Soluciones mágicas
la peña
jorge vergara jvergara@rionegro.com.ar
Están probados en combate, solía afirmar un amigo para describir que una receta de cualquier ámbito nos daría resultado y que podía utilizarse sin miedos. Es que son tantas las sugerencias que uno recibe cuando de aplicar remedios caseros se trata, que uno termina dudando de todo, salvo que lo diga la abuela o la madre, que generalmente en esta materia suelen tener la indicación justa. No es el caso de un conocido que para cualquier dolencia tiene la misma receta. Si tenés dolor de cabeza, si estás engripado, si te duele el estómago, si sentís malestar en el hígado, o si te pasa algo que te pone mal y no querés ir al médico, él siempre te sugiere vino caliente. Y lo peor es que lo dice y nunca lo hizo para sus propias dolencias. Tal vez el vino caliente sirva para algo en particular, pero no creo que para todas estas cosas. En tiempos de frío, que generalmente es el momento de las afecciones respiratorias, llueven las sugerencias para estar fuerte y sano, para no engriparse, para superar los molestos síntomas que nos tiran a la cama. y generalmente se repiten las recetas de los cítricos, del vapor con ramas de eucalipto, de sopa bien caliente y si es de pollo mejor, de miel, ajo y una larga lista más que si uno la juntara se podría parecer a un cóctel explosivo. Muchas están probadas científicamente, otras por la práctica de años que como una herencia fue pasando de generación en generación y algunas son sugerencias modernas, con productos naturales cuyas propiedades se conocen ahora. Pero qué hacer cuando la abuela dice una cosa, el amigo dice otra, la madre aporta lo suyo y hasta un vecino se anima a sugerir una receta para superar el malestar. Somos tercos y con tal de no ir al médico tomamos cualquier cosa, todas surgidas de recetas que esperamos nos den resultados mágicos. Y si a las pocas horas estamos igual o peor, lo primero que pensamos es que esa receta no sirve para nada. Mi abuela solía llegar a casa con una latita que decía Ungüento de Altea, me quedó grabado como si fuera ayer, nos aplicaba una pequeña dosis y al día siguiente estábamos mucho mejor. No supe jamás si realmente ese producto era maravilloso o en realidad eran las manos de la abuela que con todo el amor del mundo aplicaban una dosis de cariño y se nos pasaban todos los males. Ahí estaba la gran diferencia, cuando nos pegábamos algún golpe si acudíamos a pedir consuelo, según quién nos recibiera era la duración del dolor. Si era mi madre la que nos consolaba nos hacía un par de mimos y mágicamente nos pasaba el dolor. En cambio, si acudíamos a mi padre, él nos pasaba la mano por la cabeza con tono bien paternal y nos decía “los hombres no lloran”. Y nos mordíamos para no llorar, aunque nunca entendíamos por qué las mujeres podían llorar y nosotros no. Para los calambres o la diarrea las recetas de la familia apuntaban a comer membrillo, dulce o fruta, pero eso servía para calmar ambas dolencias. Pero un día vi a mi padre, en pleno campo parchar con dulce de membrillo un tanque de nafta de una estanciera que se había pinchado. Ahí me entró la duda sobre para qué servía el membrillo. Es muy amplio el alcance de las medicinas caseras, casi como el de una famosa bebida cola que además de gaseosa sirve para aflojar tornillos y sacarles el óxido. Hace años un primo tenía dolor de estómago y le dije que tomara té de canela. No sabía si servía o no, pero era el momento justo para sacarme de encima una cajita de ese té que nadie quería. Y por la reacción supongo que no sirvió para nada, porque a pesar de los años todavía me lo sigue reprochando. Las bien intencionadas sirven, las otras hay que tomarlas con pinzas.