Son insoportables

Redacción

Por Redacción

“Son insoportables”, bufó Isidoro Reyes mirando a la gente amontonada para subir al vuelo Madrid-Caracas. “¡Incivilizados! –añadió–. Esto va a ser una pesadilla”. Latana Buendía frunció el ceño y le demandó buenos modales: “Bajá la voz. No me gusta que hables así”. A Reyes le pareció casi una hipocresía que le exigiera tolerancia, además de contradictorio. Reyes siente un desprecio irrefrenable por los que, de tan ansiosos y apurados, se olvidan de que no viven solos en el mundo. A estos desconocidos que amenazan su pretendido bienestar no los puede ignorar. Le parece imperativo que así sea: concibe la tolerancia como una subespecie de la complicidad. Así, aunque lo intenta, no evita indignarse con quienes suben al subte sin esperar a los que bajan. Deliberadamente se los lleva por delante cuando se le cruzan. Pretende corregirlos o, al menos, descargar la inquina que le provocan. Hasta sufre cierta irritación al ver a los que se impacientan en cualquier fila, donde sea: se apuran para subir a la Torre Eiffel y no bien llegan a lo más alto se desesperan por bajar. “El avión va a salir a la misma hora y los asientos están asignados, ¿para qué hacen fila 40 minutos? Estos tipos no tienen paz”, gruñó Reyes. “Vos tampoco. ¡Estamos de vacaciones!”, replicó Latana. Cuando el avión estaba por despegar, Reyes se inclinó para mirar por la ventanilla y de pronto se mareó: el asiento de adelante se había reclinado de golpe y lo dejó casi nocaut. “Qué animal”, resopló Reyes. El enorme tipo –el animal– no acusó recibo. También desoyó a la azafata que, al borde del hartazgo, le repitió que debía enderezar el respaldo; estaba muy ocupado con su celular. Cada vez que el tipo tocaba la pantalla del moderno aparato Reyes padecía un sonido perturbador que le perforaba los tímpanos y volvía a protestar: “Encima, este gorila inadaptado no apaga el teléfono. El avión se va a caer por su culpa”. Latana le pegó un codazo: “Sh, basta”. Durante el vuelo el desvergonzado gigante se la pasó llamando a las azafatas para pedir más bebida y comida. Incluso le robó el almuerzo a una anciana dormida. Al aterrizar hubo un claro pedido para que los pasajeros permanecieran sentados y no encendieran sus celulares. Al grandote le dio igual: prendió su teléfono y, sin registro de su inmensidad, se puso de pie. Durante unos segundos apenas hizo equilibrio y, como si flotara, fue rebotando entre los respaldos de los asientos. Su masa corporal no dejó margen para que se cayera. Enseguida revoleó los brazos por el aire para bajar su equipaje de mano, que superaba los diez kilos permitidos. Antes de que pudiera dominarlo, el bolso rebotó en la cabeza de otro impaciente parado. Pasaron más de diez minutos hasta que se abrió la puerta del avión. El gigante, que había esperado de pie como la mayoría, apuró el paso y se sumó a la fila de Migraciones, adelantándose con satisfacción a dos o tres. Luego fue en busca de su equipaje restante. La cinta era larga pero él se amontonó junto a otros en el extremo por el que aparecen las valijas. “Deben ser los mismos que en vacaciones se hacinan en una playa”, murmuró Reyes, que miraba del otro lado de la cinta y resoplaba a cada rato. “Ya, dejá de criticar”, se quejó Latana. Con el mentón su compañero le hizo un gesto para que viera lo que pasaba entre el gentío. El gigante parecía un trompo en sus últimas vueltas: tras arrebatar su maleta, tambaleaba. Reyes se ilusionó con verlo tendido en el suelo pero, con tantos ansiosos alrededor, no hubo espacio para que se cayera. Sudado en los 30 grados de Caracas, el grandote salió del aeropuerto. Minutos después Reyes –obsesionado– lo vio en una extensa fila a la espera de un taxi, donde parecía sonreír, feliz. “La gente es insoportable”, bramó Reyes. “Estamos de vacaciones”, repitió Latana, guiñándole un ojo.

