Revolucionó el estudio del cerebro en Argentina en 1910 y dejó su nombre en Bariloche: quién fue Christofredo Jakob

Christofredo Jakob fue pionero de la neurociencia argentina y un apasionado explorador de la Patagonia. Un lago y un refugio de montaña llevan su nombre. Un libro recupera su historia y los descubrimientos que lo convirtieron en un adelantado a su época.

Por Natalia López

Cada año, miles de personas al refugio Jakob, uno de los destinos clásicos del trekking en Bariloche. Durante horas caminan entre bosques, arroyos y montañas para llegar a la laguna que lleva el mismo nombre. Pocos conocen la importancia del hombre detrás de ese paisaje. Christofredo Jakob fue un médico alemán que en 1910 estudió el cerebro en la Argentina y también dedicó parte de su vida a explorar la Patagonia. Ahora, un libro recupera su historia, sus investigaciones y una obra científica que durante décadas fue poco conocida.

Se trata de Mikrokosmos, Christofredo Jakob y el inicio de la neurociencia argentina, escrito por Alejandra Molina y publicado por la Fundación Azara y la Universidad Maimónides. La investigación llevó diez años, reunió alrededor de 4.500 documentos históricos y permitió recopilar 250 trabajos científicos del médico alemán. La obra tuvo una primera edición en 2024 y una segunda en 2026, y fue declarada de interés cultural por las legislaturas de Río Negro, Córdoba y Mendoza.

La historia que reconstruye Molina arranca en 1866 cuando nació Christofredo, en Baviera, Alemania. Treinta y dos años más tarde, el 17 de julio de 1899, llegó a Buenos Aires, con una sólida formación científica y una curiosidad que trascendía los laboratorios. Durante el viaje en barco desde Hamburgo aprovechó el tiempo para aprender español. Cuando pisó suelo argentino, ya estaba listo para empezar una nueva etapa.

En Alemania se había destacado como neuropatólogo y había publicado atlas del cerebro traducidos a varios idiomas. Sin embargo, tenía problemas para conseguir suficiente material de investigación. En Argentina, el médico Domingo Cabred, director del entonces Hospicio de las Mercedes, buscaba un especialista que pudiera organizar un laboratorio de anatomía patológica.

Jakob aceptó la propuesta que otros profesionales habían rechazado por razones económicas. Para él era la oportunidad para desarrollar sus investigaciones sobre el sistema nervioso.

El hombre que quería entender cómo pensamos


Cuando Jakob comenzó a trabajar en Buenos Aires, la medicina tenía herramientas muy diferentes de las actuales. No existían las tomografías ni las resonancias magnéticas. Para estudiar el cerebro había que observar tejidos al microscopio, realizar disecciones y dibujar cuidadosamente lo que se observaba.

En su primer año de trabajo, con un solo asistente y equipamiento básico, realizó más de 25.000 cortes histológicos y cientos de fotografías de tejidos. Vivía con su familia en una casa muy sencilla dentro del hospital y dedicaba buena parte de sus días a investigar.

No sólo quería conocer la anatomía cerebral sino comprender cómo las estructuras del sistema nervioso hacían posibles las emociones, los pensamientos y la conducta humana.

Desarrolló una técnica de disección conocida como los «Cortes de Jakob» e hizo municiosas ilustraciones de las conexiones cerebrales. También estudió distintas especies para comprender cómo había evolucionado el cerebro a lo largo de millones de años.

En 1913 publicó, junto con el naturalista Clemente Onelli, el Atlas del cerebro de los mamíferos de la República Argentina, una obra pionera que reunió sus conocimientos de anatomía comparada y evolución del sistema nervioso.

Uno de sus aportes más importantes fue el estudio del llamado «cerebro visceral», relacionado con los mecanismos cerebrales que intervienen en las emociones. Entre 1906 y 1910 investigó las conexiones entre los órganos internos y el cerebro, y publicó sus resultados en 1911 y 1913.

Según los trabajos citados en por Molina en su libro, estas investigaciones se adelantaron más de dos décadas a las del estadounidense James Papez, cuyo trabajo sobre el circuito cerebral de 1937 alcanzó reconocimiento internacional.

