Soja y energía
Aunque los voceros oficiales, encabezados por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, insisten en que el “modelo” que dicen estar piloteando con éxito tiene muy poco en común con los armados por gobiernos anteriores, la evolución de la economía nacional no ha dejado de depender del campo. Como ya es tradicional, siempre y cuando los precios internacionales de los commodities estén altos, una buena cosecha será suficiente como para compensar las deficiencias en otros ámbitos, mientras que una mala tendría consecuencias nefastas. Por fortuna, parecería que este año la producción del campo, en especial del “complejo sojero”, será mayor que la registrada en el 2012, de suerte que entre abril y septiembre ingresará mucho dinero que, sería de suponer, serviría para llenar la “caja” gubernamental, pero de resultar equivocados los pronósticos a causa de una sequía inoportuna, inundaciones o una crisis externa, nos aguardaría una etapa sumamente difícil. Según las cifras que acaba de difundir el Indec, en enero el superávit comercial al que el país se ha acostumbrado se desplomó el 49% en comparación con el mismo mes del año pasado debido a la necesidad de gastar más, mucho más, para importar gas natural, gasoil y productos energéticos afines. En cambio, cayeron abruptamente las importaciones de bienes de capital y de bienes intermediarios, lo que puede tomarse por una señal de que los industriales, preocupados por el clima de incertidumbre que se ha propagado a lo ancho y lo largo del país, han perdido interés en invertir a fin de aumentar su productividad. Parecería, pues, que hasta nuevo aviso las vicisitudes de la balanza comercial, o sea del superávit que durante la gestión de Néstor Kirchner era considerado un pilar básico del modelo, se verán determinadas por la soja por un lado y la energía por el otro. Aunque la soja conserva una amplia ventaja en la carrera así supuesta, las cosechas no podrán continuar aumentando año tras año, pero las importaciones de energía todavía no se han acercado a su techo. Se prevé que en el transcurso del año corriente el país tenga que gastar casi 5.000 millones de dólares para comprar combustibles, un monto que sería 2.000 millones superior al exigido en el 2012. ¿Y el año que viene? Mucho dependerá del desempeño de YPF y otras empresas del sector, pero para comenzar a recuperar el terreno perdido tendrían que invertir muchísimo dinero. Con toda seguridad es por este motivo que el CEO de la empresa renacionalizada, Miguel Galuccio, no se ha propuesto prestarse al acuerdo de congelamiento de precios impulsado, a su manera particular, por el habitualmente pendenciero secretario de Comercio Interior Guillermo Moreno. El plan de inversiones de Galuccio precisaría la friolera de 7.000 millones de dólares anuales, pero por ser otras las prioridades del gobierno nacional en lo que es, al fin y al cabo, un año electoral, sorprendería que consiguiera todo el dinero que dice necesitar. Los populistas, nacionalistas y revisionistas que a través de los años han hecho aportes significantes a la ideología actualmente reivindicada por los kirchneristas siempre se han opuesto apasionadamente al viejo “modelo agroexportador” por entender que no resultaría ser capaz de permitirle al país alcanzar un nivel de desarrollo digno. Acertaron, pero no han prosperado los esfuerzos por reemplazar el modelo despreciado por otro menos limitado transfiriendo recursos desde el campo hacia los centros industriales urbanos. Aunque la producción agraria ha crecido mucho en los años últimos, no se han modernizado la industria y las actividades calificadas de servicios o, claro está, las relacionadas con el sector energético, que se ha convertido en un devorador al parecer insaciable de dinero. Puede que, merced a las necesidades de China, este año la soja y otros productos del campo logren cubrir los costos ya abultados que nos supone el cada vez más preocupante déficit energético, pero no hay garantía alguna de que sean suficientes como para hacerlo en los años siguientes, razón por la que es urgente que los encargados del “modelo” se den cuenta de que el gran problema estructural de la economía no consiste en las dimensiones a su juicio excesivas del sector agropecuario “oligárquico” sino en la falta de competitividad ya crónica de la sobreprotegida industria nacional.
