediodía, para que las familias consigan completar al menos algunos días de la semana. Pero los fines de semana quedan casi siempre descubiertos. “Llega un momento en que no podés decirle a un vecino ‘no tenemos comida’, porque tal vez es la única comida que va a recibir en todo el día”, graficó el referente.
La sobrecarga no es solo material, también emocional. “Quien pone su casa para un comedor tiene que tener un corazón terrible”, opinó Brito. Las responsables de los espacios organizan rifas para comprar ollas, ponen dinero para el transporte y, muchas veces, completan con harina, azúcar o leche de sus propios bolsillos. Del lado del hospital pasa algo similar. “Los colegas acá estamos haciendo colectas para llevarles algo, fideos, algo para que coman”, contó Lombardo.
Pensar el futuro de Neuquén
En la vida de Giselle todo ese entramado se traduce en decisiones cotidianas. Vive con su hija en una toma y asiste a un comedor del oeste. Contó que desde noviembre tiene “frenada la Tarjeta Alimentar”, pese a que presentó toda la documentación. En los meses sin subsidio ni tarjeta sobrevivió pidiendo mercadería en los pocos comedores que conoce y con la ayuda de algunos vecinos.
Frente a un presente complejo, la joven confía en un mejor futuro. “Yo vengo de una provincia muy pobre, donde no tenés muchas oportunidades. Acá en Neuquén hay más oportunidades, mucha ayuda de parte de las personas y del Estado”, comparó. Anhela que, si se normalizan los pagos y puede seguir con sus tratamientos, su hija podrá crecer y estudiar en mejores condiciones.
Los profesionales de la salud de Neuquén reafirman su compromiso con los usuarios. “Decidimos como trabajadoras sociales ser la voz de esas demandas, porque a nosotras sí nos importan esas vidas”, enfatizó Martín y exigió la intervención urgente: “Así como pueden administrar los ingresos millonarios que implica la explotación de Vaca Muerta, tienen la posibilidad de experticia en la definición de políticas sociales acorde a la demanda de su población”.
Diario RÍO NEGRO intentó comunicarse con el Gobierno de Neuquén, pero no obtuvo respuesta.
Giselle tiene 23 años. Llegó desde el norte de Argentina a Neuquén en busca de un futuro mejor. Sin embargo, un diagnóstico cambió sus planes: le detectaron un tumor maligno en el tronco encefálico, que le produjo un daño en el sistema nervioso y le genera temblores “como si tuviera Parkinson”.
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