Jakob también investigó fósiles patagónicos, estudió el desarrollo del sistema nervioso y trabajó sobre cuestiones que décadas después cobrarían importancia en la genética y las neurociencias.

De los laboratorios a las montañas de Bariloche


La ciencia no fue su única pasión. Jakob también era un entusiasta de la naturaleza, un observador del paisaje y un explorador que encontró en la cordillera de los Andes un territorio para recorrer y estudiar.

Durante sus viajes por la región de Bariloche dibujó mapas, exploró sectores cercanos al cerro Tronador y dio nombre a picos y lagunas. Sus recorridos dejaron huellas en la geografía regional que todavía permanecen.

Una de ellas es el lago Jakob donde se encuentra el refugio de montaña que hoy es uno de los destinos más conocidos de los senderistas. Otra es un sitio llamado «La mirada del doctor», también vinculado con sus exploraciones.

Una fotografía histórica recuperada en el libro lo muestra junto al baqueano José Crettón en ese lugar. Lejos de los microscopios y los hospitales, Christofredo recorría la cordillera junto a quienes conocían esos caminos. El contacto con la naturaleza tenía además una relación directa con el bienestar humano.

Estaba convencido de que los espacios verdes contribuían al desarrollo saludable de la vida psíquica. Esa mirada lo llevó incluso a proponer la plantación de eucaliptos en la avenida General Paz y la creación de grandes áreas verdes en Buenos Aires. Ese interés por la naturaleza también se reflejó en sus estudios sobre animales argentinos, desde el pichiciego de Cuyo hasta el yacaré del Litoral.

El refugio General San Martín, conocido popularmente como refugio Jakob, está ubicado a 1.600 metros sobre el nivel del mar, junto al lago que lleva el nombre del científico alemán. Fue Otto Meiling quien bautizó el lago en 1936, en homenaje a Christofredo

La construcción del refugio comenzó en 1950, año del centenario de la muerte del general San Martín, de quien tomó su nombre oficial. Fue inaugurado en 1952 por el Club Andino Bariloche. En 2017, un incendio intencional lo destruyó por completo, pero fue reconstruido y reabrió sus puertas en 2018 hasta hoy.

Diez años para reconstruir una vida


La recuperación de la historia de Jakob comenzó cuando Alejandra Molina, investigadora y estudiante de la UM, encontró un texto mientras estudiaba el funcionamiento del cerebro. Le llamó la atención la importancia de sus investigaciones y descubrió que buena parte de su producción científica no había sido reunida de manera integral. Decidió entonces rearmar su trayectoria.

La investigación le llevó diez años. Molina buscó documentos en Argentina, Alemania, Italia, Grecia, Estados Unidos, Francia y España. Juntó casi 4.500 registros históricos y recopiló 250 trabajos de Jakob, entre libros y artículos.

El resultado fue Mikrokosmos, una biografía que permite conocer tanto sus descubrimientos como su manera de entender la ciencia. Para Jakob, el cerebro era un “microcosmos”, una pequeña red capaz de reflejar y entender todo el universo. Molina rescata una de las frases del Jakob que resume su pasión por aprender: somos “el microcosmos que quiere devorar el macrocosmos como un Fausto”

El laboratorio donde trabajó, en el actual Hospital Borda de Buenos Aires, todavía existe, pero perdió la colección científica que daba sentido a sus instalaciones. «En otros países se conservan los laboratorios como espacios de memoria, investigación y enseñanza, aquí se deja que se deterioren», señala la autora.

Un legado que permanece


Christofredo Jakob murió el 6 de mayo de 1956, a los 89 años. Trabajó hasta sus últimos días y llegó a financiar con sus propios ahorros la publicación de Folia Neurobiológica Argentina, una de sus grandes obras científicas.

En 1982 se estableció el 17 de julio como Día del Neurocientífico Argentino, en homenaje a la fecha de su llegada al país. Su nombre quedó asociado a los comienzos de la investigación del cerebro en la Argentina, pero también a un rincón de nuestra cordillera.


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