Puentes en la memoria de la épica norpatagónica

Por Beatriz Chávez

Dentro de los grandes acontecimientos de la historia de la Norpatagonia se cuenta el día del primer arribo de un tren pasajero: ocurrió en junio de 1901. Reanudamos nuestro homenaje con la sana intención de agasajar a aquellos intrépidos y audaces hombres quienes, hace 125 años, tuvieron el coraje de enfrentar al bravío río que azotaba y dejaba sin terminar las obras que se iniciaban para la construcción del puente. Uno de los protagonistas, el foguista Francisco José Dellanegra, nació en Udine, un pueblo de Italia cercano a Trento. Se casó con Adela Sciani, también italiana, con la que tuvieron once hijos. El mayor de ellos, también llamado Francisco José, es el padre de quien nos relató la presente historia, el Ingeniero Roberto Dellanegra.

Cuando finalizó la construcción del puente en Neuquén, la compañía del ferrocarril mandó a don Francisco a hacer las primeras pruebas, tareas que desarrolló hombro con hombro junto con un inglés del que la familia de Francisco no recuerda el nombre. Su viaje iniciático juntos, ese viaje que no olvida nunca, los iba a traer a la confluencia manejando el tren: en esa época no existía instrumental idóneo para probar las construcciones, por lo que las pruebas se hacían in situ: cruzar el puente para probarlo. Una tarea no exenta de riesgos.

“El Maquinista era don Antonio Mazzarolo. El peligro a lo desconocido, al camino antes no hollado por otro tren. Un error, un mal cálculo en la construcción y era el fin de la historia. Un momento de duda, las miradas de resignación: frente a sus narices se levantaba el puente, como un fiero potro sin domar. El inglés sacó una botella de whisky para tomar coraje”.

Roberto Dellanegra dijo que su abuelo Francisco no aceptó el convite de su compañero: como acicate le bastó el cumplimiento del deber: “Río abajo se veían los álamos que bordean el río Neuquén. Al frente, lo inhóspito. Francisco hizo andar la máquina. Comenzaron a cruzar despacio; debajo de ellos el puente crujía bajo ese peso desconocido, como si fuera un ser vivo despertándose de un prolongado letargo. La máquina llegó a la punta del puente: habían dado el primer paso. La norma exige volver marcha atrás. Lo hicieron. El puente ya era de ellos: estaba domado. De vuelta hacia delante, más rápido esta vez: el puente resistía. Habían superado la prueba”.

En reiteradas oportunidades he solicitado se le coloque al puente ferroviario el nombre Mazzarolo-Della Negra porque fueron estos audaces conductores los que asumieron la prueba del convoy hace más de un siglo. El puente carretero también fue una colosal obra llevada a cabo por las autoridades, en esa coyuntura, del Distrito 12° de Vialidad Nacional instalado en la capital neuquina (calle Tucumán entre Entre Ríos, Talero y Alderete) cuando el paisaje estaba rodeado de bardas. Por ello es que también se considera más que adecuado la asignación del nombre del Ing. Pablo Cantaluppi, que era jefe del Distrito en el momento de la inauguración del puente.

La construcción del puente neuquino-cipoleño fue una titánica empresa que unió pueblos, intereses comerciales hace más de ocho décadas y que completó la tarea iniciada tres décadas anteriores, por el ferrocarril.

El 25 de mayo de 1935 se colocó la piedra fundamental de la construcción del puente: el acta, firmada en la oportunidad y cuya copia obra en poder de los descendientes del ingeniero Pablo Cantaluppi, director del Distrito 12 con asiento en la capital neuquina, fue realizada en nombre del presidente de la Nación, General Agustín P. Justo, y el ministro de Obras Públicas de la Nación, Dr. Manuel R. Alvarado, y el presidente de la Dirección Nacional de Vialidad, Justiniano Allende Posse. Asistieron al acto el representante de la empresa ganadora de la licitación, Ingeniero Emilio Poenitz, en representación de Vialidad Nacional el ingeniero Pablo Cantaluppi, los gobernadores del Neuquén, coronel Enrique Pilotto, de Río Negro, ingeniero Adalberto Pagano, mientras que el Juez Letrado fue el poeta Juan Julián Lastra.

La bendición de la piedra fundamental fue realizada por el Reverendo Padre Santiago Valente. Tamaña empresa fue llevada a cabo por la Dirección Nacional de Vialidad que, a través de la empresa GEOP, logró concretar el ansiado sueño. Esta obra de hormigón armado, de una luz total de 464 metros y 6 de ancho de calzada, fue costeada con fondos de la Ley 11.658 y construida por la Compañía General de Obras Públicas de acuerdo con el contrato firmado con la Dirección Nacional de Vialidad.

La primera parte fue inaugurada el 20 de febrero de 1937, y el puente completo en marzo de ese mismo año. Este homenaje es, a la vez, la reiteración de un pedido: una vez más solicito la colocación de los nombres de los verdaderos protagonistas de estas épicas historias de nuestra región, como una manera de honrar eternamente su memoria.


Dentro de los grandes acontecimientos de la historia de la Norpatagonia se cuenta el día del primer arribo de un tren pasajero: ocurrió en junio de 1901. Reanudamos nuestro homenaje con la sana intención de agasajar a aquellos intrépidos y audaces hombres quienes, hace 125 años, tuvieron el coraje de enfrentar al bravío río que azotaba y dejaba sin terminar las obras que se iniciaban para la construcción del puente. Uno de los protagonistas, el foguista Francisco José Dellanegra, nació en Udine, un pueblo de Italia cercano a Trento. Se casó con Adela Sciani, también italiana, con la que tuvieron once hijos. El mayor de ellos, también llamado Francisco José, es el padre de quien nos relató la presente historia, el Ingeniero Roberto Dellanegra.

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