Juan Ignacio Pereyra pereyrajuanignacio@gmail.com


“Son insoportables”, bufó Isidoro Reyes mirando a la gente amontonada para subir al vuelo Madrid-Caracas. “¡Incivilizados! –añadió–. Esto va a ser una pesadilla”. Latana Buendía frunció el ceño y le demandó buenos modales: “Bajá la voz. No me gusta que hables así”. A Reyes le pareció casi una hipocresía que le exigiera tolerancia, además de contradictorio. Reyes siente un desprecio irrefrenable por los que, de tan ansiosos y apurados, se olvidan de que no viven solos en el mundo. A estos desconocidos que amenazan su pretendido bienestar no los puede ignorar. Le parece imperativo que así sea: concibe la tolerancia como una subespecie de la complicidad. Así, aunque lo intenta, no evita indignarse con quienes suben al subte sin esperar a los que bajan. Deliberadamente se los lleva por delante cuando se le cruzan. Pretende corregirlos o, al menos, descargar la inquina que le provocan. Hasta sufre cierta irritación al ver a los que se impacientan en cualquier fila, donde sea: se apuran para subir a la Torre Eiffel y no bien llegan a lo más alto se desesperan por bajar. “El avión va a salir a la misma hora y los asientos están asignados, ¿para qué hacen fila 40 minutos? Estos tipos no tienen paz”, gruñó Reyes. “Vos tampoco. ¡Estamos de vacaciones!”, replicó Latana. Cuando el avión estaba por despegar, Reyes se inclinó para mirar por la ventanilla y de pronto se mareó: el asiento de adelante se había reclinado de golpe y lo dejó casi nocaut. “Qué animal”, resopló Reyes. El enorme tipo –el animal– no acusó recibo. También desoyó a la azafata que, al borde del hartazgo, le repitió que debía enderezar el respaldo; estaba muy ocupado con su celular. Cada vez que el tipo tocaba la pantalla del moderno aparato Reyes padecía un sonido perturbador que le perforaba los tímpanos y volvía a protestar: “Encima, este gorila inadaptado no apaga el teléfono. El avión se va a caer por su culpa”. Latana le pegó un codazo: “Sh, basta”. Durante el vuelo el desvergonzado gigante se la pasó llamando a las azafatas para pedir más bebida y comida. Incluso le robó el almuerzo a una anciana dormida. Al aterrizar hubo un claro pedido para que los pasajeros permanecieran sentados y no encendieran sus celulares. Al grandote le dio igual: prendió su teléfono y, sin registro de su inmensidad, se puso de pie. Durante unos segundos apenas hizo equilibrio y, como si flotara, fue rebotando entre los respaldos de los asientos. Su masa corporal no dejó margen para que se cayera. Enseguida revoleó los brazos por el aire para bajar su equipaje de mano, que superaba los diez kilos permitidos. Antes de que pudiera dominarlo, el bolso rebotó en la cabeza de otro impaciente parado. Pasaron más de diez minutos hasta que se abrió la puerta del avión. El gigante, que había esperado de pie como la mayoría, apuró el paso y se sumó a la fila de Migraciones, adelantándose con satisfacción a dos o tres. Luego fue en busca de su equipaje restante. La cinta era larga pero él se amontonó junto a otros en el extremo por el que aparecen las valijas. “Deben ser los mismos que en vacaciones se hacinan en una playa”, murmuró Reyes, que miraba del otro lado de la cinta y resoplaba a cada rato. “Ya, dejá de criticar”, se quejó Latana. Con el mentón su compañero le hizo un gesto para que viera lo que pasaba entre el gentío. El gigante parecía un trompo en sus últimas vueltas: tras arrebatar su maleta, tambaleaba. Reyes se ilusionó con verlo tendido en el suelo pero, con tantos ansiosos alrededor, no hubo espacio para que se cayera. Sudado en los 30 grados de Caracas, el grandote salió del aeropuerto. Minutos después Reyes –obsesionado– lo vio en una extensa fila a la espera de un taxi, donde parecía sonreír, feliz. “La gente es insoportable”, bramó Reyes. “Estamos de vacaciones”, repitió Latana, guiñándole un ojo.

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