Vigilan al “monstruo”: tres historias de trabajadores que mantienen viva a la PIAP en Neuquén

Tres décadas de experiencia, sueños y resistencia se entrelazan en las historias de trabajadores que resguardan el coloso industrial con un porvenir incierto.

Desde la Ruta 22 ya se advertía al “monstruo”. Sus luces imponentes te obligaban a mirarlo y marcaban un punto clave en Neuquén al volver de algún viaje: “Estamos en Arroyito”. La Planta Industrial de Agua Pesada (PIAP) se erigía como un gigante que prometía un futuro laboral para quienes ingresaban a trabajar allí. Sin embargo, desde mayo de 2017 entró en un estado de “hibernación”. ¿Cómo viven este “parate” los trabajadores que aún permanecen allí?


Gustavo pisó por primera vez la PIAP en 1993, con apenas 20 años. Había llegado desde Rosario, dejando atrás un trabajo en una petrolera. “Vine como una aventura y me quedé”, cuenta hoy, tres décadas después con la memoria intacta de lo vivido.


Por aquel entonces estaban parados sobre un suelo inestable. “Era una época media déspota”, afirmó. Contó que trabajaban los feriados sin paga extra, con “cero derechos”. Pese a estas condiciones, la expectativa era enorme, aunque la planta aún no producía agua pesada. Como operador de campo, fue testigo y protagonista del momento histórico en 1994, cuando se obtuvo la “primera gota”. Un hito que demostró la altísima calidad del producto: “No hay ningún agua pesada que tenga tanta pureza”.

Interrupciones y algunos años de gloria: tres historias de la PIAP



La PIAP, sin embargo, se acostumbraría a las interrupciones. Relató que en el ‘95 la planta se paró. La incertidumbre golpeó a los trabajadores que habían dejado todo por ese proyecto: muchos, como Gustavo, habían arribado desde otras provincias. Se reactivó brevemente, pero en 2001, la crisis nacional volvió a silenciarla, y los sueldos dejaron de pagarse. “Cobramos en diciembre del 2000 y después no cobramos hasta marzo. Nos iban tirando alguna migaja”, aseguró.


Para él, la mejor época llegó después de 2002. “Ahí estuvimos produciendo casi 12 años seguidos. Hasta el 2017”, remarcó con orgullo. Sostuvo que la planta trabajaba a pleno, con dos líneas en funcionamiento. Lo contempla como una etapa de estabilidad y crecimiento.


Rubén, por su parte, ingresó a la PIAP en esa época, en 2006, durante la etapa de reactivación del Plan Nuclear Argentino, con el objetivo de cargar Atucha II. Era un joven de 20 años que, sin experiencia previa en el rubro, se sumergió en un mundo de “una complejidad fascinante”. La planta estaba en pleno auge y las jornadas eran intensas, de 12 horas, para ponerla a punto.


Aunque era algo extenuante, lo recuerda como un momento de mucho crecimiento, donde todo le parecía interesante. “Estábamos en capacitación constante. Era un trabajo muy grosso que en otro lado no se hacía”, señaló.


Rubén fue partícipe de la evolución de la planta, de los esfuerzos por hacerla más productiva. “Fue muy gratificante todo el trabajo que se hizo”, afirmó. Señaló que fue un tiempo donde “los recursos no faltaban” y cada desafío técnico encontraba una solución. La planta era una entidad viva, compleja, que requería una atención constante. “Si se rompía algo teníamos que ir a arreglarlo sea como sea”, mencionó.


Héctor, por su parte, llegó en 2012 a los 35 años. Ya con experiencia en el sector petrolero, se encontró con una planta en pleno funcionamiento. “Estaba bien, se estaba trabajando, se estaba produciendo”, contó.

El “monstruo”, como le llama cariñosamente, lo cautivó. La envergadura del lugar, el desafío de aprender sus secretos y la estabilidad laboral le ofrecieron una calidad de vida que le permitió, con horas extras, comprar su primer auto. Sin embargo, su entrada estuvo teñida por una sombra. Ingresó tras un trágico accidente en el que murieron dos trabajadores: César Gutiérrez, César Gutierrez, delegado de ATE, y Marcelo Giest, ingeniero y supervisor oriundo de Buenos Aires.

Acostumbrado a la transitoriedad de las empresas de servicios petroleros donde “se termina la obra”, la PIAP representaba una promesa de arraigo. Dedicó dos años y medio a “remarla” como contratado con la meta firme de quedar efectivo y lo logró.

El momento del “parate” en la PIAP



El quiebre llegó de forma abrupta. Recordaron que en 2017, tras un período de cambios políticos que frenaron el desarrollo, una amenaza de bomba se convirtió en el parate definitivo. La producción cesó, pero la planta no se vació: quedó cargada con amoníaco y otros químicos, transformando el sitio productivo en una instalación de alto riesgo.

