Sólo un comienzo

Por suerte, el gobierno cuenta con un nuevo "hombre fuerte": el neuquino Chrystian Colombo.

Por Redacción

Según el Pacto Federal que firmaron todos los gobernadores peronistas con la excepción no muy importante del siempre disidente santacruceño Néstor Kirchner, las provincias congelarán sus gastos hasta el año 2005. Aunque es probable que algunos mandatarios se las ingenien para violar esta regla sencilla, lo cual les será fácil por la inclusión en el pacto de una cláusula conforme a la cual podrán reclamar más dinero a fin de hacer frente a una «extrema emergencia», el acuerdo le ha permitido al gobierno del presidente Fernando de la Rúa anotarse un triunfo sobre el bonaerense Carlos Ruckauf quien, para sorpresa de nadie, está tratando de aprovechar en beneficio propio las dificultades del Poder Ejecutivo Nacional. Fue por eso que los representantes del Fondo Monetario Internacional y funcionarios del gobierno de los Estados Unidos decidieron que la Argentina debería contar con un «blindaje» financiero. Aunque entienden muy bien que el Pacto Federal podría deshacerse en el curso del lustro próximo, ya tienen algunos motivos para creer que el gobierno conseguirá recuperarse de las heridas recibidas desde que estalló el escándalo en el Senado.

Desde el punto de vista del gobierno, el éxito así supuesto podría resultar ser decididamente más valioso que el reconocimiento por parte de los gobernadores provinciales de la necesidad de intentar frenar el aumento del gasto público. En la raíz de la crisis en la cual se encuentra el país, está la sensación de que debido a sus diferencias internas y a la personalidad vacilante de su jefe, la Alianza no está en condiciones de gobernar con la decisión exigida por las circunstancias. Por fortuna, el gabinete cuenta con un nuevo «hombre fuerte», el neuquino Chrystian Colombo, que en el curso de las negociaciones con los gobernadores provinciales logró mostrarse capaz de convencer a los peronistas de la conveniencia de actuar de forma constructiva.

Con todo, el oxígeno suministrado al gobierno por la firma del Pacto Federal a pesar de la oposición de Ruckauf no le servirá para mucho, a menos que haya supuesto el comienzo de una nueva etapa signada por la voluntad oficial de impulsar la larga serie de reformas económicas que han sido postergadas por motivos políticos. Mal que les pese a los contrarios al «rumbo» por el cual De la Rúa está esforzándose por avanzar, la economía no reanudará su marcha ascendente hasta que los «mercados», tanto internacionales como nacionales, hayan llegado a la conclusión de que el gobierno, además de estar plenamente comprometido con su propio programa, posee la fortaleza anímica, la audacia y la lucidez precisas para instrumentar los cambios necesarios. A menos que consiga manifestar tales cualidades en los días próximos, el país no tardará en recaer en el extremo pesimismo que lo caracterizaba antes de que los peronistas optaran por aceptar el congelamiento de los gastos en las provincias que dominan.

La crisis de confianza achacable a la gestión poco vigorosa del gobierno aliancista ha servido para empujar aún más hacia la derecha el centro de gravedad del consenso económico. La reacción poco amable de los mercados ante las señales de debilidad ha convencido tanto al presidente De la Rúa como a sus colaboradores más cercanos de que por ahora, cualquier iniciativa destinada a mitigar el impacto de las reformas resultará contraproducente. Aunque es habitual atribuir la conducta reciente de los mercados al carácter «insaciable» de operadores bursátiles, financistas e inversores, en el fondo se debe a nada más siniestro que el hecho de que los más suelan tomar la negativa oficial a impulsar medidas «duras» por evidencia de su voluntad de hacer concesiones destinadas a complacer a políticos clientelistas y sindicalistas corruptos. La impresión de que el gobierno es muy débil no sólo ha provocado mucha turbulencia en los mercados financieros, sino que también lo ha obligado a intentar privilegiar sectores ya favorecidos a costa de los demás, con el resultado de que no ha podido satisfacer ni a los inversores ni a la mayoría pobre. En cambio, si logra gobernar con firmeza, contará con el apoyo suficiente de los «mercados» como para poder darse el lujo de emprender medidas destinadas a permitirle empezar a honrar la llamada deuda social.