Aunque los voceros oficiales, encabezados por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, insisten en que el “modelo” que dicen estar piloteando con éxito tiene muy poco en común con los armados por gobiernos anteriores, la evolución de la economía nacional no ha dejado de depender del campo. Como ya es tradicional, siempre y cuando los precios internacionales de los commodities estén altos, una buena cosecha será suficiente como para compensar las deficiencias en otros ámbitos, mientras que una mala tendría consecuencias nefastas. Por fortuna, parecería que este año la producción del campo, en especial del “complejo sojero”, será mayor que la registrada en el 2012, de suerte que entre abril y septiembre ingresará mucho dinero que, sería de suponer, serviría para llenar la “caja” gubernamental, pero de resultar equivocados los pronósticos a causa de una sequía inoportuna, inundaciones o una crisis externa, nos aguardaría una etapa sumamente difícil. Según las cifras que acaba de difundir el Indec, en enero el superávit comercial al que el país se ha acostumbrado se desplomó el 49% en comparación con el mismo mes del año pasado debido a la necesidad de gastar más, mucho más, para importar gas natural, gasoil y productos energéticos afines. En cambio, cayeron abruptamente las importaciones de bienes de capital y de bienes intermediarios, lo que puede tomarse por una señal de que los industriales, preocupados por el clima de incertidumbre que se ha propagado a lo ancho y lo largo del país, han perdido interés en invertir a fin de aumentar su productividad. Parecería, pues, que hasta nuevo aviso las vicisitudes de la balanza comercial, o sea del superávit que durante la gestión de Néstor Kirchner era considerado un pilar básico del modelo, se verán determinadas por la soja por un lado y la energía por el otro. Aunque la soja conserva una amplia ventaja en la carrera así supuesta, las cosechas no podrán continuar aumentando año tras año, pero las importaciones de energía todavía no se han acercado a su techo. Se prevé que en el transcurso del año corriente el país tenga que gastar casi 5.000 millones de dólares para comprar combustibles, un monto que sería 2.000 millones superior al exigido en el 2012. ¿Y el año que viene? Mucho dependerá del desempeño de YPF y otras empresas del sector, pero para comenzar a recuperar el terreno perdido tendrían que invertir muchísimo dinero. Con toda seguridad es por este motivo que el CEO de la empresa renacionalizada, Miguel Galuccio, no se ha propuesto prestarse al acuerdo de congelamiento de precios impulsado, a su manera particular, por el habitualmente pendenciero secretario de Comercio Interior Guillermo Moreno. El plan de inversiones de Galuccio precisaría la friolera de 7.000 millones de dólares anuales, pero por ser otras las prioridades del gobierno nacional en lo que es, al fin y al cabo, un año electoral, sorprendería que consiguiera todo el dinero que dice necesitar. Los populistas, nacionalistas y revisionistas que a través de los años han hecho aportes significantes a la ideología actualmente reivindicada por los kirchneristas siempre se han opuesto apasionadamente al viejo “modelo agroexportador” por entender que no resultaría ser capaz de permitirle al país alcanzar un nivel de desarrollo digno. Acertaron, pero no han prosperado los esfuerzos por reemplazar el modelo despreciado por otro menos limitado transfiriendo recursos desde el campo hacia los centros industriales urbanos. Aunque la producción agraria ha crecido mucho en los años últimos, no se han modernizado la industria y las actividades calificadas de servicios o, claro está, las relacionadas con el sector energético, que se ha convertido en un devorador al parecer insaciable de dinero. Puede que, merced a las necesidades de China, este año la soja y otros productos del campo logren cubrir los costos ya abultados que nos supone el cada vez más preocupante déficit energético, pero no hay garantía alguna de que sean suficientes como para hacerlo en los años siguientes, razón por la que es urgente que los encargados del “modelo” se den cuenta de que el gran problema estructural de la economía no consiste en las dimensiones a su juicio excesivas del sector agropecuario “oligárquico” sino en la falta de competitividad ya crónica de la sobreprotegida industria nacional.
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