124 operarios realizan tareas de mantenimiento en la PIAP. Foto: archivo.

“La tenemos que mantener día a día para que no pase nada”, explicó Rubén. Indicó que de 500 trabajadores, hoy solo quedan 124. Gustavo señaló que en sus turnos apenas son nueve.


Desde entonces viven con la incertidumbre de no saber qué es lo que va a pasar. Rubén describió la angustia de los pagos de sueldos en cuotas y la imposibilidad de planificar: “No sabés si vas a cobrar, es insostenible todo esto”. Sostuvo que se le suma la falta de insumos básicos para trabajar. “A veces no tenemos ni guantes, ni discos de corte”.


Para Héctor la situación de “durísima”, sobre todo al ver cómo la falta de recursos impide mantener al “monstruo” en óptimas condiciones. Aunque pensó en irse, sostuvo que su edad lo frena en un mercado laboral que valora más la juventud que la experiencia. Gustavo, a cinco años de jubilarse, tampoco quiere dejar la planta. “Yo no tengo ganas de jubilarme”, aseveró, aferrado a la convicción de que la planta aún tiene un futuro.


A pesar de todo, la esperanza no se extingue. Los trabajadores de la PIAP saben que la planta es única. Rubén destacó su pureza del 99.8%, vital para reactores y con un creciente uso en tecnología y medicina. “Ahora hay un auge de agua pesada que se necesita”, afirmó.

Gustavo aseguró que “hay ocho empresas que quieren el agua pesada”. De hecho, comentó que han recibido visitas internacionales de interesados en la producción. Señaló que, además, la planta “es muy estratégica” para la Argentina.


La camaradería entre ellos es el motor que los mantiene unidos. “Esa unión que tenemos nos llevó hasta donde estamos”, subrayó Gustavo y agregó: “Hay que tener confianza y esperar. Espero que la sociedad nos apoye, porque nosotros estamos muy solos”.

A la espera de definiciones y reclamos por los salarios


La PIAP ubicada en Arroyito, Neuquén, enfrenta un escenario de definición con respecto a su futuro operativo y contractual. La instalación, diseñada para producir agua pesada (D₂O) para el programa nuclear argentino, se encuentra en un estado de preservación desde 2017.


El contrato de mantenimiento, esencial para la operatividad mínima y la conservación de la infraestructura, caducó en octubre del año anterior. Jonatan Valenzuela, secretario general de la seccional de ATE de Senillosa, Arroyito y El Chocón, indicó que aunque se habían iniciado conversaciones para su extensión hasta febrero, la renovación de autoridades en la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) en diciembre detuvo este proceso. Afirmó que el nuevo directorio, encabezado por Martín Porro, ordenó revisar los acuerdos previos.

Trabajadores de la PIAP retomaron su reclamo en Neuquén. Foto: Matías Subat.


Esta interrupción contractual tuvo implicaciones directas en los sueldos. Valenzuela detalló que la Empresa Neuquina de Servicios de Ingeniería (ENSI), que opera la planta, debió adelantar parte de los haberes correspondientes al mes de diciembre, quedando pendiente el pago del remanente sin una fecha de concreción establecida. “No habíamos tenido problemas con los salarios hasta ahora”, precisó el dirigente. El aguinaldo fue abonado según lo previsto.


En respuesta, los trabajadores realizaron acciones de visibilización como la reducción parcial de la calzada en la Ruta 22 para distribuir panfletos. El referente sindical agregó que una delegación de operarios se trasladó a Buenos Aires con el objetivo de establecer diálogo con las autoridades de la CNEA.


La función actual de los 124 trabajadores que permanecen en la PIAP
se centra en las tareas de mantenimiento y preservación, según precisó Valenzuela. Estimaciones de los trabajadores, así como análisis privados, sugieren que la reactivación completa de la PIAP —que cuenta con dos líneas de producción con una capacidad de 100 toneladas anuales cada una— requeriría una inversión cercana a los 100 millones de dólares.


A pesar de los años sin producción, la planta mantiene un nivel de conservación que, según los operarios, es notable para una instalación de su tipo.


Desde la Ruta 22 ya se advertía al “monstruo”. Sus luces imponentes te obligaban a mirarlo y marcaban un punto clave en Neuquén al volver de algún viaje: “Estamos en Arroyito”. La Planta Industrial de Agua Pesada (PIAP) se erigía como un gigante que prometía un futuro laboral para quienes ingresaban a trabajar allí. Sin embargo, desde mayo de 2017 entró en un estado de “hibernación”. ¿Cómo viven este “parate” los trabajadores que aún permanecen allí?

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